Innerarity: "Un final dialogado no puede generar en los terroristas una expectativa de negociación política""Para ser lo que somos no necesitamos negar lo que no somos"
En época de confusión y desasosiego como el presente, la voz de pensadores como Daniel Innerarity suena a regalo para los oídos y para la inteligencia humana.
¿Cuándo superará este país la violencia?
Una sociedad supera la violencia cuando se le vuelve literalmente incomprensible. Puede que ésa sea la clave de deslegitimación social del terrorismo: cuando se agota la credibilidad del discurso que vinculaba la violencia con algún esquema justificatorio, los actos de violencia quedan mudos, sin sentido. Y en el final del proceso se convierten en algo inaudito, difícil de creer.
¿Qué ha de ocurrir para terminar con esta lacra?
ETA ya es una cuestión del pasado; el único problema político es cómo incorporar a la vida democrática a un buen número de votantes a los que ETA tiene secuestrados y que se mantiene con ayuda de esa torpeza jurídica que es la Ley de Partidos.
¿Dónde se acota el victimario del problema vasco: en las víctimas de ETA o hay más?
En los momentos de resolución de un conflicto hay una forma de desprecio que las víctimas pueden sentir como una amenaza espacial y que explicaría su movilización reciente. Podríamos llamarlo "la amenaza de la simetría". Lo que puede resultar más indignante para una víctima, lo contrario del reconocimiento, es la simetría que algunos pretendan establecer entre ellas y sus agresores. Una guerra o un conflicto entre comunidades puede acabar así, pero en Euskadi no ha habido ni lo uno ni lo otro. Ni siquiera los infames episodios de violencia de Estado pueden justificar un esquema de simetría, de tal manera que la culpabilidad estuviera repartida a partes iguales. La violencia no ha sido nunca inevitable, ni cabe justificarla como respuesta adecuada a otra violencia anterior. Por supuesto que en los conflictos hay sufrimiento en todas partes, pero no todo el que sufre es víctima. Por supuesto que hasta el agresor más despiadado tiene unos derechos que son inalienables. Y además, por exigencia de humanidad estamos obligados a paliar todos los sufrimientos, en la medida en que nos sea posible, pero sin olvidar que no es lo mismo una víctima inocente que un verdugo que sufre. Son dos realidades incomparables, aunque ambas requieran atención. Sería radicalmente injusto llevar a cabo un reconocimiento indiferenciado a las víctimas, que no distinga el sufrimiento de las víctimas y el de los victimarios.
¿Qué es necesario reconocer a las víctimas para hacerles justicia?
Lo que un terrorista ha hecho no es tomar partido en el normal debate político sino excluir de la manera más brutal a algunos de los interlocutores, a los que, mediante el asesinato o la intimidación, ha despojado de su condición de sujeto político. Por eso la mejor reconciliación consiste no tanto en privilegiar la opinión de los excluidos como en asegurar que no pueda haber excluidos. Si de lo que se trata es de devolver a las víctimas su condición de sujeto político, el mejor reconocimiento es que el futuro acuerdo para la convivencia esté diseñado de tal modo que nadie pueda verse privado de su carácter de sujeto político al que corresponde definir y decidir el futuro compartido de nuestra sociedad. El acuerdo político con que se cierre este conflicto debe asentarse sobre los principios contrarios a los que les convirtieron en víctimas: que donde había imposición y exclusión haya lo contrario, es decir, pacto e inclusión.
¿Tienen las víctimas un plus de razón por el hecho de haberlo sido?
Lo significativo y respetable de las víctimas no es lo que dicen o su adscripción política sino haber sido reducidos a esa condición. Por eso la selectividad de los terroristas a la hora de elegir a sus víctimas tampoco privilegia ahora a una opción política determinada. La ideología mayoritaria de las víctimas no recibe por ello ninguna primacía. Esto sería introducir a las víctimas en un campo de juego que ellas no han elegido y equivaldría a conceder a ETA la capacidad de determinar el curso de los acontecimientos políticos. Si las víctimas son imprescindibles en el esquema de solución, lo son en tanto que víctimas y no en tanto que pudiera adscribírselas a una posición política.
El diálogo para unos es la panacea, para otros la derrota, ¿cómo dialogar con quien amenaza?
No hay a mi juicio motivos para dejar de mantener la conveniencia de un final dialogado, siempre que se cumplan determinadas condiciones. Una salida dialogada es siempre mejor, más definitiva, más segura y certificada. Puede servir además para acortar el periodo poniéndole un punto final en vez de prolongar su expiración, lo que supondría seguramente menos víctimas y menos confrontación social. La mera persistencia de la acción policial puede reducir extraordinariamente la violencia, pero no es capaz de asegurarnos su completa inactividad, permaneciendo como una amenaza siempre latente y reproducible. Pero la perspectiva de un final dialogado tiene que formularse de tal manera que no genere en los terroristas una expectativa de negociación política y que al mismo tiempo ofrezca una salida más atractiva que la continuidad hasta el agotamiento. Es mucho mejor combinar la firmeza con la posibilidad de un cierre dialogado. De lo que se trata, en definitiva, es de facilitar que el abandono de la violencia sea, para el terrorista, menos malo que continuar.
¿Qué tipo de diálogo facilita el final de la violencia sin ofender a las víctimas o deslegitimar las instituciones democráticas?
Indudablemente no puede ser más que un diálogo en el que no se resuelvan asuntos propiamente políticos, que sólo competen a la ciudadanía. Eso fue lo que abrió la declaración de Anoeta y a lo que ETA tuvo vértigo. Existe un consenso básico en la sociedad vasca de que ETA no es un agente político con derecho a tutelar las decisiones que sólo corresponden a la ciudadanía y sus representantes. Todos consideraríamos ilegítimo un diálogo que nos condujera a donde la sociedad vasca, libre y democráticamente, no hubiera querido ir en el caso de que ETA no existiera.
¿Cómo se puede empezar a dialogar de nuevo con ETA después de lo de Barajas y de anunciar que ha abierto todos los frentes de lucha?
Si con aquel atentado ETA quería acelerar el proceso o presionar en una determinada dirección, se equivocó absolutamente: con la ruptura de la tregua se anulan las condiciones que ponían en marcha el proceso y que garantizaban su carácter democrático, al tiempo que se estrechan los márgenes de maniobra de cualquier gobierno, así como la comprensión y generosidad de una sociedad. Si algún efecto político nuevo ha tenido el atentado de Barajas es el de invalidar el concepto mismo de tregua permanente. Nada que esté por debajo del anuncio del abandono definitivo de las armas podrá ya constituir el punto de partida de un nuevo proceso. A partir de ahora, para reiniciar un proceso de final dialogado se requiere una retirada definitiva por parte de ETA, cuya credibilidad ha quedado reducida al mínimo.
ETA necesita una salida para "salvar la cara", ¿ante los suyos o ante el resto?
De lo que se trata ahora y en el futuro es de recuperar a quien no fue capaz de entender que la violencia carece de justificación, pero no de ofrecerles una legitimación inmerecida. La posibilidad de que cierren este triste capítulo de nuestra historia con un relato que les salve la cara será cada vez más difícil. Han dejado pasar trenes mejores y el siguiente será más incómodo.
Daniel Innerarity observa la política desde la barrera. Atrás queda el tiempo de su afiliación al PNV (1977), aunque no por ello deja de aportar ideas para la formulación del nacionalismo en el futuro.
¿Cómo formular hoy día la identidad vasca ante la nueva realidad que representa Europa?
Europa se ha convertido en un laboratorio en el que se está ensayando una nueva forma de articular las relaciones entre los estados, las naciones y las sociedades, un espacio inédito para la redefinición de lo propio y lo común, de la unidad y la diversidad, en un escenario de interdependencia. En Europa se ensaya un modelo de gobierno en el que se hace valer la fuerza integradora del respeto, la participación y la cooperación, una nueva forma de ejercer la autoridad política más respetuosa con la diversidad que los viejos estados nacionales. No es poca suerte estar ahí, aunque no lo estemos por ahora con los instrumentos más adecuados.
¿Se puede hablar de una única identidad vasca?
Por supuesto que sí, en la medida en que acertemos a formular una identidad y un modelo de autogobierno a la medida de las nuevas realidades. Es una buena noticia que los vascos vivamos actualmente en un mundo en el que todos los Estados se encuentran abocados a hacer más estrechas sus relaciones de cooperación y a renunciar a parcelas fundamentales de su soberanía. Esto es algo que nos conviene y que tenemos que saber aprovechar. El futuro de este País no pasa por construir estructuras semejantes a las que se encuentran en crisis sino por inventar formulaciones de la convivencia diseñadas para el mundo que viene. El autogobierno hoy, más que en actuaciones separadas o exclusivas, está en función de la capacidad de participar en procesos complejos de actuación y decisión. Las naciones necesitan una identidad firme cuando quieren hacer frente a su futuro con una clara voluntad de autogobierno.
¿Cómo se mide esa fortaleza?
En ocasiones por el cierre o la resistencia; hoy podemos estar seguros de que esa identidad es más fuerte cuanto más abierta, integradora y respetuosa de sus diferencias interiores. Hemos de llevar a cabo una definición cívica de la nación, más como identificación libre y voluntaria que como identidad que nos ate a un pasado inamovible. No les va a ir mal a las naciones que acierten a la hora de formular en positivo de la identidad, sin enemigos, de libre adhesión, en un contexto de pluralismo identitario, cultural, lingüístico, religioso y político.
Unos se consideran vascos, otros españoles y otros entre vascos y españoles y españoles y vascos, ¿es esa la clave del problema?
Una identidad sentida y vivida en positivo significa que para ser lo que somos no necesitamos negar lo que no somos. Se trata de superar formas meramente reactivas de identificación, las estrategias estériles de la mutua negación. La identidad puede y debe formularse sin exclusión de otras pertenencias o identidades, ha de ser plenamente compatible con el valor del encuentro. Lo que vaya a ser la Euskadi del siglo XXI no depende de lo que hayamos sido ni de lo que nos dejen ser, sino del proyecto de futuro con el que seamos capaces de convocar a la sociedad vasca.
¿Pasa la solución por la autodeterminación?
Pasa por algo que es previo y que podría definirse así, pero que yo preferiría entender como un pacto de procedimientos para que la voluntad de los vascos sea respetada e incorporada a la voluntad política del estado, del que no somos una parte subordinada, de acuerdo con una concepción jerárquica del poder. El pacto que está por venir (que estuvo en el origen del Estatuto y que no ha sido respetado en su integridad) es un acuerdo de procedimientos y garantías. El problema fundamental al que hemos de hacer frente no es una cuestión de titularidades y competencias, de quién ha de gestionar una u otra competencia, sino de reconocimiento de la capacidad de los vascos para hacer valer su voluntad propia y respetar los acuerdos alcanzados.
¿Cómo formular el ejercicio de este derecho para que fuera aceptado por todos?
Es posible acordar una formulación novedosa del derecho a decidir y, en el fondo, ese era el compromiso de "compartir la soberanía" que se formulaba en la propuesta de Nuevo Estatuto. El modelo podría ser el que se deriva de los procedimientos del Concierto económico, que son el núcleo donde mejor se contiene la realidad de soberanía compartida que supone nuestro sistema de autogobierno y que lo diferencia radicalmente de las descentralizaciones administrativas. De hecho, el Concierto es algo más que un procedimiento tributario y financiero; es un compromiso de autogobierno pactado, que obliga al acuerdo y a la cooperación, que supone un reconocimiento mutuo, un principio federalizante, muy innovador, y que articula una interdependencia en espacios de actuación compartidos.