Opinión
12Noviembre
2008
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Las ansias de cambio aúpan a Obama y hacen historia

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Noviembre 12 | 2008 |
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Deia


Si el segundo triunfo de Bush fue cimentado en la ansiedad de la seguridad propia y en el resarcimiento del patriotismo herido en tierras lejanas, ahora, las prioridades son otras y los norteamericanos huyen apresuradamente del clima de enfrentamiento, amargura y división, de los últimos años, para preocuparse por la situación económica.
El cansancio de las guerras, una fundamentada en datos falsos, además de ruinosa e interminable, con la llegada ininterrumpida de cadáveres, ha causado un hartazgo en una población exhausta que desea olvidar el pasado cercano y comenzar una nueva etapa.

Es en este contexto popular excepcional, de ansias de cambio, es donde la historia sitúa a la figura de Barack Obama en el epicentro del escenario mundial. Una sociedad tan conservadora como la norteamericana le ha conferido el mando supremo de los EE.UU. a un afroamericano de color, joven e inexperimentado.

Obama con su estilo sosegado y conciliador, inconcreto en muchas ocasiones, ha sabido superar enormes obstáculos; no olvidemos que derrotó a la supercandidata Hillary Clinton, y captar las inquietudes, ansiedades y aspiraciones del norteamericano medio.

Esta vez no ha sido la seguridad, ni la política de defensa ni un irritado nacionalismo lo que urgía a los ciudadanos a pesar de que McCain, sabedor de sus fortalezas y debilidades de su opositor, insistía: "La amenaza trascendental de nuestro tiempo es el terrorismo islámico".

La búsqueda de una salida digna al conflicto bélico en Afganistán e Irak, salpicado con los vergonzantes episodios en Abu Graib y Guantánamo, que aflige a los estadounidenses y desacredita a la Nación, así como el restablecimiento de la catastrófica situación financiera y económica son las prioridades que han expresado los norteamericanos.

En política exterior Obama será un presidente que habrá aprendido la amarga lección de las consecuencias de la unilateralidad. Relanzará el valor tanto de las instituciones multilaterales como de las alianzas internacionales. EE.UU. sigue siendo la primera potencia mundial pero su hegemonía será cada vez más contestada y compartida. Hay naciones emergentes, como China e India, coaliciones políticas antiamericanas instigadas por Irán, Rusia, Venezuela... y alianzas regionales como la liderada por Brasil en Latinoamérica que conforman polos de poder y avanzan hacia un mundo multilateral e interdependiente.

En este escenario consideramos clave la alianza de EE.UU. con Europa en un siglo cuyo epicentro se desplazará hacia Asia y al Pacífico. La preservación de los valores de la civilización democrática, anclados en la Ilustración europea, así como la salvaguarda del planeta, mediante un acuerdo vinculante contra el cambio climático serán dos de los objetivos prioritarios que perseguirá la alianza transatlántica.

EE.UU. ya no se podrá equivocar de adversario y no deberá jugar al debilitamiento de Europa, instigando su división. Le interesará una Europa unida y fuerte para reforzar la coalición y sus valores. Europa, a su vez, deberá de superar las mezquindades nacionales para la gran causa de su unidad política. El mundo avanza y no nos espera.

En el terreno económico, tras el crash financiero de Wall Street y su impacto negativo en la economía real se producirá previsiblemente una reacción pendular, al estilo de la protagonizada por Franklin D. Roosvelt con su New Deal en los años 30, que quebrará la estela de la revolución reaganiana de los años 80 basado en "mínimos impuestos, mínimo Estado" y exigirá una mayor regulación pública.

No esperemos que el nuevo presidente promueva grandes alteraciones en el sistema económico aunque, desde una perspectiva histórica, se producirá un punto de inflexión que acarreará una redistribución más justa de la riqueza. Pero no olvidemos, que además de neoconservadores oportunistas, el Financial Times y The Economist, biblias del liberalismo en lenguaje europeo, han apostado claramente por el candidato demócrata.

Obama, que no pasaría de ser un centrista europeo, es un prototipo de la cultura estadounidense que apela constantemente a los valores del esfuerzo personal, la responsabilidad individual y familiar. Atribuye la catástrofe de la recesión a la excesiva desregulación y descontrol federal pero se muestra ambiguo en la reclamación de una mayor presencia del Estado como factor de corrección de los desajustes económicos y desigualdades sociales. "No necesitamos un gobierno más grande ni más pequeño, sino mejor".

Propone una subida de impuestos para los más ricos para financiar la ampliación de la cobertura sanitaria hasta casi universalizarla, planteando el recorte de impuestos para la gran mayoría de familias (90%) y pequeñas empresas.

El gran problema es que en una época de recesión con un déficit ascendente que alcanzaría el trillón de dólares para 2009, el 7% de la riqueza nacional, y luchando en dos guerras ruinosas, los incumplimientos de las promesas electorales de Obama se revelan probables.

A pesar de las frustraciones que las grandes ilusiones generan, la elección de Obama supone un alivio para gran parte de la población mundial. Los problemas y las amenazas mundiales continuarán pero sabremos que desde la primera potencia mundial se sienta un hombre con talante y talento que actuará con prudencia, sabiduría, no exento de determinación, ante los retos de este complejo y difícil mundo.

Pero si esta elección tiene carácter histórico nosotros le situamos en el contexto de un País en la que el esclavismo se integró, hasta su abolición, 1863, tras una guerra civil, en los fundamentos democráticos que inspiraron, casi un siglo antes, el nacimiento de EE.UU. En el aniversario de esta emancipación negra, en 1963, hace ahora 45 años, Martin Luther King, en una maravillosa pieza oratoria, intitulada Tengo un sueño, imploraba por los derechos civiles, entre ellos derecho al voto de la población negra, todavía, en aquel tiempo, negado en algunos Estados de la Unión.

Seguramente, nunca se atrevió a soñar por un presidente afroamericano, pero la fuerza de la razón democrática convierte en realidades las utopías históricas más inimaginables.

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