En estos tiempos en que se divulgan estudios y opiniones sobre la crisis de la política, queremos trasladar por medio de estas líneas algunos trazos significativos de un hombre de nuestra tierra: Jose Antonio Agirre, primer lehendakari de Euskadi. Queremos ver cómo nos puede iluminar hoy su hacer político, cuando el liderazgo político está altamente cuestionado.
A Agirre le tocó agarrar el timón de Euskadi en una hora terrible que, no obstante, no impidió que levantara su gobierno sobre unas bases políticas sólidas y contundentes. “El Gobierno Vasco salvaguardará las características nacionales del pueblo vasco, prestando al fomento de las mismas, toda la consideración y protección a que le obliga el reconocimiento de la personalidad vasca, de la que es exponente y garantía este Gobierno”. Este compromiso constituye el nervio político del primer Gobierno Vasco que echó a andar el 7 de octubre de 1936. Bajo el Árbol de Gernika suscribieron el acuerdo de gobierno el lehendakari Jose Antonio Agirre y todos los miembros de su gabinete: cuatro pertenecían al PNV, tres al PSOE, uno a Izquierda Republicana, uno al Partido Comunista de España, uno a ANV y uno a Unión Republicana. Era un gobierno de concentración para un país en guerra desde pocos meses atrás.
En el cincuentenario de su muerte, el lehendakari Agirre es objeto de análisis varios. Algunos lo retratan como ejemplo del acuerdo entre diferentes y de la transversalidad. No se puede obviar, sin embargo, el núcleo que inspiró en todo momento su andadura política: el reconocimiento del pueblo vasco como nación y la defensa de sus derechos así como la de los ciudadanos vascos. Fue la columna vertebral de su política, tanto como jeltzale como lehendakari. Agirre no era dado al cambio de principios, mucho menos a negarlos; al contrario, mantenía firmes los criterios fundamentales: convencido de que Euskadi tenía derecho a decidir sobre sí misma, consumió sus energías en la lucha por su logro. Pagó un alto precio por ello. Vivió más de una ruptura, entre ellas la sucedida en el propio Gobierno vasco con la marcha del consejero del PSOE Santiago Aznar, obligado por el Partido Socialista a dimitir a causa de la sintonía del responsable de industria con el lehendakari.
José Antonio Agirre y Lekube vive ya desde muy joven la pasión por su pueblo a través de su militancia en EAJ-PNV. Siendo alcalde de Getxo, nada más proclamarse la II República, lidera el 17 de abril de 1931 la Marcha de los alcaldes vizcaínos para reunirse en la Asamblea de Municipios vascos bajo el roble de Gernika. Sin embargo la Asamblea no se celebró. Lo impidió el gobierno provisional de la República española, que envió a la guardia civil y a soldados de infantería a cerrar todas las entradas de Gernika. Los alcaldes no llegaron hasta la Casa de Juntas, pero todos firmaron el manifiesto al pueblo vasco en el que se proclamó por vez primera el derecho de autodeterminación.
Agirre es un hombre con un profundo sentido de la justicia. Enraizado en un cristianismo solidario con el débil y oprimido, persona o colectividad, defiende con vehemencia el derecho del pueblo vasco a gobernarse a sí mismo. Es un hombre de fe y, como tal, un político con una larga perspectiva y honda esperanza que no cede al desaliento por la causa de la libertad de Euskadi. Lo vemos ya en 1931 en la lucha por el primer Estatuto. Un texto que finalmente será refrendado por el 84% de la población llamada a votar. Era el año 1933, pero habrían de transcurrir tres años hasta que el Congreso de los Diputados aprobara el autogobierno vasco el 1 de octubre de 1936, ya en plena guerra civil.
En esos seis años Agirre es testigo de los duros golpes contra el cumplimiento de la voluntad de su pueblo. Su denuncia no deja lugar a dudas: “Ciertamente, es curioso observar la coincidencia que entre las fuerzas de izquierda y derecha monárquicas españolistas de nuestro pueblo, se produce cuando el pueblo vasco se levanta por su libertad. Entonces las coincidencias negativas son lícitas, fluyen naturalmente. Toda clase de pactos destructivos son justificables.”. Sus escritos, ya en el exilio, ponen negro sobre blanco: “Parece mentira que haya aún entre los socialistas que vivían en Euzkadi quienes inconscientemente deseen presentar y suceder a la Liga Monárquica cuyo papel no fue sino ése, seguir a Madrid en todo y poner freno a cuantas iniciativas significaban un átomo de libertad para el país. ¡Pobre pueblo nuestro si en sus manos cayeran sus destinos!”.
El lehendakari Agirre no vacila sobre la raíz del conflicto vasco. Señala una fecha: el 25 de octubre de 1839. Aquel día, recuerda, las Cortes españolas acordaron prácticamente la supresión de los Fueros vascos al aprobarlos «sin perjuicio de la unidad constitucional de la Monarquía», para añadir que el nacionalismo vasco y con él Euskadi no podía aprobar ni dar su aquiescencia a ninguna Constitución española porque pugnaba con el estado de derecho anterior a 1839, base jurídica del reclamo de de la soberanía vasca. Concluye rotundo: “mientras esta demanda de soberanía no sea satisfecha no cesará la protesta”.
José Antonio Agirre debatirá infinidad de veces sobre estas cuestiones en el Congreso de los Diputados, siempre abierto y dispuesto al diálogo, mas nunca cejará en su defensa cerrada del derecho de Euskadi a ser un pueblo libre y dueño de decidir su futuro y denunciará incansable la negación de tal derecho. También en el ámbito internacional, del que hablaremos en la segunda parte de este artículo.
José Antonio Agirre es un político entero, que confrontará la Constitución española con la soberanía de Euskadi y razonará a favor de ésta, como hemos observado en la primera parte de este artículo. Argumentará una y otra vez cuál es la raíz del conflicto vasco y será taxativo en cuanto a su resolución definitiva ante quienes niegan u ocultan el problema: tras la abolición del orden jurídico donde descansaba la soberanía vasca, el conflicto cesaría únicamente con el cumplimiento de los derechos del pueblo.
Agirre expondrá de modo actual los principios y fundamentos de la causa nacional vasca, entre los cuales destacan el fomento del euskera, el rechazo al uso de la violencia y la necesidad de unión de los vascos. El primer lehendakari considera fundamental el “desarrollo práctico y decidido de nuestras características nacionales, y entre ellas, en primer lugar, la de nuestra lengua, el euskera. Que nadie digno de este nombre [vasco] y que desconozca nuestro idioma deje de aprenderlo”. La paz es también un pilar básico de su actitud y acción política, que defiende en el mensaje de Navidad de 1939, tras el desgarro de la guerra: “A pesar de lo sufrido, a pesar de las injusticias con nosotros cometidas… jamás podremos construir nuestro pueblo sobre la base de la violencia y el odio”. En este mismo mensaje navideño el lehendakari invoca la unión de todos los vascos, llamada que volverá a realizar 30 años después, en lo que constituye la despedida a su pueblo en el último mensaje de Nochebuena: “Los pueblos se conocen en la adversidad y sólo existe una respuesta a nuestro infortunio momentáneo: la unión férrea de todos los vascos. ¿Existe una fórmula mejor para proseguir nuestra lucha?”
Jose Antonio Agirre nunca dejó de mirar a su pueblo, y lo hizo con una visión abierta y atenta al mundo. Dueño de una gran cultura, aquel líder nacionalista vasco participó en la génesis de la Europa tras la segunda guerra mundial. Corría el año 1949 cuando planteó el Problema de las Nacionalidades con motivo de la asamblea de la Federación Europea. Advirtió de los conflictos nacionales con riesgo de derivar en violencia en lugares como el Báltico, los Balcanes y la Península Ibérica para los que reclamó a Europa una solución. Se había promulgado la Carta de los Derechos Humanos, donde se recogía el derecho de los pueblos a darse libremente la forma de gobierno que desearan. Pero a la aguda mirada del lehendakari no le pasó desapercibida la laguna jurídica en relación a los pueblos sin Estado. Formuló siete principios donde se proclamaba una norma jurídica general del derecho a la libertad política de todos los pueblos que tuvieran la voluntad y capacidad política suficiente, fuera cual fuera la fórmula decidida, incluso la de llegar a constituirse en Estado; asimismo, la Organización de la Federación Europea garantizaría la paz de todas las partes mientras tomara cuerpo el nuevo status jurídico-político. Sólo sobre la realización de estas bases se podría edificar una paz sólida en Europa, sostenía Agirre.
En la construcción de una Europa unida, junto a los derechos de los pueblos se jugaba el poder decidir las políticas económicas y de progreso social. El lehendakari era muy consciente de ello. En 1959, en el contexto del incipiente Mercado Común Europeo, Agirre acusaba duramente al régimen franquista por la “bancarrota” y el “aislamiento” de España, con una Euskadi sin libertad para responder por sí misma. Denunciaba con severidad a la dictadura porque reaccionaba con “tardías y apresuradas rectificaciones impuestas por una desesperante situación económica y dictadas desde el extranjero” a instancias del Fondo Monetario y de la Organización Económica Europea, que “obligaron a España a aceptar todas las condiciones para restaurar la estabilidad financiera en el país”.
En definitiva, Agirre veía a Euskadi y al nacionalismo vasco «entre la libertad y la revolución». En el horizonte de aquel lehendakari y del PNV se vislumbra siempre la libertad del Pueblo Vasco, torpedeada desde la derecha y la izquierda: “Hemos luchado entre la libertad que queremos alcanzar como nuestra y la revolución que, entorpeciendo su logro, era ajena a nosotros”, escribió. Casi un siglo después, hoy luchamos entre la libertad y el «cambio democrático». Una libertad que es la meta del derecho a decidir, la vía obstruida esta vez por el «cambio democrático» de PSE-PSOE y PP, ajeno al pueblo vasco, y obstaculizada también por la violencia revolucionaria de ETA.
Pues bien, es hora ya de que ETA escuche al pueblo, deje de sembrar sufrimiento y silencie las armas para siempre. Es tiempo de construir nuestro pueblo sobre el respeto de todos los derechos humanos y de hacer frente a quienes digan ‘no’ a esos derechos fundamentales, los individuales y los colectivos. Nos ha llegado la hora de unir nuestras fuerzas a favor de Euskadi y dar la palabra decisoria al pueblo.
Mientras hoy se buscan líderes políticos en una cultura dominada por los medios de comunicación, la imagen y el mercado, hacemos memoria del lehendakari Jose Antonio Agirre y de aquellos cuyo compromiso, entrega y obra merecen ser reactivados como seña de identidad de lo vasco moderna y de futuro, de un liderazgo político con personalidad propia y a la vez universal. En los despiadados y crueles años de la guerra y la dictadura, humanizaron la política ejerciendo el respeto a la democracia y a la dignidad humana, dando aliento a un pueblo crucificado, defendiendo la verdad silenciada y oprimida. Fue su motor una reivindicación justa que hoy, en el siglo XXI, hacemos nuestra cada vez que alzamos la voz para decir ¡Gora Euskadi askatuta!