Nuestro grupo parlamentario va a definir su estrategia para los próximos meses en la reunión que celebramos hasta mañana en Bilbao. Vamos a analizar las bases de lo que será el mecanismo de gobernanza económica de Europa. La crisis financiera requiere soluciones globales. Además, desde lo local y lo regional puede aportarse mucho en otra gran área de trabajo: la promoción de la economía real. La evolución económica del País Vasco desde que recuperó su autonomía es una experiencia de éxito. Por eso Euskadi nos parece un buen lugar para examinar algunos elementos innovadores.
El fin de semana del 7 a 9 mayo de 2010 puede ser recordado en la historia de la UE no porque se celebró el 60º aniversario de la Declaración Schuman, sino como el punto de inflexión hacia una verdadera integración económica. Entre esos dos días, tras meses de tácticas dilatorias, los líderes de la UE se vieron obligados por los mercados a actuar con rapidez para poner en práctica un importante paquete de rescate financiero de 750.000 millones de euros que no sólo sacó a Grecia del abismo, sino que impidió que otros países de la zona euro viviesen situaciones similares. Los mercados respondieron positivamente, hasta que fueron conscientes de que éste no era sino un parche incapaz de resolver los problemas de fondo.
Los 16 miembros de la zona euro, y de hecho los 27 miembros de la UE, deben aprender las dos lecciones que han surgido de esta crisis y actuar en consecuencia. En primer lugar, no hay sustituto para una acción oportuna y coordinada de la moneda única cuando está bajo presión, porque todos los países de la eurozona están en el mismo barco. Si entra agua, se hunde todo el mundo. Una respuesta concertada y más rápida este mismo año probablemente habría limitado el alcance del problema griego y abaratado el coste del rescate de los bonos que fueron devaluados por las agencias de calificación estadounidenses.
En segundo lugar, la UE necesita urgentemente llevar a cabo amplias reformas estructurales en su gobernanza económica. Algunas de las medidas para hacer frente a los problemas en los sectores bancario y de inversión ya están en marcha, pero queda mucho por hacer para lograr un cambio en la gestión racional de las finanzas públicas. Alemania ha decidido imponerse unos límites muy estrictos de endeudamiento en relación con su PIB. Además de Grecia, la mayoría de países europeos han reconocido ahora, aunque con un cierto retraso, la necesidad de tomar medidas de austeridad para controlar el gasto público antes de sufrir la ignominia y las penurias que se derivan de mantener elevados niveles de deuda y sanciones en el pago de intereses.
La impopularidad de las medidas de austeridad que cada gobierno sabe que debe tomar y los temores que éstas originan describen una realidad política dolorosa. Ésta es la razón de por qué es tan importante que las instituciones europeas supranacionales, en particular la Comisión y el BCE, intervengan en la supervisión preliminar de la planificación presupuestaria nacional, antes de la adopción formal de los presupuestos anuales por los parlamentos respectivos. Esta coordinación es necesaria para garantizar una evaluación imparcial y honesta de la situación real de las economías interrelacionadas de la zona euro. Y asegurará que las estimaciones que se realizan son coherentes y realistas. De otro modo la descoordinación de las políticas económicas y fiscales podría originar un comportamiento contrario a la competencia y favorecer la desintegración del mercado único.
El 12 de mayo, la Comisión Europea propuso reforzar la eficacia del Pacto de Estabilidad y Crecimiento y ampliar la vigilancia de los desequilibrios macroeconómicos. Europa necesita un plan más amplio y general para enfrentar la profunda crisis que está experimentando si quiere dotar a su economía de unas bases más estables. Este proyecto debe basarse en cuatro piedras angulares:
-Reducción drástica de los desequilibrios presupuestarios en la mayoría de los Estados de la zona euro a través de un fortalecimiento del Pacto de Estabilidad. Esto incluye sanciones factibles y realistas, como la retención de fondos de la UE o la privación del derecho de voto en caso de incumplimiento.
-Reducción de la brecha de competitividad entre los Estados miembros, sólo posible de la mano de una estrategia creíble y jurídicamente vinculante por lo menos durante los próximos diez años. Una disciplina que no sólo dependa de la buena voluntad o las presiones sino de una adecuada supervisión de la Comisión, incentivos adecuados y sanciones disuasorias.
-Creación de un Fondo monetario europeo, con capacidad de préstamo para obtener crédito en los mercados internacionales de capital y apoyar la inversión productiva y la situación macroeconómica como lo hace el Banco Europeo de Inversiones. En esto se concretaría el acuerdo del 9 de mayo para un seguimiento a tres años de las medidas de apoyo a la economía de la eurozona. A diferencia del pacto de estabilidad, el Fondo monetario europeo no vería limitada su capacidad cada vez que necesite intervenir por la exigencia de unanimidad.
-La experiencia griega y la complejidad de unir las piezas del sistema de préstamos bilaterales indican que un verdadero mercado de eurobonos bajaría significativamente el coste del crédito para todos los Estados miembros. El banderazo de salida en esta dirección se levantó el 9 de mayo con la decisión del BCE de iniciar la compra de la deuda soberana -un cambio radical en la política actual-.
Hace 25 años que se formuló la propuesta de Unión Económica y Monetaria. La historia reciente ha demostrado que no es posible la una sin la otra, del mismo modo que las tensiones políticas creadas por la recesión han revelado grietas en la estructura europea. Es momento de completar el proyecto iniciado por Jacques Delors y otros, y establecer una verdadera Unión Económica que es mucho más que la suma de sus partes. Esto no es sólo una quimera para los entusiastas del euro, sino una necesidad económica y política en un mundo global e interdependiente.