Opinión
27Junio
2006
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Vinos europeos, el valor de lo local en la globalización

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Junio 27 | 2006 |
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Si existe un debate que en estos momentos tiene desconcertado al sector vitivinícola europeo, ése no es otro que el de los efectos del proceso de globalización en sus principales áreas productivas. La irrupción en el mercado mundial de los vinos procedentes del hemisferio sur a partir de los años 70, con el estandarte de los vinos australianos y su entrada en el mercado británico, dio comienzo a un proceso de globalización que ha revolucionado el sector vitivinícola mundial y cuyas últimas consecuencias son difíciles de vislumbrar hoy en día.
En los últimos 30 años, Francia y el resto de los productores de lo que venimos denominando viejo mundo hemos visto cómo descendía el consumo interno per cápita de vino más o menos a la mitad, mientras que los caldos de países vitícolas emergentes invadían los mercados de exportación tradicionales europeos. Para algunos, esta irrupción de los nuevos vinos en el mercado de la exportación ha tenido ya efectos devastadores. En Italia, en 2001 se produjo un excedente de 37 millones de litros, y en verano de 2002, los viticultores franceses de Beaujolais se quedaron sin vender 10 millones de litros de la cosecha de 2001. Y es que este proceso de globalización que afecta al sector vitivinícola mundial, si bien se manifiesta con mayor claridad en los mercados de exportación del vino, también tiene otros efectos desconcertantes para los productores de la UE. Citaré los tres de mayor impacto.

En primer lugar, los cambios en los hábitos de consumo. Las ventas de vino embotellado "premium" (de alta gama y cuyo precio oscila entre los 6 y los 10 euros) están subiendo a un ritmo espectacular en comparación de los vinos "superpremium" (por encima de los 10 euros), mientras que los vinos de mesa, antes populares (menos de 6 euros) han caído en picado. Este cambio está dando lugar a feroces batallas comerciales y burocráticas (protección de nombres genéricos y otros valores intangibles de los "vinos tradicionales") entre los productores europeos y los de los países emergentes.

En segundo lugar, estaría la homogeneización del vino como tendencia. Lo que se viene a denominar por muchos autores "la Mcdonalización del vino". Esto es la vulgarización del vino hacia unos sabores estándares (modelo australiano) y los efectos derivados de la homogeneización de las prácticas vitícolas y enológicas. En este sentido, el consumidor de "superpremium" se halla atemorizado ante la pérdida de identidad de gran parte de los vinos actuales, fruto de la tendencia que amenaza con hacer a todos los vinos iguales. Y es que muchos productores, casi sin quererlo, se van dejando llevar por esta corriente de estandarización de los gustos.

Y en tercer lugar destacaría los efectos de la globalización sobre el cuestionamiento de prácticas enológicas, hasta ahora intocables en el viejo mundo, pero que inciden muy directamente en los costes de producción, como es la introducción progresiva del uso de la viruta de madera de roble en la crianza de los vinos tintos que nosotros rechazamos.

Y lógicamente surgen las dudas y las preguntas ante los efectos futuros de este proceso globalizador ¿Seguirá el vino la ruta de las hamburguesas y colas marcada por los nuevos competidores? ¿Tienen cabida en un futuro las pequeñas y medianas bodegas frente a grandes corporaciones mediatizadas? ¿Tendrán mercado los vinos ligados a una personalidad geográfica local y comprometido con su entorno social?

Ante este panorama de incertidumbre en el que se halla el sector vitivinícola europeo, no cabe duda de que vamos a defender la validez competitiva de los modelos vitivinícolas locales asentados en la UE que, como el vino de nuestras denominaciones de origen, Rioja, Arabako Txakolina, Bizkaiko Txakolina y Getariako Txakolina, se han autorregulado preservando la calidad diferenciada del producto como eje y patrón básico de actuación, y han posibilitado situaciones de equilibrio, tanto en el reparto de la base productiva primaria, y en consecuencia en el poder negociador de los distintos agentes, como en las diferentes dimensiones de las empresas productoras-comercializadoras, donde es posible la pervivencia de modelos de negocio de nivel pequeño, mediano y más grande. Modelos que, a pesar de las amenazas globalizantes, mantienen un vigor competitivo importante y autovalidado, no exento de revisiones en las actuaciones a impulsar, y que además están plenamente ligados al desarrollo económico del entorno rural donde se asientan.

La defensa de estos modelos productivos locales no implica, lógicamente, cerrar los ojos a la realidad globalizadora de los mercados o permanecer inmutables ante los comportamientos cada vez más agresivos de la competencia externa a Europa. Tanto el conocimiento tradicional transmitido de generación en generación como la habilidad en el cultivo de la viña, las dos marcas distintivas de muchos productores del viejo mundo, son atributos necesarios y ejemplares, pero no suficientes para sobrevivir. Dominar la formación de alianzas con expertos en márketing de calidad y distribuidores es también esencial, como lo es investigar y desarrollar nuevos mercados.

Pero dicho esto, ¿cómo transformar las amenazas de la globalización del vino en oportunidades para estos modelos? Muy sencillo, manteniéndose e impulsando el modelo que se ha demostrado como válido. O dicho de forma coloquial, aguantando el tirón. Es decir, hay que preservar como sea las señas de identidad que hacen de un "bordeaux", un "bordeaux", de un "borgoña", un "borgoña", y de un "rioja", un "rioja".

Es muy claro, y no hay más que trasladar la propia experiencia personal en el acercamiento e introducción al mundo del vino, a la que, por la naturaleza del producto, experimentarán los mercados mundiales. Si las regiones que estamos inmersas desde hace siglos en la cultura del vino empezamos nuestro acercamiento a partir de vinos sencillos y afrutados, para ir pasando progresivamente a vinos cada vez más complejos, es lógico pensar que este proceso también ocurrirá con los consumidores recién llegados o que vayan llegando al mundo del vino.

La preferencia por productos diferenciados, y el amplísimo campo de experimentación que suponen los distintos viñedos, asegurarán que siempre haya bodegas pequeñas y medianas junto a unas pocas marcas de grandes empresas.

El vino no es una hamburguesa, ni una cola. El vino, cuando se evoluciona en su consumo, es elegancia, equilibrio y expresión, citando a Franco María Martinetti, presidente de la Academia Internacional del Vino, y por supuesto nunca será un producto estandarizado. Pero además, este modelo debe ser apoyado, sin fisuras, por las instituciones públicas. La suerte de los europeos es que tenemos unas instituciones sólidas, con capacidad de actuación unitaria y eficaz frente al resto de competidores. Pero entran dudas importantes si estas instituciones se muestran acomplejadas ante las voces ultraliberales, que surgen en la propia UE, y la todopoderosa OMC.

Por eso no es buena una reforma de la OCM vitivinícola como la que plantea en este momento la UE, en un borrador redactado desde el complejo y la falta de miras, y de la que el Estado español pretende hacer un seguidismo precipitado con medidas como la permisividad en el uso de trozos de madera de roble o la marca "Vinos de España". Por el contrario debemos apoyar modelos competitivos de cara al futuro, porque la producción de vino representa una cultura y un modelo de desarrollo rural y social ligado a él que están impresos en la propia idiosincrasia europea.

En conclusión, los vinos locales europeos, basados en una calidad diferenciada, pueden ser perfectamente competitivos en un entorno totalmente globalizado, a la vez que seguir contribuyendo al desarrollo socioeconómico de sus entornos productivos, si bien precisarán de una política vitivinícola de las instituciones comunitarias, nacionales y regionales, focalizada hacia el apoyo e impulso de dichos modelos, y por supuesto, de una capacidad endógena de respuesta a los nuevos desafíos y tendencias ligados al proceso de globalización.

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