Opinión
29Octubre
2009
29 |
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Afganistán: el "new great game"

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Octubre 29 | 2009 |
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Se conoce como great game el conflicto estratégico mantenido entre los imperios británico y ruso por el control de Asia Central, especialmente Afganistán, en el siglo XIX. El interés británico era controlar Afganistán para preservar la joya de la corona, India, ante los imparables avances del imperio ruso que ya había ocupado o extendía sus tentáculos sobre casi toda la región.

Los ingleses perdieron, en esa centuria, las dos grandes guerras que libraron con los afganos y debieron abandonar el país con un ejército diezmado y humillado ante los encarnizados embates del invadido. La entente anglorrusa de 1907 culminó dicho periodo.

Posteriormente, en los años 80 del siglo XX, los soviéticos, poco antes del derrumbamiento de su imperio, se vieron obligados a abandonar un país que nunca dominaron. Por eso, la guerra en Afganistán evoca el fantasma de la sepultura de imperios.

Afganistán es un país enormemente atrasado, como si nos adentrásemos en el túnel del tiempo cien años atrás. Los altos índices de analfabetismo y pobreza, la falta de agua y electricidad en gran parte de su territorio, son indicadores que ilustran sobre la insoportable miseria que el país arrastra.

El inexistente sentimiento de nación es sustituido por la mentalidad tribal. Los afganos, en general, son más leales a los jefes de tribu y a los señores de la guerra que al Gobierno de Kabul. Esta particular organización se patentiza en los procesos electorales: así, en la segunda vuelta del proceso electoral que se está desarrollando, un pashtún -45% del total de la población- votaría a su representante, Karzai, mientras que un ciudadano tayiko -25%- votaría a Abdullah. Si no hay acuerdo, la búsqueda de aliados en otras etnias amenaza una escisión aún más conflictiva entre las dos principales estirpes del país.

En este humus, unas elecciones democráticas de tipo occidental, por sí solas, no sirven para vertebrar el país, carente de espina dorsal. Dotarán de una autoridad limitada a un gobierno que deberá legitimarse actuando contra la corrupción endémica y el sectarismo tribal que ha caracterizado al último ejecutivo de Karzai.

En este país montañoso e inhóspito, los talibanes afganos y paquistaníes, engrandecidos y utilizados por los Estados Unidos en los años 80 para expulsar a los soviéticos, junto a los insurgentes que quieren desterrar a las fuerzas invasoras, libran con éstas una batalla desigual que se ha extendido sobre su territorio y amenaza con trascender de sus fronteras.

En efecto, una las consecuencias graves de la prolongación del sufrimiento que propaga la vía militar en Afganistán se extiende a la frontera pakistaní, en donde la mezcla de nacionalismo pashtún y extremismo islamista ha constituido una fuente de aprovisionamiento para la insurgencia afgana que, ahora, el gobierno pakistaní, en razón de las presiones de EE.UU., combate en Waziristán del Sur, provincia colindante con el territorio afgano.

La desestabilización de Pakistán, con 175 millones de habitantes, con fisuras étnicas, religiosas y sociales, con arsenales nucleares y, por consiguiente, firme candidato a Estado fallido, podría acarrear consecuencias muy graves que las ayudas multimillonarias estadounidenses al gobierno del presidente Asif Ali Zardari, viudo de la asesinada Benazir Bhutto, tratan de evitar.

La intensidad y amplitud de los atentados en el propio Pakistán ha alarmado a EE.UU., que se ha volcado en ayuda de este país para reforzar el poder civil de su gobierno ante parte de un ejército que apoya a los talibanes hermanos del otro lado de la frontera.

Estas corrientes desestabilizadoras que contaminan el entorno regional son indicadores del desajuste del mundo, del que habla Amin Maalouf, que comenzó con la caída del muro de Berlín hace 20 años y que se desparramó con los atentados del 11-S.

Las fuerzas ocupantes de antaño han sido sustituidas por la OTAN. Recordemos que la OTAN, Organización del Tratado del Atlántico Norte nació para frenar y combatir el avance comunista en Europa. Paradójicamente, sesenta años después de su constitución, la OTAN se encuentra en las montañas polvorientas de Hindu Kush afanándose en la captura de terroristas islámicos. Este es un claro indicador de la complejidad y el desorden del mundo en que vivimos.

Desde los tiempos del great game, el mundo es otro. Los imperios de entonces han desaparecido. Pero las condiciones de vida en Afganistán, insoportablemente míseras, apenas han cambiado. Estos Estados fallidos son ciénagas en los que se desarrolla el resentimiento y la desesperación que se manipula desde una explotación abusiva del sentimiento religioso.

Los talibanes, la gran mayoría pashtunes, son fruto de la miseria y la falta de oportunidades, de las militarizadas madrazas, de los campos de refugiados, en definitiva parias de una sociedad, pasto ideal para los instructores del fanatismo religioso y de los atentados suicidas.

Lo esencial cara a un futuro más esperanzador no es tanto la victoria militar como ganar la confianza de la población autóctona. Para lograr esta adhesión es fundamental que los afganos perciban una mejora en sus vidas diarias. Este progreso exige un esfuerzo continuado en la reconstrucción civil del país, en infraestructuras, aprendizaje de nuevos cultivos y empleos, educación, sanidad... Estas son las grandes tareas que tienen que emprender decididamente los occidentales para la estabilidad del país. Esto no significa que la dimensión militar del conflicto haya que obviarla porque Afganistán es un país muy inseguro y las organizaciones civiles, ONG... difícilmente se atreven a salir de Kabul porque el peligro acecha fuera de la capital.

Tras la mejora de las condiciones de vida, los afganos necesitan demostrar al mundo que no solamente son merecedores de esta ayuda sino que asumirán la responsabilidad del mando de la nación, en el periodo de tiempo más rápido posible. Y es que debemos constatar que no se puede construir un Estado moderno en el siglo XXI con las condiciones de vida del siglo XIX.

Obama, mientras tanto, reflexiona sobre el envío de más tropas a Afganistán. Intentará desafiar los fantasmas del pasado utilizando la tradicional versión de palo y zanahoria para evitar que su presidencia sea enterrada en un recóndito lugar de Asia al que los talibanes-Al-Quaeda y su antecesor en el cargo condujeron a EE.UU., hace 8 años. Ha llegado la hora de un new great game.

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