Entrevistas
25
Junio
1989
Entrevistas

Daniel Innerarity (El Correo)

Entrevistas
25
Junio
1989
Entrevistas

Innerarity: "El egoísmo empobrece a quien lo practica"
Visto y no visto. La solidaridad aparece y desaparece según la catástrofe de turno aparezca o desaparezca de los medios de comunicación. La gente sabe qué le interesa, pero no tiene muy claro qué le une al vecino. Y los políticos se han hecho actores en una teatro de emociones, sentimientos y muy pocas razones. Éstas son algunas de las ideas que se hallan en "El nuevo espacio público" (Espasa), el último libro de Daniel Innerarity, pensador bilbaíno, premio Nacional de Ensayo en 2002, uno de los ensayistas más incisivos del panorama actual dentro y fuera de España, que acaba de regresar de dar un curso en la Universidad de McGill (Montreal, Canadá).

-Si la gente sólo se preocupa por su familia, su hipoteca y sus vacaciones, ¿en qué lugar quedan los problemas comunes?

-El egoísmo empobrece a quien lo practica. Cuando se produce un atasco, los conductores se obstinan en buscar su propio beneficio y terminan perjudicándose.

-No es muy sensato.

-No. Lo propio y lo ajeno son muy difíciles de separar y su relación es cada vez más fuerte. ¿O es que las fronteras de Canarias son algo ajeno a los intereses alemanes? ¿Podemos seguir considerando las hambrunas de África como algo que no nos concierne? Si la política sirve para algo, es precisamente para identificar y gestionar eso común que, si lo descuidamos, termina por arruinar incluso nuestros propios intereses. El egoísmo pone demasiados límites en todos los sentidos.

-Pero cada uno tiene el derecho, o el deber, de luchar por lo suyo.

-Claro. La individualización es un avance propio de la democracia. Pero yo propondría que nos tomáramos en serio eso de que vivimos en un mundo interconectado, porque es así: el interés particular está fuertemente vinculado con el de otros. Ir sólo a lo suyo indica una falta de visión que se paga muy caro.

-Hay cosas de las que habla todo el mundo: el fútbol o la muerte de Rocío Jurado. ¿Qué significa esto?

-La verdad es que nunca he conseguido interesarme ni por lo uno ni por la otra. Pero no tengo más remedio que preguntarme por qué a la gente le interesa lo que interesa. El mundo de las pasiones deportivas, el sufrimiento ajeno, las catástrofes naturales son acontecimientos en los que se transmite una electricidad emocional especialmente intensa.

-¿Y qué consecuencias tiene esa corriente eléctrica?

-Una especie de inmadurez emotiva que se pone de manifiesto en miedos, expectativas y corrientes de solidaridad superficiales. Eso nos hace especialmente frágiles. Pensemos en lo manipulables que resultamos cuando se atiza el fantasma del miedo.

-Por ejemplo, ¿hacia los inmigrantes? ¿Cómo se les podría integrar en los intereses comunes?

-Sí. Pero ese miedo se puede contrarrestar con una serie de preguntas muy básicas. Por ejemplo, ¿quiénes somos nosotros? ¿Estamos todos los que somos y somos todos los que estamos? Estas cuestiones han hecho avanzar la civilización. Así se abolió la esclavitud o se conquistó el sufragio para las mujeres. Algo similar ha pasado y va a seguir pasando con la inmigración. Quien viene, tiene que incorporarse al nosotros colectivo y contribuir a su definición. Lo que no tiene sentido es que haya derechos sociales y económicos sin derechos políticos. Y el principal derecho político es participar en la discusión acerca de quiénes somos.

-¿De qué modo influye en el egoísmo el nuevo tipo de vida del adosado? La familia parece aislada de la ciudad y rodeada de gente muy parecida a sí misma.

-La experiencia civilizatoria es la experiencia de la diversidad, del respeto a la diferencia. Por eso las ciudades han sido siempre lugares de integración, también de los extraños, a diferencia de la homogeneidad del mundo rural. En una ciudad han convivido siempre viejos y jóvenes, ricos y pobres, aborígenes y recién llegado. Pero hoy nos encontramos con una situación bien distinta. Tendemos a vivir en entornos homogéneos: guetos, barrios de personas mayores, emigrantes Esto empobrece nuestra capacidad de convivir con la diferencia.

-¿El sentimiento de solidaridad?

-La solidaridad se demuestra con los diferentes, no con los semejantes.

-¿No son los impuestos suficientemente solidarios?

-La justicia social no puede reducirse a una cuestión económica. También tiene que ver con el género, el pluralismo cultural, político y religioso, la autonomía personal. En este sentido hay un gran terreno por recorrer, tanto en el ámbito doméstico -el reparto del trabajo y la educación de los hijos, por ejemplo-, como en los grandes asuntos internacionales, donde hay que profundizar en la convivencia entre países y culturas.

-La reivindicación de la identidad sexual, religiosa o política, ¿no está asociada con el orgullo, con la emoción?

-El componente emocional es bueno porque permite identificarnos y solidarizarnos con la gente próxima. Pero lo decisivo es la forma de esa emoción: si es cerrada o abierta, si nos conecta con horizontes más amplios o nos condena al vecindario. Como en tantas otras cosas de la vida, nuestras dimensiones no son ni buenas ni malas; todo depende de que se absoluticen o no. Nos hace falta una nueva política que no vea la afirmación de la identidad como una irracionalidad arcaica o una locura despreciable, sino como una realidad que tiene que tomarse en cuenta, a la que hay que moderar y dar cauce, para que no se estanque y termine adoptando una forma reactiva.

-¿Qué es una identidad abierta?

-La identidad no es un dato rígido, inmutable, sino algo fluido, incluso irónico. Una patria y una identidad no pueden poseerse como se posee una propiedad. El mejor modo de librarse de la obsesión por la identidad es aceptarla y vivirla espontáneamente. Debe ser muy agobiante pensar todo el rato en el propio sexo o en la profesión. Es mejor vivir sin pensar demasiado en la vida.

-Usted habla en su libro de la aportación del feminismo a esta nueva conciencia de la identidad.

-Hay feministas que tienen razón cuando dicen que la diferencia entre la vida privada y la pública les ha marginado y ha justificado la reclusión de las mujeres en el ámbito íntimo. Está claro que esta separación no respeta las distinciones en pie de igualdad y que ha condenado a las mujeres a la invisibilidad. Pero una cosa es que sea insostenible la distinción clásica, liberal, de lo público y lo privado, y otra que esa diferencia haya de ser radicalmente suprimida. Lo privado no es algo cuyo único fin sea la discriminación de la mujer. De hecho, buena parte de la reflexión feminista, ya desde hace tiempo, se opone a eliminar por principio la distinción entre público y privado, y está elaborando una nueva teoría de la intimidad.

-¿No le da la impresión de que tras la muerte de Franco hubo una especie de eclosión de lo público y luego la sociedad se ha batido en retirada?

-Es un fenómeno bastante general en Europa. Afecta tanto a las personas conocidas que publicitan su vida privada, como a la gente corriente que se confiesa en determinados problemas televisivos. Otro efecto de este proceso es la personalización de lo político. Es decir, el hecho de que las personas sobresalgan por encima de los temas o que éstos sean tratados desde un punto de vista personal. Es el "lado humano" de las cuestiones políticas. En un representante, importa más su carácter, estilo, simpatía, talante, popularidad, credibilidad y confianza que su competencia.

-La imagen, por encima de todo.

-Sí, los temas políticos se transforman en asuntos de imagen, sentimientos y dramas personales. El principal instrumento de la acción política es la emoción, la simulación de autenticidad, los sentimientos que comunica quien tiene autoridad.

-En su obra, apela al diálogo como vía para resolver problemas de convivencia. ¿Qué valor le da a esa palabra, diálogo, que está en boca de todos?

-Las palabras se desgastan con el uso, también las mejores, como ésta. Hay quien cree que el diálogo consiste en que los demás acepten el propio punto de partida o la propia definición del problema. En Euskadi, por ejemplo, el diálogo político se ha visto obstaculizado por quienes lo planteaban como algo compatible con la violencia. Y también por quienes pretenden definir primero el conflicto de manera unilateral, y dejan entrar después a los demás en la discusión.

-Y no es eso.

-No. El diálogo sirve para lograr una definición compartida del problema que tenemos que resolver. Por eso me gustaría subrayar que el diálogo es algo fascinante, innovador y "peligroso", porque se sabe cómo se entra pero no cómo se sale. Sólo es auténtico un proceso de diálogo en el que puedo convencer pero también ser convencido. Lo demás son rituales de notificación. Los fanáticos lo han sabido siempre y por eso no han querido correr ese riesgo de hablar de un modo abierto y franco.
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