Opinión
27Julio
2007
27 |
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Apuntes sobre política y tolerancia

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Julio 27 | 2007 |
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François Marie Arouet, Voltaire, nació en París hace ya 313 años. Su excepcional talento y su agudeza de espíritu hicieron de él un hombre de extraordinaria popularidad en su época. Más que un comentarista de su tiempo, Voltaire es un vivaz reportero de sí mismo. Buena prueba de ello es su Tratado sobre la Tolerancia.
Dadas las particularidades de la época en que fue escrito, este tratado debe de leerse entre líneas ya que Voltaire, cortesano al fin, trató de eludir cualquier tipo de represalia que el absolutismo pudiera ejercer contra su persona. A pesar de ello este tratado sorprende por su claridad expositiva y por su arrolladora valentía que la hace merecedora de la consideración debida en esta Euskadi del 2007 debido fundamentalmente a su innegable actualidad. Tal vez valga la pena subrayar que siendo Voltaire el prototipo de cortesano al uso de su época, lo que quiere decir que tuvo que someterse a las reglas impuestas por el despotismo, no por ello dudó jamás en enfrentarse a los arduos problemas que planteaba una sociedad en plena transformación como la de aquellos días. Voltaire que encarnó el arquetipo del pensador liberal de su siglo se adelantó con mucho a su tiempo. Sorprende su valentía, agudeza y audacia cuando defiende posturas en franca contradicción con la corriente del pensamiento oficial de su época. Con ese espíritu escribió en 1763 este Tratado sobre la Tolerancia con motivo de la muerte injusta de un paisano, honrado comerciante de Toulouse, llamado Jean Calas debido a un «error» judicial. El error de Jean Calas fue uno sólo pero grave, practicaba una religión distinta a la de sus conciudadanos. De él dice Voltaire: «Allí en donde el peligro y la ventaja son iguales, cesa el asombre, y la compasión misma se debilita; pero si un padre de familia inocente es abandonado en manos del error, o de la pasión o del fanatismo, si los árbitros de su vida al degollarlo sólo arriesgan el equivocarse; si pueden matar impunemente con una simple orden de detención, entonces se eleva la queja pública, cada uno teme por sí mismo. Entonces se ve que nadie puede estar seguro por su vida ante un tribunal creado para velar por la vida de los ciudadanos, y se unen todas las voces para pedir venganza». Este tratado es tristemente actual, porque salvando la distancia del tiempo, se puede observar un desagradable paralelismo con ciertas actitudes de manifiesta intolerancia que subsisten en el seno de nuestra sociedad y que se manifiestan de maneras dispares en muchas manifestaciones, conductas y actitudes, desde la propias domésticas, hasta las políticas, sociales, ideológicas y partidistas, pasando por las relaciones entre diferentes instituciones, administraciones, naciones, estados, continentes, razas, culturas, concepciones de la vida y creencias.

Jean Calas pereció en el patíbulo víctima de la intransigencia religiosa de sus contemporáneos. Hoy en día hay todavía miles de Jean Calas, individuales y colectivos, distribuidos a lo largo y a lo ancho de un nuestro mundo, un mundo con inmensas dosis de la misma intolerancia y necedad de siempre, víctimas de desafueros de todo tipo. Jean Calas, de sesenta y ocho años, ejercía la profesión de negociante en Toulouse desde hacía más de cuarenta años y todos los que habían vivido con él lo tenían como una buena persona. Era protestante, igual que su mujer y sus hijos, excepto uno que había abjurado de la herejía y al que el padre le pasaba una pequeña pensión. Jean Calas estaba alejado de cualquier fanatismo y aprobó sin mayor problema la conversión de su hijo Louis, es más tenía en su casa desde hacía más de treinta años una sirviente ferviente católica que además había educado a todos sus hijos. Jean tenía un hijo, Marc Antoine que no podía llegar a ser abogado, porque hacía falta un certificado de catolicidad que no pudo obtener y decidió terminar con su vida. Un día, habiendo perdido su dinero en el juego decidió llevar a cabo su propósito. El padre, Jean Calas, lo encontró colgado de una puerta, el traje doblado cuidadosamente sobre la cama, la camisa perfectamente planchada, los cabellos bien peinados... los gritos desgarrados del padre fueron oídos por todos los vecinos. Algún fanático imbécil gritó que Jean Calas había colgado a su propio hijo. Jean Calas fue detenido, torturado, asesinado y posteriormente calumniado.

Hoy, pienso, que la política es imprescindible para reforzar precisamente la tolerancia. Únicamente la acción de la política, una política provista de valores y de sentido de la responsabilidad puede servir para apostar por la tolerancia misma. Una tolerancia entendida como solidaridad, como garantía de igualdad de oportunidades, consenso y esfuerzo de todos para hacer frente a los retos que tenemos planteados cara al futuro, confianza ciudadana, preservación de derechos fundamentales, políticas sociales rigurosas, serias y avanzadas, integración comunitaria, defensa de la seguridad, preservación de los valores y formulación de nuevos proyectos colectivos... una tolerancia entendida como contrapuesta a la indiferencia, al gregarismo y a las simples leyes del mercado. Es obligación de la política apostar por la tolerancia ciudadana, una tolerancia que suponga aceptar y entender como Manuel Castells y Montanelli cuando afirman que identidad y globalización son dos caras de la misma moneda, una identidad mantenida pero que no precisa de ser paseada cada día como un repetitivo slogan de un combate resistencial, sino una identidad que se enriquece y amplía sus bases. Tolerancia necesaria como referente y asidero que permita no perder tus orígenes y tu razón de ser en el mundo global. Y es a partir de estas consideraciones que estimo, entendiendo que se discrepe, que desde el nacionalismo democrático vasco deberíamos no radicalizar la conciencia nacional del que ya la tiene, sino extenderla al máximo de personas integrantes de una comunidad. Creo que poco o nada sirven los discursos radicales que enfervorizan al convencido, pero que alejan a quienes no tienen voluntad de ser. Tolerancia política como trabajo serio y pertinaz. La verdad es como un espejo roto y cada persona es como un fragmento de ese espejo. Pues bien, el ejercicio tolerante de la política, como diría Salvador Espriú, el ejercicio de la tolerancia como servicio, requiere que seamos capaces de recomponer ese espejo roto. El bien común nos exige predisposición al entendimiento, al pacto y a la destreza inteligente. Desde el nacionalismo democrático vasco, desde la centralidad que da el liderazgo, debemos ser capaces, como diría Jacques Maritain, ser capaces, digo, de hacer política desde la amistad cívica, capaces de superar la confrontación con actitudes de permanente diálogo desde sólidos fundamentos políticos, reconociendo que no todo lo que viene del adversario es negativo y rechazable y batiéndose por un modelo de sociedad desde una ideología, que no dogma, que partiendo del respeto a la persona defienda en todo momento los valores del humanismo, la solidaridad, el esfuerzo y la justicia social, los deberes y los derechos. Creo por ello en un nacionalismo democrático capaz de adaptarse a las exigencias del nuevo siglo desde sus mismos cimiento ideológicos.

Una tolerancia que empiece desde el vocabulario, las palabras y los símbolos que se utilizan. Una apuesta desde la política por la tolerancia, por una tolerancia que jamás podrá ser una forma de arrogancia indeseable, ni sumisión, ni abuso, ni sometimiento, ni contraria a los valores de la democracia y de la libertad. En Euskadi, en el conjunto del Zazpiak Bat, tanto hacia dentro de la misma sociedad vasca, como hacia el exterior español y francés, política y tolerancia, estimo que para todos en general, son una asignatura pendiente y urgente. Una tolerancia inteligente, de no imponer y de no impedir, de negociar con el otro, de decidir como vascos y como vascas, y de pactar con los vecinos. Desde la legitimidad de un nacionalismo democrático vasco, y desde la democracia, tenemos la oportunidad y la necesidad de adaptar nuestros contenidos y estrategias a los nuevos tiempos y a los nuevos retos. Lo podemos y debemos hacer, pensando en Euskadi, en su autogobierno y en su futuro, en su capacidad y derecho a decidir y en su necesidad de pactar, pensando en todas y en cada una de las personas que viven entre nosotros y nosotras, hablen la lengua que hablen, crean lo que crean y procedan de donde procedan. Desde lo que somos, con normalidad, desde nuestra más rotunda, íntima y firme vasquidad. Desde la política y desde la tolerancia.

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