Resulta asombroso el empeño de algunas personas por hacer cualquier cosa para que la población de Ipar Euskal Herria no se ocupe de sus asuntos… Así, ha habido alcaldes que han votado no en la consulta organizada por el Biltzar, es decir, electos que se toman el trabajo de meter en el sobre un boletín para decir que no hace falta consultar a la ciudadanía con el fin de conocer qué piensa verdaderamente sobre la cuestión del departamento del País Vasco. Incluso hemos llegado a ver en este caso al senador local, que ha sido elegido por los alcaldes, llamándoles a boicotear esta consulta interna que aquéllos, sin embargo, habían decidido hacer democráticamente. Dado que, con todo, más del 80% de los alcaldes han participado en este escrutinio, puede considerarse legítimamente que han desautorizado mayoritariamente a dicho senador.
Por otro lado, en todas partes electos y observadores diversos se quejan del declive que sufre el debate político y el compromiso ciudadano. Se teme la abstención, el rechazo de la política, el repliegue hacia el ámbito individual. Se pone de relieve la dificultad de suscitar interés por la cosa pública y la falta de interés por el debate institucional. Se critica el individualismo, la versatilidad de las opiniones públicas…
Aquí, en Iparralde, tenemos la situación exactamente inversa: Desde hace años, con una constancia admirable, la sociedad civil se compromete de manera continua en trabajos y reflexiones sobre el futuro colectivo de este país. Procesos como Pays Basque 2010 y el Esquema de Ordenación del Territorio se citan como ejemplo y son vistos en otros lugares con envidia. La población, sus alcaldes, sus concejales, miles de agentes locales del desarrollo económico y cultural, de la vida social y local, se movilizan sin descanso -y de manera ejemplarmente pacífica y democrática- en torno a una cuestión tan ardua y abstracta como la demanda de instituciones específicas, más próximas, que estarían más capacitadas para llevar a la práctica las ideas y deseos que abundan en su seno.
Compromiso de la sociedad civil
Y esto salta a la vista de cualquier observador que esté de paso aquí: este pequeño lugar de 260.000 habitantes rebosa de experiencias originales, de los compromisos más serios (Hemen-Herrikoa, los GFA, la SCI de Euskaldun Gazteriak, las ikastolas, la Cámara Agraria del País Vasco…), de la reflexión más rica (esquema de ordenación del territorio, las 34 propuestas de Abertzaleen Batasuna sobre la vivienda, los informes del CADE sobre la cuestión de los transportes o del agua…), de las posibilidades más envidiables (una fuerte identidad, el hecho de ser zona transfronteriza, una agricultura que resiste…) y de un deseo poco común de gestionar colectivamente sus propios asuntos (consejo de desarrollo y de electos, Biltzar de alcaldes, Udalbiltza, reivindicación de un departamento del País Vasco, Laborantza Ganbara…).
Y sin embargo, asistimos a un fenómeno sorprendente cuando oímos por otra parte los grandes discursos sobre el compromiso ciudadano, la democracia participativa, la necesidad de proximidad… Los grandes electos locales, los aparatos políticos de París, el Estado, hacen todo lo posible para desanimar esas voluntades, por impedir que se pongan en marcha instrumentos institucionales que permitirían sacar más provecho de esa riqueza de contenidos y de los deseos de implicarse.
Desde hace veinte años, a pesar de los compromisos formales asumidos al nivel más alto, a pesar de que todos los sondeos y consultas hayan demostrado que son minoritarios, los partidarios del statu quo institucional se enrocan en su intransigencia y en su constante labor de sabotaje de este admirable intento popular de ocuparse colectivamente de sus asuntos.
Hoy tratarán de hacer lo que sea para que no se consulte a la población, mediante un referéndum oficial precedido de un debate equilibrado y abierto a todos, con el fin de conocer su opinión sobre el asunto.
Todo esto es miserable y patético: parece que la principal misión de esta gente es impedir a su ciudadanía el acceso a los medios para hacerse cargo, ejercer sus capacidades y llevar a cabo las políticas que ella defina. Todo esto está condenado al fracaso porque se enfrentan con una tenacidad y una perseverancia poco común, admirable y que demuestra bien la seriedad de esta reivindicación.
Aparentemente, estas personas se han propuesto ahora ir contra la democracia, impedir que la población se exprese. Había, sin embargo, luchas más atractivas y más generosas que emprender en este país.