Montero: "Propongo unos Estados Generales Vascos para lograr un acuerdo aquí y trasladar esa exigencia al Estado"
La madera del suelo del despacho cruje. Parece parte del atrezzo de los despachos de abogados. O quizá una premonición. Txema Montero recomienda al lehendakari que no pierda fuerzas ni tiempo con la consulta; que, como en la Revolución Francesa, convoque unos Estados Generales Vascos que acuerden una posición común lo más ampliamente respaldada sobre las urgencias vascas presentes y futuras. Un acuerdo que sea trasladado después al Gobierno español. Montero, como Ibarretxe, aboga por un cambio inaplazable en Euskadi. El acta de estancamiento que él mismo levanta marca el punto de partida. Algo vuelve a crujir.
El martes ETA intentó matar a un escolta. ¿Qué reflexión le sugiere el atentado?
Era esperado y temido. Esperado porque ETA así lo ha anunciado. Temido porque demuestra el efecto estación que sufrimos los vascos. Estás sentado en tu vagón, ves que el tren de la derecha se mueve, pongamos que ese tren es Irlanda, ves que el tren de la izquierda también se mueve, digamos que es Escocia, y tú, que estás en el medio, crees que te mueves, pero es una pura sensación óptica. No nos movemos. Tenemos que mirarnos a nosotros mismos y diagnosticar que estamos en una situación de estancamiento. Estancamiento no es retroceso, pero sí pérdida de posiciones cuando todo el mundo se mueve.
¿Por qué el tren vasco no marcha?
Tiene relación con el principal problema de este país, que es la violencia política de ETA. Se está intentado casi todo y de todas las maneras, pero no se resuelve. La primera consecuencia grave es la progresiva desafección de los ciudadanos respecto a la política. La política, que está para resolver problemas, no resuelve el gran problema que sufrimos. Hay que levantar acta de esta situación. La sensación de tristeza que tenemos, de grisura, va acompañada de un reconocimiento de la incapacidad de la política. Es cierto que durante todos estos años hay unos logros importantes del autogobierno. No sólo a la hora de reclamar y ejercer competencias, sino de ejercerlas bien. Aquí también levanto otra acta de estancamiento. Da la impresión de que con los instrumentos que tenemos no podemos afrontar los nuevos retos, la adaptación a la globalización. Algunos instrumentos clave del autogobierno tienen una acuciante necesidad de renovación. Me refiero a la sanidad, la educación y la policía. En esas tres instituciones se produce el mayor absentismo laboral y el mayor voluntarismo laboral, como en el caso de la sanidad, donde se obtiene un resultado bastante potable pero no por los medios, sino por el esfuerzo de los profesionales. Son las tres joyas de la corona, pero mal engarzadas por la falta de tensión política.
Ese diagnóstico choca con los datos aportados por el lehendakari en el pleno de política general, que indican que Euskadi es uno de los líderes del progreso económico y social.
Si cogemos la media ponderada, sí estamos a la par o incluso por encima. Si cogemos la cabeza tractora de España, que pudieran ser Madrid, Baleares, Levante o Zaragoza, está como nosotros o muy superior a nosotros. Nunca en los últimos 150 años de la historia de España ha existido una descentralización política semejante, al igual que nunca en ese mismo periodo ha existido una concentración económica en Madrid como la que hay hoy. Madrid ha pasado de ser sede administrativa y de cuarteles a ser una potencia pujante. Ha sabido aprovechar su capitalidad política para convertirse en un referente de la globalización. El 80% de las órdenes que van a la bolsa de Bilbao llegan de Madrid. Euskadi ha perdido valor y poder económico respecto al Estado. Esto es un hecho objetivo al cual hay que dar respuesta. En parte viene dada por las empresas y en otra, en la necesidad de desarrollar y concentrar un poder político propio en Euskadi que permita hacer, desde su capitalidad, lo que ha hecho Madrid. Si no somos capaces de eso, si seguimos mirándonos al ombligo diciendo lo bien que estamos, nos vamos a dar un sopapo. El acta de estancamiento es real.
Hay gente que piensa que está muy bien así y que para qué cambiar.
Parto de que no estamos tan bien. Estamos bien, pero no tanto como deberíamos. Y hay gente en nuestro pueblo que empieza a estar mal. Hay un sector de la juventud bien preparado que sólo accede a trabajos malos; hay un sector de pobreza vergonzante en la tercera edad, que vive con lo justo para llegar a final de mes. También una necesidad patente de frenar la fiebre consumista. No podemos vivir hoy del futuro. No puede ser que haya gente que pida créditos para irse de vacaciones. Gastamos lo que no tenemos. Hay una necesidad de austeridad para los próximos tiempos. No estamos tan bien y por eso hay que cambiar. Para quienes opinen que estamos bien: ¿Y si podemos estar aún mejor? El autogobierno nos ha demostrado que podemos gobernarnos muy, pero que muy bien. Y que todavía podríamos hacerlo mejor si tuviéramos instrumentos. Necesitamos gente que diga: estoy bien pero no me importa avanzar porque estaré mejor.
El lehendakari plantea un objetivo parecido con su propuesta.
Me atrevo a opinar que su propuesta también levanta acta de estancamiento, tanto en lo político como en el desgaste de material humano o institucional de algunos elementos del autogobierno. Acogiéndome a una figura bíblica, diré que Ibarretxe pretende salir de esta situación haciendo de Moisés. Se pone delante del pueblo, lanza una propuesta desde arriba, desde el ático, ejercita ese liderazgo otorgado por la legitimación democrática y es visto como un líder carismático. Lo que pasa es que Moisés condujo a su pueblo por el desierto del Sinaí durante casi cuarenta años sin llegar al destino final. Ésa es una opción: estar constantemente aludiendo al derecho de decisión. Creo que el lehendakari, más pronto que tarde, tendrá que hacer de Gedeón. Es decir, ser el líder político claro que, consciente de la situación, haciendo un análisis de las fuerzas que dispone, se plante y haga una propuesta de cierre de nuestra relación con el Estado español y con la Unión Europea. Cuanto menos dure la etapa de Moisés mejor será. Y cuanto antes se pueda hacer una propuesta resolutiva clara, negociada y bilateral con el Estado español, cuanto antes se deje de hacer una política itinerante y se pase a una de asentamiento, mejor nos irá.
Cita la negociación y la bilateralidad, pero el Estado rechaza el pacto. ¿Hay alternativa?
Resuelto esto, posiblemente por falta de corresponsabilización en el Estado español, porque intuyo que no vamos a ser atendidos, propongo convocar lo más parecido a unos Estados Generales Vascos. Es decir, propongo un año para debatir y fijar entre las formaciones políticas y los organismos sociales activos un mínimo común denominador de exigencias jurídicas, políticas y económicas para salir de esta situación de estancamiento. Y con esa base trasladar la exigencia al Estado español. Esa exigencia contará no sólo con el aval de los partidos, sino con el más amplio respaldo social a través de las universidades, las agrupaciones empresariales, sindicales, sociales... Entre todos.
Si el Estado se opone a una simple consulta, ¿transigirá con eso?
Quizá esa simple consulta sea lo más complejo de toda esta situación. En el momento presente no es admitida por casi la mitad de la Cámara vasca. Tenemos que rehacer el sujeto político vasco. Ahora no hay un único sujeto político vasco. Hay un porcentual de sujeto político. O buscamos ese mínimo común denominador, y un sujeto político definido hace una demanda clara, o fomentaremos una situación en la que ni se podrá realizar la consulta ni podremos salir del estancamiento en el que estamos. Se equivocaría alguien si pensase que salir del impasse es hacer una propuesta sobre el derecho a decidir exclusivamente. Hay muchas más cosas materiales, políticas y sociales indispensables para salir de esta situación. No hay nada más inútil que el movimiento por el movimiento. Puede dar sensación de actividad, pero también puede llevarnos a un callejón sin salida.
Antes hablaba de cierre de relación con España. ¿Se refería a una ruptura unilateral?
Una ruptura unilateral es imposible en este mundo. O la Unión Europea admite esa ruptura o nos quedamos fuera de todo lo que está ocurriendo. Lo que propongo es la búsqueda de un mínimo común denominador aceptado y compartido por el mayor número de agentes políticos, sociales y económicos; que se conforme un sujeto político claramente definido; que se haga una propuesta que sea atendida por la mayoría de los vascos; y que se haga una actuación política entre nosotros y una reclamación a Madrid derivada de esa actuación entre nosotros. Preferiría dedicar el próximo año a ver cómo tejemos elementos que formen ese sujeto político y ese mínimo común entre vascos que emplearlo en otras cosas.
¿Qué elementos pueden integrar ese acuerdo plural en un espectro político tan variado, fragmentado y enfrentado como el vasco?
Algunos son evidentes, como la defensa de los conciertos económicos. Es un hecho generalmente admitido. La determinación de unas políticas de infraestructuras y desarrollo tecnológico es un elemento compartido. La necesidad de adecuar la fatiga de materiales que presentan algunas áreas clave del autogobierno es generalmente admitido. Y si creemos que necesitamos un elemento superior al actual Estatuto de Autonomía, que yo soy de esa opinión, tendremos que hacer una propuesta, pero desde unos Estados Generales, desde una amplísima participación, para un nuevo marco jurídico y político en lo que podría ser un nuevo Estatuto Nacional de Autonomía. Veríamos las posibilidades de coordinación con Nafarroa e Iparralde y haríamos esa propuesta ante Madrid. Si la bilateralidad no fuera posible, habría que ver cómo proponemos al Gobierno español que haga una delegación de los poderes que ahora disfruta como exclusivos. Se podría hacer sobre la base del artículo 150.2 de la Constitución.
¿Cómo será la relación con España?
Todo esto debería llevarnos a una relación de bilateralidad con el Estado en aquellas materias que son de absoluta competencia nuestra y a que no haya una interpretación unilateral por su parte. Nuestra asignatura pendiente, que ya existe en países como Alemania, Austria o Bélgica, es nuestra toma en consideración en la adopción de decisiones de la Comunidad Europea. Éste es un modelo excesivamente abierto, susceptible de interpretaciones en contra de la parte más débil, la nuestra, y que habría que nivelar y hacerlo bilateral hasta donde sea posible. A mi juicio, es posible en todo excepto en Defensa y en la representación exterior del Estado. Es más de lo que tenemos y algo menos que la resolución unilateral del derecho a decidir.
Más que bilateralidad, el Estado pretende hacer ver que tiene la sartén por el mango e incluso se ha aludido al recurso de la fuerza.
Este momento es el de menos receptividad de los dos principales partidos del Estado por sus propias inercias y por su falta de visión. También porque hay una opinión pública muy poco democrática que opina que "bastante les dimos a los vascos al inicio de la transición". Y el último ejemplo de esa poca democracia es que cuando el lehendakari hace una propuesta de consulta se saltan las reglas del juego diciendo que se suspende la autonomía. Matan moscas a cañonazos. Esa visión de que "yo te puedo quitar" es una falta de consistencia democrática. Aquí no hay nada otorgado; aquí hay un reconocimiento a un tracto histórico y a un deseo mayoritario de los vascos. Esa sensación de que cuando crean que se ha acabado el recreo darán dos palmadas y nos quedaremos como hace años no puede seguir así.
¿Contempla alguna solución a un veto del Estado?
Si nos niegan algo razonable, posible y democráticamente ajustado, estoy seguro de que los ciudadanos vascos se darán cuenta de que estamos ante una oposición sin fundamentos y reforzará la necesidad de aglutinar al sujeto político. Habrá muchos más vascos que se darán cuenta de que enfrente no tenemos un interlocutor razonable y democrático sino uno lleno de prejuicios y de oposición por oposición. Esto dotará a nuestra sociedad de una convicción, primero, y de un entusiasmo, después, para seguir por nuestro propio camino. Hay que poner a ese adversario político ante sus limitaciones. Tenemos que cargarnos de razones democráticas.
Este tipo de iniciativas se contrarresta con acusaciones de ser el camino directo a una fractura social, a una crisis económica...
La gente no debe tener miedo. El miedo es el espantajo que nos van a sacar a la plaza de nuestro país. Unos sacarán el miedo a ETA; otros, el miedo a la confrontación democrática; el miedo a la situación económica... Nuestro mayor inhibidor de potencial en los próximos meses va a ser el miedo. Pido a la gente que no tenga miedo y que no se deje influir por ese pájaro de mal agüero. El nacionalismo, que sigue siendo la fuerza tractora de este país, tiene un pulso constante; el lehendakari, con las salvedades que he puesto, es muy perseverante, y a los perseverantes el miedo no les puede; la gente del mundo empresarial y laboral de nuestro país tiene las ideas bastante claras; contamos con una clase dirigente, desde la Iglesia católica a las formaciones políticas comprometidas, muy notable. Que nadie se deje espantar por el miedo. Ese pájaro no vuela solo; es en realidad una cometa dirigida. Lo vamos a ver. La vasca es una sociedad autocentrada, confiada y segura de sus posibilidades.