Opinión
01Julio
2007
01 |
Opinión

Líderes de marca

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Julio 01 | 2007 |
Opinión

Hay liderazgos que jamás se cuestionan, aunque quienes los ejercen ignoren todas las reglas del arte expuestas en los libros de Peter Drucker. En España, por ejemplo, se da por supuesto que el PSOE ha de ser el partido gobernante a nivel estatal. No exagero: siempre se había pensado que la abstención era de derechas hasta que el 14-M demostró lo contrario. En Euskadi sucedió algo similar durante las elecciones autonómicas del 2001: con la virulenta ofensiva planificada por Aznar y Mayor Oreja para lograr la jubilación anticipada al lehendakari el tiro salió por la culata, generando un amplio grado de participación electoral que llevó al Tripartito a la victoria.
¿Es la sociedad vasca por naturaleza nacionalista? Imposible determinarlo. Sin duda la gente asocia al nacionalismo con una noción tradicional de lo vasco, y de este fondo de comercio se derivan las previsibles ventajas electorales. Nos cuesta imaginar una Euskadi gobernada por Patxi López o un entrañable Botxo regido por Antonio Basagoiti. Pero podemos visualizar sin dificultad a Ibarretxe en Ajuria Enea o a Iñaki Azkuna recibiendo el bastón de alcalde.

La clave de liderazgo no está en el volksgeist, sino en la psicología de masas. Se da el hecho de que marcas comerciantes de gran difusión durante la década de 1920 continúan siendo líderes a comienzos del siglo XXI (Bovril en Inglaterra, Campbell en EEUU, Persil en Alemania). Cuando el primero que llega consigue penetrar en el subconsciente colectivo ya no hay modo de echarlo del mercado, pese a todos los esfuerzos de la competencia.

En 1978 el primero en divisar tierra firme es Felipe Gonzalez – la UDC no fue más que una solución de circunstancias para la Transición-. Desde entonces, con la adhesión formal a Europa y la creación de este extraño híbrido entre monarquía, plutocracía y república jacobina que es el estado español actual, la mente popular tiene a vincular su destino histórico con los designios del puño y la rosa, y es en balde todo esfuerzo para inculcar nuevas creencias. Tuvieron que alcanzarse extremos inéditos de corrupción, incompetencia y terrorismo de estado para que esto cambiara en 1996. Y ya hemos visto que no de manera irreversible.

Pasemos al caso vasco. El colapso del franquismo dejó en Euskadi un vacío caótico, dominado por la violencia de ETA y el temor al golpe de estado, en el que, mientras innumerables partidos, plataformas y grupúsculos de toda clase pugnaban por encontrar su lugar bajo el sol, el PNV, merced a su organización tradicional, era la única fuerza política con capacidad para responder a las demandas planteadas por la sociedad. Aprovechó la coyuntura para capitanear la formación de un gobierno autónomo y el restablecimiento de los conciertos económicos, consolidándose en el poder mientras otros discutían sobre foralismo, construcción nacional y definiciones interesadas y parciales de los vasco.

Háblese de oportunismo o visión, según los gustos. Hoy, aunque no tanto como en el pasado, se continúa dando por hecho que el PNV es una opción política por defecto – los chistes fáciles sobre el partidos guía poseen un significado menos trivial de lo que se cree-. El que la ikurriña aparezca en actos oficiales del PSOE y en ocasiones incluso del PP no supone un gesto servil, sino que obedece al reconocimiento de una realidad social en la que elementos clave des discurso nacionalista han sido interiorizados de manera indeleble con la masa social.

En tal sentido cabe considerar al PNV como líder de marca. Su ventaja crucial consiste en haber llegado antes, con el firme propósito de gobernar a largo plazo y un conocimiento de la situación política basada en la realidad y no en simples deseos. Muchos critican a Imaz por la tibieza de su discurso y el propósito de llevar a cabo una cesión controlada de parcelas de poder al entorno no nacionalista. Pero es en sus manos donde están los codiciados naipes que otros desearían tener dentro de la manga. Gracias al apoyo de una sociedad incapaz de imaginar Euskadis no gobernadas por un lehendakari del PNV –y tampoco un Athletic en Segunda División- , tanto adláteres como detractores pueden estar seguros de que habrá nacionalismo para rato, a no ser que el presunto repuesto se decida a cargar baterías y deje de ser una oposición meramente institucional.

Triste condición la de aquel que disputa el terreno a los líderes de marca. Está combatiendo contra alguien cuya complicidad con la gente del común es tan fuerte que sobrevive al paso de los años, la propaganda ajena e incluso a las decepciones. Se trata de una extenuante carrera de fondo en la cual se revelan las contradicciones internas del rival. Tanto en Madrid como en Vitoria los principales grupos de oposición están empeñados en que los actuales partidos de gobierno constituyen una amenaza para el sistema, y enarbolan numantinos compromisos de defensa de unas instituciones supuestamente puestas en tela de juicio por los socialistas españoles (la Constitución de 1978) o los nacionalistas vascos (el Estatuto de Gernika), sin darse cuenta de que con ello lo único que consiguen es fortalecer al enemigo en el poder. En el fondo la empresa resulta tan absurda como poco eficaz el medio para llevarla a cabo. Si de verdad quieres derrocar a los que llegaron antes tú mismo, autoproclamado paladín de la legalidad constitucional, deberías ser el primero en plantear un cambio de régimen.

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