Hace exactamente dos años, el día 1 de marzo de 2009, tuvieron lugar las Elecciones vascas en las que se decidía la composición del nuevo Parlamento y, como consecuencia de ello, lo que pudiera ser el próximo Gobierno de la C.A. Euskadi. Las perspectivas, tras todo el periplo mediático y de encuestas durante los últimos tiempos, no eran halagüeñas para nuestro partido. Cuatro días antes habíamos analizado la última encuesta realizada que nos indicaba la alta posibilidad de un “empate técnico” con el PSE; sólo una generosa horquilla nos permitía soñar con superarle por uno o dos escaños, el tercero era una quimera. Eramos conscientes de que la victoria era nuestra única posibilidad, aunque dudábamos de la posibilidad de lograrla con la suficiente holgura como para, por el hecho de ganar de manera exigua, acceder nuevamente al Gobierno. Unos días antes el candidato del PSE, Patxi López, había realizado unas declaraciones en un mitin en Basauri afirmando con rotundidad que no pactaría jamás con el PP, al ser esta una fuerza política que aunaba el “anti-socialismo” con el “anti-nacionalismo”. Lo escuchamos y lo volvimos a escuchar pero no nos lo creíamos. Algo nos decía que si la suma PSE-PP obtenía los deseados 38 escaños –mayoría absoluta del Parlamento vasco- no dudarían en acceder al Gobierno mediante su pacto. De hecho, además de que desde tiempo atrás lo veníamos advirtiendo y denunciando, recuerdo el mitin de cierre de campaña en la Casilla, la noche del viernes 27 de febrero, en el que, tanto el Lehendakari Ibarretxe como yo mismo, nos desgañitamos alertando del previsible pacto entre el PSE y el PP. Tratábamos de desmontar los “cantos de sirena de la transversalidad” del Partido Socialista y de restar credibilidad a las recientes declaraciones de su líder.
Un día para el recuerdo.
El día de la contienda electoral tuvimos muy presente en el recuerdo las Elecciones de mayo de 2001. Entonces la entente formada por Mayor Oreja y Redondo Terreros y ungida por F.Savater no había logrado superar a la coalición formada por EAJ-PNV y EA. Ahora la situación era diferente. Por una parte, EA había decidido no concurrir en coalición con el PNV para, al final, tener que acudir en solitario a las urnas. Por otra, los actuales candidatos del PSE y el PP no habían abrazado el pacto como entonces, al menos públicamente. Y sobre todo, la “izquierda abertzale” había sido ilegalizada y no había dado un paso adelante para superar dicha circunstancia dando píe también al riesgo de “cuanto peor mejor”, por lo que en un Parlamento recortado las opciones de una “mayoría constitucionalista” eran prácticamente absolutas.
A lo largo de la jornada electoral las informaciones parciales que íbamos recibiendo eran, como siempre, contradictorias según se atendieran los primeros sondeos o los últimos. Se trata de impresiones personales o particulares que recibes con una mezcla inexplicable de ansiedad y pretendida distancia. Como se trata de una vivencia muy personal prima también la propia sensación en el momento de depositar el voto. Gestos, palabras y detalles menores contribuyen en ese momento de gran sensibilidad a crearte tu propia composición de lugar. Mi recuerdo es que aquel día salí del colegio electoral, además de con la conciencia del trabajo bien hecho, esperanzado a la par que comprometido con no dejarme llevar por las sensaciones durante el resto del día.
Una noche de celebración.
Una hora antes del cierre de los colegios electorales preparé la reflexión a la que habríamos de proceder inmediatamente. Llegaron la ocho de la tarde y el sueño de la victoria comenzó a tornarse realidad. La alegría comenzó a instalarse entre nosotros. Todos los datos apuntaban a una clara victoria de EAJ-PNV, obteniendo una distancia más que considerable sobre el PSE. A las nueve y veinte de la noche ya teníamos la confirmación de los resultados. La euforia explotó, habíamos triunfado.
A esa hora teníamos dos datos incontestables. Primero, habíamos obtenido una sustancial diferencia de 80.000 votos y cinco escaños sobre el PSE. Segundo, un dato que en ese momento consideramos determinante, la suma del PSE y el PP no alcanzaba la mayoría absoluta, y para acceder el Gobierno estarían obligados a pactar también con el partido UPyD de Rosa Díez. Caso de producirse, este pacto representaría la creación de un “frente” en toda regla, contrario tanto al veredicto de la sociedad como a las promesas y al discurso del Partido Socialista. Considerábamos en general, pese a que el Lehendakari Ibarretxe y yo veníamos hablando de lo que luego sucedería, que era un pacto “imposible” porque se trataba de un frente contrario al futuro de Euskadi. En aquel momento teníamos muy claro que EAJ-PNV había revalidado la confianza de la sociedad y que nos iba a corresponder conformar un nuevo Gobierno.
López abraza el frente.
Vivimos una hora de alegría y euforia. La presión de la campaña y de la larguísima precampaña explotaba en unos momentos de celebración colectiva que nunca olvidaremos. Por eso recuerdo con claridad – y con dolor hacia todos los votantes y en particular los militantes del PNV incluso tras el planteamiento que públicamente verbalicé como ofrecimiento en la valoración que efectuamos- la aparición televisiva de Patxi López al filo de las once de la noche. Su rostro difícilmente podía ocultar su decepción. Tampoco en esta ocasión habían logrado su objetivo, el PSE era solo la segunda fuerza a gran distancia de la primera. En aquel momento su suma con el PP le otorgaba 37 escaños, no alcanzaba la mayoría absoluta. No digamos nada la suma de la fórmula que, en primera opción alternativa, habrían deseado P.López, el PSE y alguna-s otra-s formación-es. Y, sin embargo, López “cambió” el destino de la C.A. Euskadi. A las once de la noche de aquel día 1 de marzo de 2009 compareció ante la sociedad vasca para decir que pactaba con el PP y con UPyD para conformar un nuevo Gobierno. López abrazaba el frente.
Pasamos de la incredulidad a la decepción. Hacía sólo tres horas que López había perdido las Elecciones, no había tenido tiempo de realizar consultas con el resto de partidos ni con su propio partido en cuanto a la situación de gravedad que padecía ya el Estado y, sin embargo, anunciaba ya un nuevo Gobierno. La conclusión obvia e incontestable era que aquel “pacto constitucionalista” estaba decidido de antemano. En cuanto al desplazamiento a la oposición al PNV y a la obsesión de que P.López fuera Lehendakari a costa de todo lo estaba desde el fracaso de la fórmula Savater en 2001. El 1 de marzo de 2009, hace dos años, aquellos tres partidos –PSE, PP, UPyD- tenían ya decidido previamente que si obtenían los 38 escaños que necesitaban gobernarían. No lo dudaron y aquella noche López abjuró públicamente de todo su discurso y de todas sus promesas.
El desgobierno.
El resultado de aquel pacto entre el PSE y el PP está a la vista de toda la sociedad vasca. Es la negativa confirmación de aquella decepción originaria. Dos años de desgobierno en los que López ha sido incapaz de presentar un programa de Gobierno, incapaz de cumplir su propio calendario legislativo, incapaz de afrontar la grave situación económica que padecemos, incapaz de desarrollar las potencialidades del autogobierno, incapaz de una coordinación interinstitucional, incapaz de responder a las necesidades en la sanidad, la educación, la seguridad pública o los servicios sociales..., incapaz de aunar en cultura, euskera,...
Cada vez que ha tenido la oportunidad, la sociedad vasca ha afirmado que no está de acuerdo con el pacto PSE-PP, ha suspendido al Lehendakari y a su Gobierno. La sociedad vasca es plenamente consciente de que este pacto corresponde al pasado y que, en ningún caso, representará el futuro de la C.A.Euskadi. La sociedad vasca lo sabe y también lo saben los dirigentes socialistas y populares. Han pasado dos años y la sociedad vasca desea que se escuche su voz, toda su voz, para propiciar el nuevo tiempo que ésta demandando.