Opinión
01Enero
2008
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Urkullu en la nueva etapa

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Enero 01 | 2008 |
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El pasado 2 de diciembre de 2007 comenzaba una nueva etapa en la historia del Partido Nacionalista Vasco. Una nueva generación de políticos formados en 30 años de militancia se consolidan en la dirección de una organización centenaria. Han aprendido con las generaciones de la Guerra Civil, del exilio y la resistencia, y la Transición. A Josu Jon Imaz le tocó la más que complicada tarea de sustituir a un líder carismático, Xabier Arzalluz, un tránsito hacia esa nueva etapa no exenta de resistencias.
Es cierto que la nueva etapa comenzó de hecho el 13 de mayo de 2001. En aquella ocasión se demostró (a propios y extraños) que hay una mayoría social abertzale y democrática que es capaz de posicionarse frente a ETA y frente a un constitucionalismo agresivo. La "acumulación de fuerzas soberanistas", al final, no era más que una cortina de humo que trataba de ocultar la incapacidad de algunos de acumular votos y, de paso, llevar al PNV por senderos que no sólo le alejaban de su trayectoria, sino que sometía al partido a la dirección tácita de una vanguardia extraña. Una minoría influyente, incluso después de mayo de 2001, seguía pensando en la importancia del frente abertzale, pensando, además, que, "por las buenas se iba a conseguir poco".

Asimismo, no pocos dirigentes de la generación de la Transición se vieron sorprendidos por el éxito electoral. Mientras que el día del mitin final de campaña, Pablo Sebastián, un periodista madrileño al que algunos habían convertido en el oráculo de Delfos, anunciaba la irremediable victoria de Mayor Oreja, alguien llamó a Iñaki Bernardo, a la sazón jefe de prensa del BBB, para comunicarle que la verdadera encuesta del CIS daba los resultados que, finalmente, se produjeron.

Entre 2001 y 2004, asistimos a una especie de tragedia shakesperiana, entre el rey Lear y Macbeth en la que algunos no se daban cuenta de que su tiempo había pasado. Pero, alguien tenía que decírselo, y muy pocos se atrevían.

Es en este momento cuando surge Iñigo Urkullu como el líder sólido que debía dirigir la nueva etapa del partido. A Iñigo lo descubrí en los días de las escisión cuando nos tocaba ir de pueblo en pueblo a tratar de recuperar el espacio perdido. Pero, sin duda, la agradable sorpresa se produjo en una durísima asamblea en el batzoki de Gernika tras el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. Asimismo, cuando Batasuna trató de dirigir Lizarra, Iñigo fue uno de los primeros burukides que reaccionó ante aquello.

Llegó el momento de la renovación y había una generación que se había preparado para llevarla a buen fin. Sin embargo, algunos mayores no sólo se resistían a retirarse definitivamente, sino que estaban dispuestos a imponer y dirigir la sucesión. La pugna fue dura. No es ningún secreto.

Iñigo Urkullu consiguió por un lado reforzar su liderazgo en Bizkaia donde, además, el PNV, a tres junteros de la mayoría absoluta, es fuerza hegemónica en el campo abertzale e imprescindible en el juego democrático. Desde el punto de vista interno, por otro lado, ha acercado la dirección del partido a las organizaciones municipales. Otro tanto ha ocurrido con las instituciones que depende de su autoridad. Todo ello consecuencia de un profundo conocimiento del partido. Ha estado en todos los estamentos: desde Euzko Gaztedi pasando por la Junta Municipal hasta los órganos territoriales y nacionales. Asimismo, es buen conocedor de las instituciones desde dentro.

A Iñigo han tratado de desprestigiarlo desde dentro y desde fuera. Quizá porque saben que no va dejarse manejar y va a ser capaz de mantener el principio de autoridad que forma parte de la esencia del PNV desde su fundación.

Iñigo Urkullu va a ser el primer presidente del EBB nacido en Bizkaia desde 1932 (en que ocupó el cargo nada menos de don Luis de Arana-Goiri). Ya fue el primer presidente del BBB nacido en la margen izquierda del Ibaizabal. Y todo ello demuestra la pujanza del nacionalismo en JEL en esta parte de Euzkadi. Es heredero de personalidades de relieve como Pedro de Basaldua, Elidoro de la Tore, Luis de Arredondo y de la bravura de los gudaris de batallones como el Muñatones, el Avellaneda o el Gordexola.

Comienza una nueva etapa que se sustenta, sobre todo, en una sólida experiencia, en un consenso amplio y en una personalidad que, en estos años, ha demostrado ser excepcional.

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