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Enero 25 | 2008 |
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Juan María Atutxa: «Si se pisotea una institución surgida del pueblo, sólo queda salir a la calle»

DAVID GUADILLA

«Juan Mari, acabo de ver la televisión y dicen que os han condenado». La llamada de su esposa sorprendió a Atutxa alrededor de las 21.10 horas del lunes a la altura de Burgos. «¿Qué dices?», respondió incrédulo. El ex presidente del Parlamento vasco regresaba en ese momento del Tribunal Supremo en Madrid convencido de que iba a ser absuelto por no disolver el grupo de Sozialista Abertzaleak.

-¿En ningún momento esperaba usted la decisión del Supremo?

-No. Tengo una absoluta perplejidad. Estoy dolido porque se ha actuado con premeditación contra el Parlamento vasco.

-La resolución del tribunal dice que desobedeció una orden judicial.

-Yo nunca he sido desobediente. Lo he proclamado a los cuatro vientos. Ya lo he dicho en alguna ocasión: nosotros no dimos un corte de mangas a los tribunales.

-¿Cree que el Supremo ha actuado de forma parcial?

-Es que ha sido juez y parte. Quien te ordena que desarrolles una determinada acción y le contestas que no es posible, se encabrita de tal manera que te dice: 'Ya volverá usted para acá'.

-¿Piensa que hay alguna motivación política en su condena?

-Sin duda. Y lo está impulsando la derecha más rancia y la presión de la ultraderecha y del PP.

-¿Se arrepiente de algo de lo que hizo?

-De nada. Mi conciencia está absolutamente tranquila. Volvería a hacer lo mismo.

-Si después de todos los recursos que piensa presentar en el Constitucional y Europa, estos tribunales también mantienen la tesis de que usted desobedeció, ¿aceptará la decisión?

-Aceptaré los veredictos, pero mi conciencia seguirá convencida de que no he cometido ningún delito.

-¿Por qué no acató la decisión del Supremo?

-Nosotros nunca dijimos en la Mesa del Parlamento que no queríamos disolver el grupo de SA. Fue la Junta de Portavoces la que nos impidió hacerlo. Yo no tenía ningún instrumento para hacer lo que me mandaba el Supremo.

-Un ciudadano normal al que un tribunal impone una multa tiene que pagarla aunque la sentencia le parezca injusta e, incluso, se le prohibiría convocar una manifestación de protesta. ¿No están generando ustedes un agravio comparativo?

-Me da la sensación de que no se da esa inquietud entre la ciudadanía.

-¿No contempló otra alternativa?

-Si el Tribunal Supremo hubiese tenido arrojo suficiente para desposeer de la condición de parlamentarios a los miembros de SA, hubiesen bastado quince segundos. Pero no, se dirige a mí y me dice: 'Usted, que es el jefe de este chiringuito, coja y disuelva este grupo'. Y yo le digo: 'Es que hay una ley interna que me lo impide'.

-¿Una orden judicial no está por encima de un reglamento interno?

-Sí, pero imagine que un tribunal le dice que se tire por la ventana y usted le responde que no puede porque no hay ventana, que primero tendrá que pedir autorización a la comunidad de propietarios para abrir un boquete y la vecindad no le deja. Usted transmite al tribunal que no es que no quiera arrojarse, es que no puede porque no hay ventana; piense usted en otra cosa porque no puedo tirarme.

-Aunque fuese una sentencia injusta, ¿no hubiese sido mejor acatarla, mostrar su disconformidad mediante una simple declaración y no convocar manifestaciones?

-Los actos públicos no los he convocado yo, pero estoy totalmente de acuerdo en que la denuncia debe salir a la calle. La manifestación de mañana es conveniente.

-¿Mezclar una decisión judicial, por muy controvertida que sea, con una supuesta devaluación del autogobierno, no es entrar en arenas movedizas?

-Cuando pisotean una institución que ha surgido del pueblo, sólo queda salir a la calle.

Con educación

-¿No es un exceso decir, como hace Ibarretxe, que se está rompiendo la convivencia?

-Es que estamos echando al traste el pacto de la Transición. Hemos abierto un camino peligroso que no sabemos a donde nos lleva. Lo único que hace el lehendakari es reaccionar. Insisto: ¿Qué tenemos que hacer? ¿Agachar la cabeza? ¿Rezar un padrenuestro? La manifestación es una reacción a un atropello.

-¿Y no es igual de peligroso sacar a la gente a la calle para protestar por una decisión judicial?

-¿Qué sería conveniente? ¿Comentarlo en los batzokis mientras comenos una tortilla? ¿Que estas cosas hay que sacarlas con educación y civilizadamente a la calle!

-¿A los dirigentes políticos no se les debe exigir una respuesta más prudente y serena y menos pasional?

-Pero la respuesta prudente, ¿cuál es? ¿Es que no puedo agachar la cabeza y dar por bueno ser condenado por algo que no he hecho! Habla usted de responder de forma serena. No tengo conocimiento de que el lehendakari se haya liado a mamporrazos.

-¿Detrás de la declaración de Ibarretxe no hay un interés electoral?

-Creo que no. Aquel que se ponga a correr 20 días antes de las elecciones para buscar apoyos multitudinarios comete un error. No creo que una condena o una manifestación tenga repercusión electoral.

-¿Cómo le afecta todo esto desde el punto de vista personal?

-De una forma muy desagradable. Cuando llegué a casa le dije a mi mujer: 'Aquí estoy, tienes un marido condenado'. Me contestó que si es por esta causa, es un orgullo. Tengo una familia que es una piña, pero no sólo ahora. Cuando era consejero de Interior, al salir de casa yo era consciente de que mi mujer sabía que a la noche podía no regresar. Y de repente oigo intervenciones en el Parlamento diciendo que soy colaborador de esa gente (por ETA). En mi casa pensarían que soy tonto; porque en lugar de salir a las ocho para ir a Vitoria lo hacía a las seis y los escoltas no me llevaban dando la vuelta por Murcia de milagro.

-¿Le dolió pasar de ser un adalid contra el terrorismo a ser sospechoso de connivencia con ese mundo?

-Claro. Yo no tengo ninguna connivencia con esa gente. La reunión más larga que he tenido con ETA fue en una cervecera de San Juan de Luz con Txomin Iturbe y otro personaje que luego asesinó el GAL; y con otro testigo que aún vive en 1980. Discutiendo con dos riñoneras encima de la mesa -que me imagino lo que llevaban dentro- sobre una carta en la que me pedían cinco millones de pesetas. Les dije que no esperasen nada de mí.

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