Opinión
19Junio
2007
19 |
Opinión

30 años de nacionalismo vasco

Opinión
Junio 19 | 2007 |
Opinión

En este momento de cierto desánimo por algunos de los resultados electorales de las opciones políticas que conforman el nacionalismo vasco, que son las que han venido gobernando ininterrumpidamente en la mayoría de las instituciones más importantes del país, entendemos que es el momento de hacer un balance de su gestión y establecer algunas estrategias de futuro.
Lo primero que debemos señalar es que si hoy Euskadi es una de las regiones más ricas de Europa, con un envidiable nivel de vida, unas notables prestaciones sociales, una universidad competitiva, una enseñanza de calidad, con un vuelco espectacular en la situación del euskera, en resumen, si hoy la sociedad vasca es una sociedad avanzada y desarrollada que encara con firmeza y seguridad los complejos retos del futuro, todo ello es en grandísima medida gracias a las iniciativas políticas y a la gestión del nacionalismo vasco en todo este periodo.

No es tan lejano el tiempo, y conviene recordarlo, en que a la salida del franquismo estaba este país con la gran industria en ruinas, sin infraestructuras, sin instituciones, sin medios para salir adelante y con un futuro más que incierto. Fue el nacionalismo vasco el que luchó por la restauración del Concierto Económico y por un Estatuto que, dentro de sus limitaciones, posibilitaba el inicio de la recuperación del país y quien, al mismo tiempo, mantuvo el coraje suficiente para no ratificar una Constitución que no recogía nuestros derechos históricos.

¿Dónde estaban en aquel momento las fuerzas constitucionalistas, especialmente el PSOE-PSE, ya que de AP o PP no merece la pena ni hablar en este aspecto? Pues bien, estaban en el otro lado; primero, intentando vaciar de competencias el Estatuto, dada su concepción unitaria del Estado; luego, dificultando su desarrollo, planteando innumerables recursos ante el Tribunal Constitucional, en definitiva, poniendo dificultades a cada una de las iniciativas de los primeros gobiernos autónomos o, en el mejor de los casos, admitiéndolas como un mal menor. Nadie con un mínimo de sinceridad podría decir que el balance de estos años no sólo ha sido posible, como hemos dicho, gracias al nacionalismo gobernante sino también a pesar de las múltiples dificultades de los partidos constitucionalistas. Tampoco nadie con un mínimo de sinceridad podría afirmar que el resultado de ese periodo habría sido más brillante si, desde 1978, la dirección de este país hubiese estado confiada al PSE o al PP.

Analicemos someramente el resultado de estas últimas elecciones. El hecho de que nada crucial estaba en juego, unido a cierta desmotivación del electorado nacionalista, ha provocado que los resultados de estas fuerzas no hayan sido buenos, básicamente porque una parte importante de este electorado se ha quedado en casa. No se trata de que la ciudadanía quiera un cambio de ciclo, como interesadamente interpretan algunos dirigentes del PSE; se trata más bien de un toque de atención a quienes se han presentado con los deberes mal hechos.

En efecto, no se puede aparecer ante la ciudadanía con una imagen de división donde las discrepancias rebasan lo que es la sana disparidad de opiniones; donde la elección del candidato a diputado general primero se asemeja a un ajuste de cuentas, aunque pueda justificarse en parte, donde luego, ante una presunta irregularidad, se reacciona tarde y donde, al final, ante un presunto fraude, se reacciona no sólo tarde sino, además, mal. Hay que ser muy optimista para pensar que, ante semejante panorama, la ciudadanía va a apoyar en bloque, porque es la ciudadanía la que vota y no solamente los militantes. Grave error ese de confundir a los ciudadanos con los militantes y pensar que van a ser fieles hagas lo que hagas.

La ciudadanía, en momentos cruciales, se suele manifestar de modo bastante claro, y así lo hizo en las elecciones del 2001, cuando, por primera vez, se veían posibilidades de que el nacionalismo quedara desbancado en beneficio de PSE y del PP. La respuesta fue una participación altísima y la inequívoca ratificación de las fuerzas vasquistas.

Llegados a este punto, habría que fijar unas sencillas líneas estratégicas para que el nacionalismo vasco o, sencillamente, el vasquismo siga siendo, como hasta ahora, el referente de esta sociedad. Ello pasa por un proyecto cohesionado donde la firmeza ideológica siga siendo fundamento esencial y la gestión, honrada y eficaz, como hasta ahora, donde los casos de corrupción, que creíamos propios de otros partidos y otros lares, se corten de raíz y se adopten las medidas correctoras oportunas, donde no se confundan intereses personales con intereses de partido y se establezcan los filtros necesarios para evitarlo y donde, por fin, se puedan concitar amplios consensos en lugar de forzar las diferencias para justificar unos proyectos diferentes que, en realidad, no lo son. Seguro que la ciudadanía lo agradecerá, que los que se han quedado en casa volverán y que, en definitiva, las aguas retornarán a su cauce.

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