Sería sencillo referirnos al 18 de julio de 1936 con la simple exposición del rechazo y la calificación con un vituperio; lo mismo que es fácil el reduccionismo de una historia de buenos y malos, cuando en un fiel de la balanza se encuentra un gobierno legítimo -el régimen republicano ha sido el más democrático de la historia contemporánea española- y en el otro, una caterva de perjuros militares, eso sí, prevalidos del apoyo de la burguesía reaccionaria y de la misma Iglesia católica institucional que llegaría al extremo de calificar de ´cruzada´ a la sangrienta guerra civil.
En Euskadi, el 18 de julio cayó como un auténtico terremoto en la mayoría de la población vasca, salvo en la minoritaria que se apuntaba a la revolución y tenía experiencias de este tipo. La definición de participación en el conflicto se decantó rápidamente, en gran medida gracias al peso de Manuel de Irujo y su intervención a favor del Gobierno republicano.
Pasado el susto no quedó más remedio que actuar. Es preciso mencionar que a ello ayudó que el Estatuto de autonomía vasco, paralizado a lo largo del quinquenio republicano y relanzado con el Frente Popular, fue aprobado por Las Cortes el 1 de octubre de 1936, permitiéndose así la configuración de un Gobierno de concentración democrática presidido por José Antonio Aguirre, que llevó a cabo una vasta política de creación institucional -por ejemplo, por lo novedoso, la Universidad Vasca-, respaldada por el instrumento bélico del ejército de operaciones de Euskadi.
Es conocido también cómo la política de seguridad desplegada por el Gobierno vasco (creación de un tribunal penal ordinario, de la policía de orden publico, de represión de los asesinatos por incontrolados), hizo calificar de "oasis vasco" en el escenario bélico al territorio de este país. Con la contradicción esporádica de las atrocidades cometidas con ocasión de los asaltos populares a las cárceles de Bilbao o al buque prisión "Cabo Quilates", el clima social fue de una inusitada distensión, en mayor medida si se le compara con la represión desarrollada por las autoridades y partidos insurrectos en los territorios de Álava y Navarra.
Respeto por la vida y los bienes, especialmente los eclesiásticos, que llegaron a extremos casi obsesivos en los medios nacionalistas (PNV, ANV, Solidarios), tanto a nivel institucional como de simple ciudadanía. Entre los múltiples ejemplos sobre esta conducta, léase los testimonios inmediatos (1936-1938) recogidos por José Miguel de Barandiaran y recientemente publicados.
No cabe duda que ese denodado esfuerzo por salvar vidas humanas de aquellas personas cuyos correligionarios las estaban derrochando en lugares contiguos, puede merecer una apreciación positiva, al menos en la distancia temporal. Así, ante la afirmación de un general francés al comandante Joseba Elosegi, que le reprochó que ese "humanismo" resultaba incompatible con la victoria militar, el gudari que se autoinmoló ante Franco le respondió con sinceridad: «mi general, no sabíamos obrar de otra manera».
También queda clara de la experiencia bélica que todos los partidos y fuerzas sindicales, incluidas las anarquistas, realizaron honradamente su aportación al esfuerzo de guerra y se comprometieron con igual honestidad en la tarea desarrollada por el Gobierno vasco. Corto fue el periodo de mandato temporal de este Ejecutivo; sin embargo su buen hacer colectivo le llevó a ser prácticamente la única institución republicana que funcionó, limitada pero activamente, en las largas décadas de la opresión franquista.
Unas breves líneas sobre el sustento del autogobierno en este periodo: el ejército de operaciones de Euskadi. La eficacia de este instrumento bélico la acredita un analista militar español cuando resalta el dato consistente que de los altos de Elgeta a la villa de Bilbao hay unos 50 kilómetros en línea recta; pues bien, a pesar de la inmensa diferencia en logística, aviación, artillería, cuadros profesionales, el ejército franquista tardó casi tres meses en llegar de un extremo a otro. Merecido ha sido el homenaje reciente a un ejército vasco compuesto de voluntarios y dotado con apenas armamento ligero pero que resistieron palmo a palmo la ofensiva de un ejército regular reforzado por la mayor potencia militar europea, como era la Alemania nazi.
Punto final para ese escenario bélico iniciado el 18 de julio y cuyas últimas secuelas y consecuencias estamos tratando de aliviar en un proceso largo, duro y difícil. Lo triste ha sido que tanto político, juez, policía o burócrata que sentaron sus reales a lo largo y ancho del franquismo y fueron responsables de la represión, no sólo no tuvieron que dar cuenta de sus actos, sino que siguieron ejerciendo sus funciones cuando el régimen de dictadura se transformó en una monarquía parlamentaria. Los cientos de miles de victimas -fusilados, encarcelados, torturados, exiliados- fueron los grandes olvidados en la liquidación del nefasto régimen, a ellos no se les ha pedido todavía ningún perdón, durando esta marginación hasta la palpitante actualidad.