Opinión
22Febrero
2008
22 |
Opinión

Promesas y responsabilidad

Opinión
Febrero 22 | 2008 |
Opinión

Zatozkidagoiarnas, egizu nirekin lan, Herri baten arnasa mamitu dezadan. Geroak esan beza: Herri bat izan zan, edota hats emaiogun eta honetan iraun dezan" . Orixe, en Euskaldunak
Defiendo, como principio fundamental en mi personal definición ideológica, el reconocimiento nacional y político de Euskadi y por tanto su derecho a escribir de su puño y letra las páginas de la historia que le correspondan. Y entiendo que la tierra en la que se asienta nuestro pueblo, nuestra cultura, lengua y tradiciones, la memoria histórica y la proyección integradora de futuro, y sobre todo -y fundamentalmente- la voluntad actual de la ciudadanía vasca, componen entre otros la realidad poliédrica de Euskadi nación. Y nos merecemos por ello el respeto debido. Pero lo cierto es que los períodos de respeto mutuo y de relación política amable en lo que corresponde al encaje entre el grande y el pequeño, entre España y Euskadi han sido realmente escasos en el tiempo. Pero no tiene por qué ser así siempre. Y es que además no nos sirve a los pequeños. La necesidad de contar con la realidad social en todo proyecto político no es sólo una elemental exigencia para su viabilidad, sino una garantía de que dicho proyecto posee apoyo social, masa crítica, aval y legitimidad democrática. Creo por ello que es imprescindible contar con la realidad social adecuando inteligentemente el proyecto político transformador a la posibilidad de su aceptación. Apuesta política, posibilidad instrumental de cristalización y aval de las mayorías que tuvieran a bien libremente conformarse.

Todo proyecto político nuevo altera un equilibrio establecido, y si el desequilibrio se decanta a favor del proyecto nuevo y transformador, la diferenciación positiva obtenida dará la medida de la potencia política de ese impulso innovador. Y para ello se requiere fuerza y poder político de la mayoría de la sociedad.

Hoy en la Euskadi de 2008 estoy convencido de que un principio básico para los nacionalistas vascos como es el reconocimiento del derecho a decidir, pasa por el compromiso mutuamente fijado con el Estado a ejercer este derecho por la vía del pacto y el principio de consentimiento de que esta decisión debe integrar las distintas sensibilidades existentes en Euskadi. Por eso creo como nacionalista vasco que la capacidad inteligente de negociar, la necesidad de pactar, la astucia de integrar, así como la bilateralidad efectiva, las condiciones de lealtad y el reconocimiento mutuo son las llaves de una nueva etapa superadora de la anterior y acorde con los principios de la democracia y de un futuro para Euskadi en libertad y en paz. El camino se hace al andar, con convicción y cooperación. No hay otra. Sin juegos florales ante la galería. Sin infantilismos de cartón piedra, sin experimentos de salón. Acordándonos de David y de Goliat.

Y quien proponga algo diferente que asuma previamente la responsabilidad de responder ante la sociedad vasca del fracaso y de la frustración colectiva de su imposibilidad práctica. Son cuestiones pragmáticas complementarias de sinergías con los principios programáticos.

Creo en una Euskadi en la que los diferentes sentimientos de pertenencia de quienes componemos la sociedad vasca convivan compartiendo un proyecto de país, cuyo futuro construyamos entre todos. Creo en una Euskadi en la que la voluntad democrática de sus ciudadanos sea la base de la mutua convivencia y en la que los acuerdos amplios entre diferentes sirvan para hacer frente a los retos del futuro. Creo en una Euskadi en la que nuestra identidad vasca se construya en base a valores en un mundo cada vez más abierto y complejo y en el que el amor a lo propio no nos lleve a construir el futuro contra nadie.

En definitiva, creo en una Euskadi nación y su derecho a escribir las páginas de su propia historia y con su puño y letra.

Y al contrario, no creo en la irresponsabilidad de ofrecer una póliza de frustración consecuencia de prometer un futuro utópico y radicalmente alejado de la realidad socio-política. No creo en la bondad de correr el riesgo de incitar deseos de un imaginario que a fuerza de mostrar falta de concreción para rematar, precisamente por realismo y responsabilidad, signifique preparar el terreno para que sean otros quienes, por no tener esas responsabilidades, se apropian de la fantasía de una imposible meta final. En política, una cosa es lo que es, pero deducir de ello que pragmatismo y cuestión de principios doctrinarios chocan excluyentemente, es radicalmente falso y lo que es peor va en contra de nosotros los nacionalistas.

Y por eso precisamente habló el lehendakari Juan José Ibarretxe como habló aquel triste 1 de febrero de 2005 en el Congreso de Diputados de Madrid defendiendo el Nuevo Estatuto Político, afirmando que no buscaba ni la independencia ni enfrentarse a España sino una relación amable con ella.

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