Hace unos días recibí un correo de un Centro Vasco con comentarios sobre un artículo mío artículo, solicitando al mismo tiempo otro sobre mis impresiones acerca la política exterior del Gobierno Vasco y el nuevo nombramiento de obispo para diócesis de Gipuzkoa.
Correspondo, pues, a su solicitud porque me parecen dos temas de gran actualidad, ante los que casi todos reaccionan por una u otra razón. Por lo que una vez más se demuestra que en las personas a veces adquieren más importancia los sentimientos, que las propias verdades.
Empezaré, pues, afirmando que nunca he creído en las políticas, ni en las relaciones humanas, ni en las ideologías, que se desarrollan con objetivos de vencer. Me resultan mucho más interesantes las destinadas, como en cualquier orden de la vida, a la superación de las metas logradas. Sí, siempre me han parecido de mayor interés las actitudes de suma y multiplicación, que las de resta y división.
Aporto mi reflexión desde esta perspectiva, aunque no puedo ocultar que ciertos posicionamientos respecto a los aspectos identitarios me parecen bastante criticables, cuando no ofensivos. Digo "me parecen", porque una de las realidades que más he constatado en mis casi veinticinco años de viajes por los diversos continentes es que el sentimiento de identidad es inherente a cada persona, individualmente, y a cada pueblo, colectivamente. No conozco mi persona ni pueblo que no se ame a sí mismo, que no se sienta orgulloso de su propia identidad. Más aun: pienso que el sentimiento y la consciencia de la identidad potencian la capacidad de crear sociedad e incluso de afrontar situaciones de crisis. Y, al revés: he podido comprobar que los pueblos con reducidos sentimientos de identidad sucumben más fácilmente ante las crisis.
Si realizamos, por ejemplo, un somero empeño en conocer qué importancia tienen la propia identidad en el mundo de la emigración, fácilmente constataremos que sus sentimientos y sus recuerdos se encuentran muy a flor de piel. Durantes algunos años he sido invitado a participar en la celebración de encuentros extremeños de Euskadi, y me han proporcionado la oportunidad de gozar con ellos de sus vivencias y recuerdos de su tierra natal. Durante bastantes años más he podido visitar centros gallegos y catalanes en las más diversas latitudes de todos los continentes, y he visto que los sentimientos de identidad vibraban ante cualquier pregunta o comentario sobre su origen o el de sus padres. En todos ellos, una simple música folklórica de su Tierra les animaba al baile. No me extraña que la lectora de mi artículo anterior se sintiera preocupada, incluso ofendida, ante declaraciones de voluntad política de desarrollo de cualquier programa, menos los "identitarios". Dudo mucho, al igual que la lectora, de las políticas que se presentan con exigencias o planteamientos de negar la identidad y los sentimientos de las personas..
Comprendo los prejuicios, y en consecuencia los miedos y los reparos. Ninguno de éstos suelen ser buenos compañeros de viaje. Pero cuando se intenta imponer una forma determinada de pensamiento político, sucede como cuando se intenta imponer el amor: se llega a cualquier situación menos a la deseable, y esto ocurre en cualquier ámbito de la vida, también en el caso de las organizaciones religiosas.
Por eso no me ha extrañado el nuevo nombramiento de obispo para Gipuzkoa. Creo que no se ha realizado pensando en el modelo específico de vivencia de la fe de cada comunidad cristiana de antaño, sino en base a perspectivas más políticas que religiosas. Diría aún más: no esperaba algo distinto de la perspectiva organizativa actual del Vaticano.
Por mucho que el cardenal Rouco Varela defienda el caso con el increíble argumento de que no hay nada que opinar porque "Dios ha hablado", lo que es innegable es que la Iglesia es una organización humana, de este mundo, y su dirigencia toma decisiones sin previos dictados de Dios, de acuerdo a su buen saber y entender y sus propias perspectivas. Así ha sido siempre. Y como resisto a creer en sus declaraciones, me gustaría conocer los informes previos que se han emitido antes de dicho nombramiento.
Como constatación de que la historia de intereses se repite también en la Iglesia vasca, me he empeñado en releer la. "Carta del Abad Electo de Santo Domingo de la Calzada al Ministro de Gracia y Justicia", del 5 de julio de 1861, analizando las razones por las que consideraba no se debería crear o "reunir las tres provincias vascongadas en un solo obispado, con la silla episcopal en Vitoria". El documento recoge argumentos de diversa índole, pero me resultan significativos, incluso de actualidad, dos de sus argumentos ideológicos:
En primer lugar, le indica al Ministro que concediendo a los vascos una diócesis,
se "da a las tres provincias una especie de independencia, que hace muy precaria su unión con España, si el vínculo político que las sujeta a la corona, no estuvieses fortalecido con el vínculo canónigo que las estrecha y hace dependientes de Castilla. (Por lo que) si a la independencia administrativa, se junta la espiritual y eclesiástica, tienen todo lo necesario para gobernarse por sí mismos y ser de todo punto independientes".
En segundo lugar, ante este riesgo, insiste en "Cuánta sea la fuerza de la dependencia eclesiástica para mantener a estas provincias en la debida sumisión", porque de lo contrario, "Teniendo los vascongados Obispos de su habla, cabildo y párrocos de su habla, pastorales, sermones, libros en su habla, se aferrarán más y más en ella, tratarán de extenderla por los límites de las tres provincias, ganando terreno perdido y haciendo de ella una lengua nacional; y si a esto se agrega una mayor afición que cobrarán a sus costumbres, se habrá contribuido a formar en España una nacionalidad distinta".
Evidentemente, ayer como hoy, hay coincidencia de intereses en los estamentos políticos y eclesiásticos. Pero qué razón tenía Mario Benedetti cuando en su Perplejidades de fin de siglo escribió aquello de "la paz de los pueblos está en guerra con la paz que proponen los autoritarismos".