Josu Erkoreka
28
Junio
2011
Intervención

Debate Estado de la nación 2011 (Josu Erkoreka)

Josu Erkoreka
28
Junio
2011
Intervención

Permítame dar comienzo a mi discurso con una pequeña reconvención, señor presidente. Pequeña y amistosa, por supuesto. Al plantear este debate en los términos en los que lo ha hecho, nos ha situado a los grupos parlamentarios ante una posición un tanto embarazosa. Porque nos emplaza a saltar al campo y a jugar, sin haber dejado claro si realmente queda partido y si, en caso afirmativo, lo que afrontamos son los últimos minutos del segundo tiempo, la prórroga, el descuento o la tanda de penaltis.

Nunca es fácil -lo sé- abordar un debate de política general cuando la legislatura está tocando a su fin, porque la proximidad de la meta hace que la agenda política quede vacía por falta de tiempo para abordar nuevas iniciativas. Pero en el presente caso, el panorama se nos presenta más complicado aún, porque no sólo es que se acabe la legislatura; es que, además, usted ha anunciado ya que se retira. Lo que significa que, aunque las urnas diesen el triunfo a los socialistas, en ningún caso sería usted quien encabezase el próximo Gobierno. Y por si ello no fuera suficiente, en su partido han designado ya al que le sucederá como cabeza de cartel, lo que contribuye, quiérase o no, a desplazarle a usted un poco más aún, del centro de la vida política. De hecho, las críticas más feroces del zoo político y mediático han empezado ya a cernirse sobre él, lo que resulta enormemente elocuente de cara a calibrar por donde van las cosas.

En cualquier caso, señor presidente, quede o no tiempo de partido, y siga usted o no en posesión del brazalete de capitán, no será mi Grupo Parlamentario el que rehuya el debate. Son muchas las voces que, con algarabía creciente, reclaman el fin del encuentro, pero los diputados hemos sido elegidos para sudar la camiseta hasta el último segundo. Y mientras no suenen los tres pitidos reglamentarios que marcan el final, los electos del PNV seguiremos en nuestros escaños, con las botas puestas. Y dicho esto, pasemos ya al fondo de la cuestión.

Señorías, las cosas han cambiado notablemente en los últimos tres años. También para usted señor presidente del Gobierno. Lo he corroborado estos últimos días ojeando un libro sobre su persona que fue publicado en 2008, al calor de las elecciones generales. Se titula -seguro que le suena, Señor Presidente -Examen a Zapatero-. Y contiene una entrevista que al parecer usted mantuvo con su politólogo de cabecera, Philip Pettit, para hacer balance de su primera legislatura al frente del Gobierno. Pues bien, leído hoy, sólo tres años después de su publicación, su contenido resulta francamente chocante, porque la conversación versa casi exclusivamente sobre el republicanismo cívico, sus formulaciones teóricas y su concreta aplicación en la labor de gobierno que Usted desarrolló a lo largo de su primer mandato. Pero en la entrevista no se dice prácticamente nada sobre lo que ha constituido la preocupación central de esta cámara a lo largo del último trienio: los problemas estructurales que ya entonces aquejaban a la economía española y el modo de afrontarlos eficazmente con el fin de eludir o, cuando menos, paliar los destructivos efectos que la crisis esta provocando en el crecimiento económico, en el tejido productivo, en las políticas sociales y en el empleo.

 Hoy sería impensable  que un hipotético examen a Zapatero pasase por alto los aciertos y, sobre todo, los errores que ha cometido Usted en el terreno económico. Pero entonces, un trienio atrás, la economía no era para el Gobierno más que un factor secundario, al que sólo se prestaba atención de forma ocasional, para concluir, siempre, con una satisfacción tan plena como acrítica, que la cosa iba bien, los indicadores eran excelentes y las perspectivas inmejorables. Dice el aforismo clásico que Primum vivere et deinde filosofare. Y a fe mía que el Gobierno se abrazó a él con singular entusiasmo, persuadido de que, como la economía aparentaba ir bien -e incluso muy bien- se podía dedicar alegremente a la filosofía y a la flower policy.

En cualquier caso, es evidente que, entretenido, como estaba, en otros menesteres, el Gobierno ni se olió la que nos venía encima. Sin embargo,  no se lo reprocho, Señor Presidente. Sería injusto hacerlo porque, la verdad es que, dígase lo que se diga, nadie lo hizo. Todo el mundo sabía que el modelo de crecimiento basado en el ladrillo era insano e insostenible, pero nadie fue capaz de vaticinar que a lo largo del 2008 la burbuja iba a reventar con la virulencia con la que lo hizo. Basta echar un vistazo a las previsiones económicas con las que todos concurrimos a las elecciones de marzo de 2008 para comprobar que nadie fue capaz de anticipar el desastre. Hasta las instituciones más prestigiosas del mundo económico y empresarial vaticinaban crecimientos situados entre el 3% y 4%.

Es obvio, pues, que usted no pasará a la historia porque no fue capaz de prever una crisis que nadie previó. A usted se le recordará porque cuando la crisis finalmente llegó, primero la negó, luego la ignoró y más tarde la infravaloró, aferrándose a un discurso voluntarista e irreal que le llevó a decir cosas como que jamás adoptaría una serie de medidas que, para entonces, ya debía haber sabido que, antes o después, no iba a tener más remedio que adoptar. Porque son muchos, en efecto, los que le critican por las duras e impopulares medidas de ajuste que ha impulsando desde el Gobierno durante el último año. Pero más que en la adopción de esas medidas, su problema radica en el hecho de que hasta mayo de 2010 repitió, hasta la saciedad, que nunca las iba a adoptar. Y es ese giro copernicano lo que más virulentamente golpea ahora su imagen y su credibilidad.

Pero, no quisiera seguir mirando al pasado por más tiempo, Señor Presidente. El agua pasada no mueve molino y tenemos por delante mucho grano que moler. Lo que ahora importa es constatar que, más allá del morbo que pueda encerrar su particular historia de contradicciones, las políticas de austeridad y contención han venido y lo han hecho para quedarse para quedarse. Le ha tocado a usted inaugurarlas y afrontar los sinsabores que ello entraña, pero puede tener la certeza de que quienes le sucedan en el cargo no podrán desactivarlas. Ya le dije en una ocasión anterior que la crisis que padecemos no es un bache coyuntural, sino un cambio de rasante. Y se equivoca en la mitad y otro tanto quien crea que una vez salvado el socavón todo volverá a la situación anterior.

En el futuro, nada será igual que antes. Ni la actuación del sector público, ni la política de inversiones, ni el diseño los servicios públicos. No digo que vayan a desaparecer, sino que serán diferentes a lo que hemos conocido. El crecimiento, cuando llegue, descansará sobre bases completamente distintas y el Estado del Bienestar tendrá que reformularse para optimizar recursos, ganar eficiencia y consolidar su futuro.

En cualquier caso, es claro que nos espera un tiempo duro y complicado. Decía Galbraith que “la política es el arte de distinguir entre los desastroso y lo insípido”. Pero hoy, desagraciadamente, lo insípido ya no cuenta. Las opciones que nos quedan son, todas, desastrosas, en el sentido de que exigen renuncias, sacrificio y esfuerzo. Y si me permite, señor presidente, es por ahí por donde debemos comenzar el discurso si queremos ser honestos con los ciudadanos. Siendo francos. Diciéndoles la verdad desnuda y sin paños calientes. Alertándoles de que, gobierne quien gobierne  -y el bipartidismo imperfecto que rige en España ofrece un abanico de posibilidades más bien estrecho-, en los próximos años, la austeridad seguirá marcando la pauta de la política económica. Y de que será así, no sólo porque la austeridad es siempre buena consejera en la gestión de la cosa pública, sino porque los vientos europeos seguirán soplando en esa dirección y a ningún gobernante español se le ocurrirá el disparate de plantarse ante la Unión Europea y montar la tienda de campaña al margen de la misma.

El dilema es, pues, claro, al menos a corto y medio plazo: o ajustamos la política económica a las directrices preventivas que emanan de Bruselas, o soltamos amarras y nos dejamos arrastrar hacia el abismo del rescate. No hay más alternativas realistas, que estas dos, señor presidente. Todas las demás entran de lleno en el terreno de la quimera. Y es evidente que ninguna de las dos ofrece una perspectiva demasiado seductora. La primera opción es mala, porque nos aboca hacia una enojosa senda de ajustes. Pero la segunda es aún peor. Mucho peor. ¿O hace falta que se lo preguntemos a los ciudadanos de los países que han sido objeto de rescate? ¿Alguien, en esta Cámara, considera realmente necesario preguntar a los griegos, a los irlandeses o a los portugueses si prefieren la situación anterior al rescate, con todos sus costes, o la posterior? Supongo que no, ¿verdad? Si me permite una metáfora, los recortes voluntarios se hacen con tijeras, pero los del rescate con motosierra. Todavía sigue siendo preferible que uno mismo pueda decidir “dónde y cuánto” se recorta, a que un tercero se meta en tu casa, para decidirlo por ti.

Por eso sorprende que a estas alturas del partido, la opinión pública española siga estando más preocupada por la fecha en la que se celebrarán las elecciones que por las medidas que se han de adoptar para impedir que la prima de riesgo nos desangre y el vendaval de la crisis nos arruine a todos. El inusitado debate planteado en torno al adelanto electoral le recuerda a uno la vieja fábula de los galgos y de los podencos, porque mientras nos entretenemos discutiendo si el Gobierno está mejor en manos de los unos o de los otros, corremos serio peligro de distraernos, descuidar las reformas que se han de emprender y permitir que el tsunami nos deje a todos esquilmados.

La historia y la experiencia comparada están para aprender de ellas, Señor Presidente. Y parece mentira que nadie haya captado todavía la sabia lección que encierra lo ocurrido en Portugal donde, mientras las derechas y las izquierdas discutían si era preferible encomendar el Gobierno a los galgos o a los podencos, se despreciaron irresponsablemente las medidas de ajuste que se reclamaban desde Europa, para quedar todos apresados por garras del rescate. Y ahora, los mismos que se opusieron a las medidas de ajuste que podían haber impedido la intervención, se dedican a gestionar el rescate que no quisieron evitar, aplicando unas medidas mucho más despiadadas que las que en su día rechazaron. Pero eso sí, ahora son ellos los que están en el Gobierno, que es, al parecer, lo único que les importaba: QUIÉN lo hace, y no tanto QUÉ se hace.

No es muy edificante, Señor Presidente, estar dispuesto a pagar el alto coste de un rescate, a cambio de la primogenitura gubernamental. El rescate es un plato de lentejas muy pero que muy caro para semejante propósito.

Las opciones reales, por tanto, siguen siendo dos. Solo dos: o seguimos la política de austeridad promovida desde Europa o nos abrazamos al rescate. Bueno… en puridad,  existe también una tercera opción. Poco razonable, es cierto, pero existir, lo que es existir, existe. Podemos tirar por la calle de en medio, ponernos el euro por montera y hacer la peineta a Europa bajo el grito castizo de “que salga el sol por Antequera”. La posibilidad esta ahí, insisto, al alcance de nuestra mano. Pero no creo que sea una buena solución, se lo digo sinceramente. Nos ha costado Dios y ayuda ser admitidos en el club europeo para que ahora nos planteemos frívolamente la posibilidad abandonarlo con un portazo. Todos tenemos utopías, Señor Presidente. Yo también sé soñar e imaginar lo imposible. Pero a usted y a mí no nos han elegido para soñar -aunque tampoco para dormir como decía la pancarta de la Puerta del Sol- sino para tomar decisiones y actuar. Pero con realismo; con responsabilidad; con los pies en el suelo.

Y el realismo nos sitúa inexorablemente en Europa. No hay otro escenario viable, porque a nadie en sus cabales se le ocurriría hoy abandonar el buque europeo para ponerse a navegar por su cuenta. La Unión Europea es un cobertizo inacabado en el que, al menos hasta la fecha, se hace fila para entrar y nadie está dispuesto a salir.

Europa, es cierto, no vive su mejor momento. De hecho, el siglo de Europa, fue el siglo XIX. El siglo XX fue ya americano. Y el siglo XXI va a ser –o, mejor dicho, está siendo ya- claramente asiático. Es obvio, pues, que el viejo continente decae en el escenario global, ante el empuje incontenible de las potencias emergentes. Pero no nos engañemos. Pese a su declinar, Europa sigue siendo nuestra única tabla de salvación. Aunque sea un tópico ya muy manido, sigue siendo verdad aquello de que la solución a nuestros problemas no esta fuera de Europa, sino en Europa; en una Europa –añado yo- más fuerte que la actual y mejor pertrechada para luchar contra la crisis. Porque sólo una Europa fuerte y dispuesta a hacer valer esa fortaleza en defensa de su modelo social, sería capaz de infundir a los mercados un respeto que, individualmente, ya no es capaz de inspirar ninguno de sus Estados miembros. Si los mercados se han envalentonado en los últimos tiempos es porque ven a Europa atribulada, dividida y agarrotada por unos Estados que sólo conciben el proyecto común en función de su interés particular.

Eso sí, apostar por Europa no significa asumir a pies juntillas todas las medidas que adoptan los órganos de la Unión. Porque Europa también se equivoca. Y lo que es más grave aún: en sus decisiones siguen pesando aún los egoísmos y las parcialidades propias de los nacionalismos de Estado, que han adquirido nuevos bríos al calor de la crisis. No voy a sumarme al eslogan facilón de que otra Europa es posible, pero es evidente que, incluso en el marco de esta misma Europa, todavía resulta posible aparcar la mezquindad de los prepotentes y rescatar el aliento solidario que guió los pasos de la Unión en los momentos decisivos.

Le digo esto, señor presidente, porque no es de recibo que las políticas económicas impulsadas desde Europa obedezcan exclusivamente a las necesidades y conveniencias de los países más competitivos, comprometiendo seriamente el crecimiento de las economías menos pujantes. Las políticas de austeridad sólo son eficaces si se diseñan e implementan desde la perspectiva del crecimiento; sólo son justas si se ponen al servicio de la recuperación económica.

La semana pasada, un empresario vasco me decía, muy gráficamente que, si las cosas siguen así, llegará el día en el que en la Grand Place se darán cita los miles de jóvenes que no han encontrado su primer trabajo, con los miles de empresarios que acaban de cerrar su última empresa. Recortar sin promover, significa la ruina de todos, Señor Presidente, porque lastra al renqueante, pero corta las alas al emprendedor. No es una opción acertada.

Si apostamos por una Europa fuerte es porque sólo una Europa robusta, dotada de un sólido gobierno económico, puede parar los pies a los tiburones financieros que acechan en los mercados internacionales, esperando el momento idóneo para lanzar su dentellada fatal. Ahora bien, no basta con que pueda hacerlo. Es necesario que, además, quiera hacerlo. Y es aquí donde empieza su misión, señor presidente. Porque es, sobre todo, a usted y al Gobierno que encabeza, a quienes corresponde trasladar estas exigencias a los órganos comunitarios. Son ustedes quienes deben hacerles ver a la Unión Europa que no está para coaligarse con los depredadores financieros y hacer tabla rasa de lo que durante años conocimos como el modelo social europeo, sino para defender lo esencial del Estado del Bienestar -esa gran conquista de la Europa de posguerra- frente a quienes pretenden desmantelarlo. Europa no está para plegarse como una alfombra ante los mercados, sino para enseñarles los dientes y poner coto a sus desmanes.

Y es en esta tensión dialéctica con Europa donde deberá moverse el Gobierno, Señor Presidente. En diálogo crítico con la Unión Europa, pero en el marco de la política económica impulsada desde Bruselas. No hay más. Todo lo demás son ensoñaciones y delirios. Y tanto da, a estos efectos, que el presidente del Ejecutivo sea usted, el señor Pérez Rubalcaba o el señor Rajoy. Quien acceda a La Moncloa, no tendrá mucho margen para elegir. Sirva una vez más, como referencia, el ejemplo luso.

En Portugal, las condiciones del rescate fueron consensuadas por la Unión Europa con la derecha y con la izquierda. Con las dos. Y quedó acordado que su programa de recortes iba aplicarse inexorablemente, con independencia de que la responsabilidad de gobernar recayese sobre la primera o sobre la segunda. Es decir, se habló mucho del QUÉ, pero no se habló en absoluto del QUIÉN, porque apenas importaba; porque, como dice el refrán, De Juan a Pedro no va un dedo.Y las cosas, aquí, no son, ni van a ser muy diferentes, que nadie se equivoque. También aquí, el margen de opciones es muy estrecho.

Precisamente por eso, porque en mi grupo parlamentario se ha prestado más atención al QUE, que al QUIEN, hemos afrontado la crisis desde una actitud responsable, que es, por otra parte, lo que nos exigían los agentes económicos y los ciudadanos. Nunca hemos sido indiferentes a los toques de alarma, cuando eran fundados, ni hemos sido insensibles a las luces rojas que se iluminaban en los indicadores económicos. Y es, desde esta posición de responsabilidad, desde la que mi grupo parlamentario ha apoyado los Presupuestos Generales del Estado de los últimos años. Más que porque fueran unos buenos presupuestos -que nunca hemos dicho que lo fueran- porque la peor hipótesis era la de no tenerlos. Porque era preferible, en aras a la estabilidad y a la confianza que necesitaba la economía, contar con unos presupuestos -fueran estos, buenos, mediocres, e incluso malos- que carecer de ellos.

Pero no es mi intención monopolizar el atributo de la responsabilidad, Señor Presidente. Mi Grupo Parlamentario ha prestado su apoyo a las cuentas públicas del Estado de los últimos años, pero no es, ni de lejos, el único que ha servido de soporte a las políticas anticrisis del Gobierno. Porque el grueso de esas medidas no han salido de los Presupuestos sino, ante todo y sobre todo, del importante número de Reales Decretos-Leyes  que ha aprobado a lo largo de la legislatura, a través de los cuales ha movilizado un ingente número de recursos económicos y ha impulsado transcendentales reformas legislativas.

En los últimos tres años, el Gobierno ha aprobado cuarenta Reales Decretos-Leyes. Uno más si tenemos en cuenta el de la reforma de la Negociación Colectiva. Pues bien, todos ellos, sin excepción, han sido convalidados por esta Cámara. Y he de añadir en honor a la verdad que, contra lo que pueda parecer -no me quiero poner medallas que no me corresponden- el Grupo Parlamentario Vasco no ha sido, ni el único ni el principal apoyo parlamentario del que se ha servido el Gobierno para la convalidación de este amplio paquete de medidas anticrisis. Permítame decírselo con cifras. Nosotros hemos votado favorablemente a la convalidación de 26, lo que representa el 65% del total. Pero ha habido otros grupos que han apoyado el 75% y hasta el 87% de las convalidaciones otorgadas por la cámara. Bastante por encima del PNV, como puede verse. Y todos ellos haciendo gala, por supuesto, de una gran responsabilidad.

Pero es que aun hay más, Señor Presidente. Preste atención, por favor. El Grupo Parlamentario Popular -la alternativa de Gobierno, la teórica oposición frontal y despiadada al Ejecutivo- ha hecho posible, por sí sólo, la convalidación del 90% de los Reales Decretos-Ley que acabo de citar. O dicho en otros términos, el 90% de esos Reales Decretos-Ley que han articulado la política anticrisis del Gobierno de los últimos tres años, se ha convalidado en esta cámara merced al voto favorable o a la abstención del grupo popular; porque, en el caso del PP -y sólo del PP- cualquiera de estas dos vías, el voto favorable o la abstención, son suficientes por sí solas, para garantizar el éxito de las propuestas gubernamentales. Cuando los 152 escaños del PP se sitúan en la abstención, ni aunque todos los demás votáramos en contra resultaría posible tumbar una iniciativa gubernamental. Las abstenciones de los populares rentan mucho más al Gobierno, que el voto favorable de cualquiera de los demás grupos.

¿Y cual es -me preguntará- el corolario de todo ello? El corolario de todo esto es que, como antes decía de Portugal, aquí, en España, de Juan a Pedro no va un dedo. Bruselas define un campo de juego que usted ha respetado a rajatabla, pero que, cualquiera que los que le vayan a suceder en La Moncloa, sea Pérez Rubalcaba o sea Rajoy -ahí no me meto- seguirá respetando con el mismo fervor. Lo ocurrido estos tres últimos años, lo evidencia claramente: el PP ha criticado sin piedad la política anticrisis del Gobierno pero al mismo tiempo ha hecho posible la convalidación del 90% de los Reales Decretos-Leyes que han articulado esa política. Así ha sido y, probablemente, así seguirá siendo en los próximos años. Por eso digo que es más importante centrarse en lo que hay que hacer, que embarrarse en estériles debates sobre galgos y podencos. Porque hemos de saber que, matiz arriba, matiz abajo, unos u otros harán cosas muy parecidas cuando lleguen a la Moncloa: gestionar las políticas de austeridad impulsadas desde Bruselas para afrontar la crisis, procurando que lastren lo menos posible el crecimiento. Es mejor pactar los ajustes voluntarios que tener que pactar el rescate, como se han visto obligados a hacer los portugueses.

Por lo demás, Señor Presidente, los acuerdos que mi grupo parlamentario ha suscrito con el Gobierno en los últimos 3 años, se han centrado, sobre todo, en los presupuestos. En esos Presupuestos que, en buena parte, se han limitado a formalizar contablemente las medidas anticrisis adoptadas en los cuarenta y uno Reales Decretos-Leyes que han jalonado la legislatura. Ahora estamos en fase de cumplir lo pactado el año pasado para el Presupuesto en curso. Se han dado ya pasos muy importantes en esa dirección. Mi grupo está razonablemente satisfecho con todo lo hecho, en la medida en que ha permitido impulsar el desarrollo tecnológico, fomentar la innovación, desbloquear transferencias, profundizar en el autogobierno de Euskadi y contribuir, también, a normalizar la política vasca. Todos ellos, son logros imputables a los acuerdos presupuestarios.

Es cierto que todavía quedan asuntos pendientes. Pero confío en que su Gobierno y el grupo socialista sigan comprometidos en su cumplimiento, al menos con la misma diligencia que han acreditado hasta ahora. Ya sabe que, para nosotros, lo acordado es ley y que, si todavía queda partido que jugar, no nos sentaremos a hablar en serio de los presupuestos de 2012 hasta que se cumpla íntegramente lo pactado para 2011.

COMPARTE