Navarra, la ciudadanía navarra, no puede estar ausente del proceso de paz. La violencia nos ha golpeado igual que ha golpeado en otros territorios; hemos sufrido la misma ausencia de libertad y los mismos conflictos generados en torno al terrorismo. Compartimos la misma necesidad de que avance un proceso de pacificación y de normalización de nuestra convivencia. No es un problema de otros, no es una cuestión ajena.
Navarra, como ámbito político, como espacio de convivencia, y como escenario también de confrontación de diversos proyectos políticos, debe estar presente y debe participar en ese proceso. No como sujeto pasivo o paciente, ni como precio de ninguna transacción. Debe reivindicar su participación en la misma medida que otros actores también afectados y debe hacerlo para evitar que sean otros quienes tengan la tentación de decidir por nosotros, da igual en qué sentido.
Todas las fuerzas políticas navarras han coincidido en reclamar el derecho al autogobierno de los navarros y las navarras, aunque discrepen luego en la forma en que deba ser ejercido ese derecho a decidir sobre los asuntos que les afectan. No cabe invocar la personalidad de Navarra, basada precisamente en sus instituciones de autogobierno, para poner un límite ficticio a las posibilidades de decidir de la ciudadanía navarra. Los ciudadanos de nuestra comunidad tienen derecho, a través de sus instituciones y de sus representantes, y en su caso directamente en las urnas, a participar en el proceso de paz. Tienen derecho a opinar y tienen derecho a tomar parte en las decisiones que se puedan adoptar para afianzar la normalización política. Tienen derecho a decidir su futuro y a definir libremente las relaciones que quieran mantener con sus vecinos. Si nosotros no decidimos, tenemos el riesgo de que otros decidan en nuestro lugar.
No debemos tener miedo a que se hable de Navarra en cualquier ámbito en el cual se debata sobre el proceso de paz. Sea en las Cortes Generales, en el Parlamento Europeo o en cualquier otro foro. Que se hable, que se hable de todo lo que haya que hablar y por todos quienes tengan que hablar. El diálogo, sin imposiciones y sin límites, es la base de la democracia. Pero al final, la decisión sobre Navarra únicamente nos puede corresponder a los navarros. Más valdrá que estemos presentes allá donde se trate del proceso de paz para mantener este principio irrenunciable.
Y no debemos permitir que se siembre el miedo en Navarra en unos momentos en que debiera sembrarse la esperanza. Resulta paradójico que, cuando en unos meses los navarros por primera vez en la historia parece que van a poder votar para elegir sus representantes sin sufrir la amenaza próxima y directa del terrorismo, van a acudir a las urnas tras cuatro años sin muertes por el terrorismo, haya quien esté empeñado en el discurso del miedo. Alguien puede estar tentado de creer que debe temerse más al fin del terrorismo que a su pervivencia.
Navarra debe enfrentar su futuro con optimismo en relación al proceso de paz. Nos interesa más que a nadie que en los próximos años podamos debatir en paz y libertad qué queremos ser y cómo queremos vivir. Qué gobernantes queremos elegir para que trabajen por nuestra comunidad. Sin imposiciones ni amenazas por parte de nadie. Que podamos confrontar pacíficamente los diversos proyectos políticos que existen entre nosotros, y que podamos buscar las mejores soluciones para asegurar la convivencia de las distintas manifestaciones de la identidad plural y diversa de Navarra.
Por todo ello creemos que, también en Navarra, debemos impulsar el proceso de paz. Todas las fuerzas políticas, todas las instituciones, y la ciudadanía toda, porque es mucho lo que está en juego.