Josu Erkoreka
22
Diciembre
2010
Intervención

Discurso Consejo de Europa (Josu Erkoreka)

Josu Erkoreka
22
Diciembre
2010
Intervención

Dice el viejo tópico que Europa es un gigante económico y un enano político. Pero si algo nos ha enseñado la crisis de los últimos años es que se trata, además, de un gigante económico débil y muy vulnerable. Un gigante del que los especuladores hacen mofa y escarnio cuando comprueban que su enorme corpachón se tambalea seriamente ante la primera embestida, con serio peligro de caer estrepitosamente a la segunda, hasta quedar tendido en el suelo en toda su extensión y amplitud. Y un gigante sin estabilidad es como un cristiano sin caridad. No es nada, porque le falta lo esencial.

A nadie se le oculta, por otra parte, que esta fragilidad que aqueja la Unión Europea en lo económico, deriva, en buena parte, del enanismo que padece en lo político. Porque si los inversores percibiesen que tras el euro se yergue un proyecto europeo firme, que avanza con determinación hacia la consolidación de una comunidad política sólida, cohesionada y articulada, es seguro que depararía un trato mucho más atento y considerado a aquellos de sus miembros que se dejan ver por los mercados. Pero mal que nos pese, la Europa que vivimos sigue siendo la de Peter Pan; la Europa que no quiere crecer, se resiste a madurar y se aferra con ahínco al universo simple y colorista de la ilusión infantil. Y es muy difícil que alguien se tome en serio un proyecto incompleto y vacilante que, ni avanza, ni parece querer avanzar.

No debemos engañarnos, Señor Presidente. Las dificultades que atravesamos en el terreno financiero, no son consecuencia de Europa, sino de una Europa insuficiente. Son, en buena parte, fruto de la desconfianza que genera en los mercados una unión política a la que todos perciben como débil, atribulada y sin una expectativa cierta. No hay duda de que una Europa más sólida y más dispuesta a avanzar con paso firme hacia una mayor integración, garantizaría, por sí misma, la estabilidad financiera necesaria para conjurar los peligros que hoy acechan a la deuda pública de algunos de sus Estados miembros. Europa no es, pues, la fuente de los problemas, sino la vía para solucionarlos. Como señalaba recientemente la excomisaria Emma Bonino, “Europa debe apresurarse a convencer a los mercados y al resto del mundo de que no puede caber duda sobre su unidad política”. Sólo así, será posible garantizarse su respeto y disuadir a los especuladores.

Pero como ese mensaje no se acaba de emitir con la suficiente nitidez, como nadie esboza para Europa el horizonte inequívoco de una Federación política, hasta el que creíamos gigante económico ha acabado poniendo al descubierto sus pies de barro. Porque no hay gigante económico que se sostenga en pie, si no completa el mercado único y la moneda común, con una convergencia real o, cuando menos, una coordinación efectiva en las políticas fiscales. Y aunque ese es un jardín que la mayoría de los arquitectos de la Europa contemporánea prefieren no pisar, lo cierto es que los más refractarios a la idea no han tenido más remedio que ceder en algunas de sus posiciones -es evidente que no en todas-, para responder a las urgencias de la crisis, sin perder la compostura. A ese objeto respondía, precisamente, la convocatoria del Consejo Europeo del pasado fin de semana. A la necesidad de completar el puzzle institucional europeo, con piezas que se descartaron en un primer momento, por aquello de no resultar demasiado entregados a la causa europea, pero que ahora resultan imprescindibles para plantar cara con un mínimo de solvencia a los francotiradores de la especulación y disipar la deplorable imagen que estaba dando la Unión Europea, con su presunto gigante económico alevosamente zarandeado en los mercados, como si fuera un pelele de feria. Algo se tenía que hacer, es evidente. Y es evidente que algo se ha hecho. Cosa distinta es que lo hecho sea suficiente para los retos que se nos presentan.

De entrada, le diré que nos parece sumamente positiva la decisión adoptada en el último Consejo Europeo. Me refiero, obviamente, a la que opta por reformar el art. 136 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea con el fin de crear un Mecanismo Europeo De Estabilidad que “se activará cuando sea indispensable para salvaguardar la estabilidad de la zona euro en su conjunto.

Lo digo sin ambages, Señor Presidente. La Decisión, si finalmente es ratificada por los Estados Miembros que ya se verá, ha sido netamente positiva. Como también lo han sido los mensajes emitidos por los líderes más eminentes del lugar, advirtiendo a tirios y troyanos de que el euro se encuentra en el mismo corazón del proyecto europeo y de que bajo ningún concepto están dispuestos a facilitar su caída, porque ello sería como avalar la demolición de la Unión Europea desde su propio seno.

“El euro es y seguirá siendo, parte central de la integración europea”, afirma textualmente la decisión adoptada en el Consejo. A lo que la mandataria europea de moda añadió: “Vamos a hacer todo lo necesario para asegurar el euro”. “¡Ya era hora!”, habrá pensado más de uno, al escuchar estas palabras en boca de quienes llevaban ya algún tiempo haciendo ostentación de la paraoficialidad, dejándose fotografiar en playas desiertas, bajo la violácea luz crepuscular del otoño europeo, mientras sus compañeros de Consejo Europeo preparaban afanosamente el orden del día de la sesión. Lo acordado es motivo de aplauso para todo aquel que comparta el espíritu europeísta.

Pero lo decisivo no es lo que hayan podido pensar las candorosas almas europeístas, que tienden a interpretar con un tono marcadamente optimista todo lo que suponga, o aparente suponer, un mínimo avance en el proyecto de Adenauer, Monnet, Schuman y De Gasperi. No. Lo decisivo es la audiencia que hayan podido prestar a ese aviso los mercados; esos engendros perversos que han venido disfrutando de lo lindo a base de vapulear sin piedad al gigante económico europeo, para hacer caja, mientras se reían a costa de los tumbos y bandazos que le obligaban a dar. Se ha dicho que la medida envía “una señal muy fuerte a los mercados”. No sé si es para tanto. Pero tampoco quisiera arrojar el asunto en saco roto. Por de pronto, se les deja claro que la Unión Europea contará con un Mecanismo Europeo De Estabilidad, permanente -no circunstancial, como hasta ahora, sino estructural y, por tanto, previsto en el propio Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea- que se activará cuando y como sea necesario para garantizar la estabilidad de la zona euro en su conjunto.

No es poco, señorías. Y además, se anuncia a los cuatro vientos que no se dejará caer a nadie; que habrá red para evitar que se estrellen contra el piso los Estados Miembros que se acerquen a los mercados con la intención de ejercitarse como trapecistas de alto riesgo.

Eso sí, se deja también muy claro que, quien quede atrapado en las redes del mecanismo habrá de supeditarse a “condiciones muy estrictas”. Una advertencia que a la luz de las condiciones impuestas a Grecia e Irlanda con ocasión del rescate de sus respectivas economías, le ponen a uno a temblar. Sólo entonces se calibrará el profundo sentido que encerraba aquella frase de Benjamin Franklin en la que advertía a un amigo: “Si quieres saber el valor del dinero, ve e intenta que te presten un poco”.

Todo ello -insisto- no es poco. Pero tampoco es -hay que decirlo-, todo lo que se podía haber hecho para frenar en seco a los que siguen empeñados en tratar al gigante económico europeo como si fuera un castillo de naipes expuesto a desplomarse ante el primer soplido. ¿Qué más se podía haber hecho? Hombre… no cabe duda de que un acuerdo autorizando la emisión de eurobonos hubiese contribuido a apuntalar el castillo de naipes, haciéndolo mucho menos vulnerable a los malévolos soplidos de los especuladores. Pero no ha sido posible. Lo han impedido los grandes. Alemania, en concreto, ha aducido dos razones para justificar su negativa: que los eurobonos le resultarán más caros que sus propios bonos nacionales, y que la propuesta exigiría una reforma de los Tratados que resulta imposible de abordar en estos momentos. El argumento, como ven, está muy puesto en razón. ¿Quién lo puede negar? Pero seguro que todos hubiésemos comprendido mejor la negativa si se hubiese limitado a aducir la primera de las razones citadas. En los últimos tiempos, son muchas las voces procedentes de Alemania que parecen responder al perfil humano en el que pensaba C.T Jones cuando hablaba de “los que se han vuelto demasiado pesimistas por haberse dedicado a financiar a gente demasiado optimista”.

Concluyo, Señor Presidente. Si el Consejo Europeo de la semana pasada no hubiese sido capaz de crear el Mecanismo Europeo De Estabilidad, hubiese habido razones para exclamar, apesadumbrados: ¡Apaga y vámonos! Pero como el mecanismo se ha creado -ahora hay que ver si se ratifica y si es capaz de disuadir a los especuladores-, no hay razones ni para apagar, ni para irse. Pero, puesto que no nos vamos, al menos debería quedar claro que la luz queda encendida, pero es insuficiente; le falta potencia; necesita ser reforzada con deuda comunitaria, lo que iluminaría definitivamente el panorama de las finanzas públicas europeas. Pero conformémonos, hoy por hoy, en asumir con el primer ministro belga que la idea de los eurobonos es “una idea que hace su camino” y que la decisión de emitirlos “no se tomará en los próximos días ni en las próximas semanas, pero es un elemento que indudablemente verá la luz pronto o tarde”
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