Entrevistas
Revista Elkarri
Portell: "Si estoy esperando a que
ETA pida perdón, me estoy
negando la posibilidad de ser feliz"
El don de la escritura habitaba dentro de Verónica Portell desde muy pequeña. Sin embargo, cuando contaba su edad con sólo ocho dedos, ETA mató a su padre, José María Portell, convirtiéndose él en el primer periodista asesinado por la banda. Por eso, recuerda Verónica que ante aquella primera poesía suya que resultó premiada en un concurso escolar sintió vértigo y miedo ya que nadie dudó en declarar que, efectivamente, ella era hija de quien era y que, claro, no podía ser de otro modo. Así que, abrumada, dejó de escribir. Hasta los treinta y tantos años. Es ahora cuando se ha metido en la piel de personas sufrientes del cosmos vasco con el objetivo de entender los dolores de una y otra orilla.
Elkarri: ¿dónde surge esa necesidad de contar historias de sufrimiento propias del caleidoscopio vasco que, aún fabuladas, tienen una base real de dolor? Tú misma eres hija de José María Portell, primer periodista asesinado por ETA en 1978.
Verónica Portell: no hay un detonante claro que justifique esta necesidad. Todo surgió de un modo simple, cuando hace dos años escribí un primer relato sobre los sentimientos y pensamientos de un secuestrado durante su encierro. Llevaba muchos años sin escribir literatura y, cuando concluí aquella narración, me sentí satisfecha con lo que contaba. Tuve la sensación de haber creado algo mío. Y de allí, de un modo natural, necesité contar las reflexiones de la madre de aquel secuestrado, y después los pensamientos de su padres, también los pensamientos del secuestrador. Más tarde, uno de estos relatos que recojo en el libro «Y sin embargo, te entiendo» resultó premiado en el concurso literario «Ortzadar» de Deia. En aquel cuento contaba las vivencias de unos padres que viajaban miles de kilómetros para visitar a un hijo preso por pertenencia a ETA. De hecho, no tengo ninguna duda cuando declaro que también esos padres son víctimas de una circunstancia muy concreta.
Elkarri: ¿te ha resultado terapéutico este ejercicio de ponerte en la piel de otras personas que como tú también han sufrido las consecuencias de la violencia?
Verónica Portell: con el tiempo, he llegado a la conclusión de que sí. Cada vez que he pretendido meterme en la piel de uno de los personajes que describo, previamente he tenido que investigar sobre su vida, sobre su pasado. Como consecuencia, me ha hecho entender a todos estos personajes que describo. De ahí el título. Escribir el libro me ha ayudado a derribar prejuicios. He intentado estar bajo la piel de todos ellos. A pesar de que hubieran asesinado a mi padre, también he intentado entender el dolor de las familias de los presos, el sufrimiento y dolor también de los etarras. No quiero pecar de ingenua. Pero, estoy convencida de que ellos también sufren. De hecho, como para cualquier persona que vive en el País Vasco, todas estas personas conviven con nosotros en el mismo entorno pero, hasta que no me he puesto a escribir el libro, nunca me había parado a reflexionar sobre cómo pensarían estas personas.
Elkarri: como declaración de intenciones, en la contraportada del libro destacas tu propósito de ofrecer una mirada serena, sin odio, empatizando con el dolor ajeno de los distintos actores del drama vasco. ¿Es fácil llegar desde una orilla a la otra?
Verónica Portell: esta cuestión me parece importante. He de reconocer que hasta cierto punto el entorno del miembro de ETA me era muy desconocido. Son parte del paisaje cotidiano. Soy de Portugalete y siempre he visto la típica concentración de todos los viernes para exigir el traslado de los presos a cárceles vascas. Y no es que haya apartado la vista, pero sí es cierto que muchas veces he pensado «ahí están otra vez». Sin embargo, en el momento en el que decido acercarme también a esa otra parte del dolor, opto por hacerlo desde la empatía. Evito el odio de todos mis personajes. En el fondo, en ninguno de ellos se respira una ideología política, ya que me he centrado en su lado humano. Considero que muchos sentimientos son coincidentes a todas las personas. Así, algunas personas que han leído el libro, me han comentado que se han sorprendido ante los sentimientos que fabulo en la figura del padre de un preso de ETA. Siento mucha satisfacción cuando una persona derriba algún prejuicio gracias a alguno de los relatos. Ahora bien, entiendo que haya personas que no comprendan cómo me he atrevido a humanizar la figura del preso. Sin embargo, pese a mi biografía personal, he de subrayar que el libro me corresponde como escritora, como cualquier otro autor que vive en el País Vasco, que participa del entorno que le rodea, que decide escribir sobre él. Y mi entorno es el que es. Es éste. El paisaje de secuestrados y terroristas, de asesinados y asesinos, de madres de unos y padres de otros… éste es el paisaje al cual pertenezco.
Elkarri: ¿te has parado a pensar qué es lo que pensaría tu padre sobre la actitud con la que acometes la escritura de este libro?
Verónica Portell: estoy convencida de que él me apoyaría al cien por ciento. No creo en Dios, no creo que mi padre me esté viendo desde el cielo. No obstante, estoy segura de que estaría a mi lado, orgulloso. En cierto sentido, estoy haciendo algo parecido a lo que él hizo en vida. Mi padre fue uno de los primeros periodistas especializados en ETA. También participó como mediador del Gobierno de Suárez y ETA. Era una persona convencida de la utilidad del diálogo. Tenía grandes amistades en ambos entornos. En este sentido, considero que mi libro recoge este mismo espíritu, si bien mi literatura siempre será mucho más humilde que su compromiso con una solución dialogada. También mi madre está emocionada con este libro, con mi actitud. Me dice que es como que he recogido el relevo de mi padre. Además, se han dado un cúmulo de casualidades en torno al libro que, en cierto modo, nos recuerdan la labor de mi padre.
Elkarri: ¿qué tipo de casualidades?
Verónica Portell: la casualidad más importante es que el libro se presentó la víspera de que ETA decretara el alto el fuego permanente. Me sentí muy rara ya que al día siguiente me llamaron muchos medios de comunicación para recoger mi opinión al respecto y, de repente, me vi como hablando también en boca de mi padre, repitiendo los mismos mensajes en un tiempo y espacio diferentes. Aquella sincronía me asustó durante un par de días. Más cuando durante todos estos años había evitado presentarme en la sociedad como una víctima de ETA. Después de muchos años evitando jugar este papel de víctima, al día siguiente encontré mi rostro en reportajes a doble cara junto con el de Consuelo Ordóñez o la hermana de Miguel Ángel Blanco. Aquel hecho me produjo una sensación muy extraña. Sin embargo, ahora que ha pasado el tiempo, creo que fue importante haber tomado la palabra. Mi visión era las más optimista de todas las que allí se recogían. Muchas víctimas no se fían del proceso. Pero hay otras que sí, que quieren ser optimistas. Además, tenía pensado escribir un segundo libro ambientado en una Euskadi en tregua y paz. La realidad que debía haber imaginado se me presentó delante de la cara.
Elkarri: ¿por qué no has querido presentarte ante la sociedad como una víctima?
Verónica Portell: era adolescente cuando gané un concurso literario con una poesía que se titulaba «Euskadi». Sentí presión por el hecho de ser hija de quien era. No me gustó que se me presentara como la hija de José María Portell. Agobiada, dejé de escribir, como queriendo dejar de ser la hija de quien realmente era. En cierto modo, esa relación anacrónica con lo que mi padre fue y que me está ocurriendo ahora puede ser parecida a la de entonces. Sin embargo, ahora tengo la edad que tengo, soy una persona adulta y sé defenderme.
Elkarri: ¿hay algo común en todas las historias de sufrimiento, sean víctimas de un lado, sean víctimas del otro lado?
Verónica Portell: todos somos víctimas de nuestras circunstancias. También lo son todos los personajes del libro. Yo no he elegido ser víctima del terrorismo pero lo soy. La hija del preso que sólo ha conocido a su padre al otro lado de las rejas de la prisión es igualmente víctima de esta circunstancia. El asesino no nace como tal. Tampoco el asesinado. Por mucho que nos resulte difícil de asimilar, el asesino que ha podido matar a veinte personas también tiene sus sentimientos de amor y amistad. También tiene sentimientos de sufrimiento, de igual modo que los tiene otra persona que no ha matado. En uno de mis relatos que llevo hasta el extremo, por ejemplo, cuento la historia de amor entre un miembro de ETA que ha de espiar a una concejal del PP. Es una historia de amor ficticia, pero verosímil, con un final que imagino feliz, con una oportunidad de tregua también para su historia de amor. Las personas que vivimos en el País Vasco sabemos que algo así podría ocurrir aunque explicar esto mismo en Madrid puede resultar muy complicado, hasta aberrante.
Elkarri: ¿por qué?
Verónica Portell: las cuadrillas en Euskadi no son homogéneas. Nosotros lo sabemos. En una misma cuadrilla podemos encontrar a votantes de todos los partidos sin excepción ninguna. Vivimos en un país muy pequeño y estamos condenados a entendernos. Por esto mismo, son posibles este tipo de relaciones, por muy complejas e irreales que puedan parecer, si bien me han criticado por defender esto mismo.
Elkarri: supongo que las críticas que hayas podido recibir han denunciado tu determinación de humanizar tanto a la víctima como al verdugo.
Verónica Portell: sí. Así es. El mismo título recoge esta idea, «Y sin embargo, te entiendo», título que a estas personas tampoco les ha gustado nada. Sin embargo, estas personas están muy despistadas porque saben que a mi padre le mató ETA. Además, desde la madurez, ya no me hieren este tipo de críticas. Estas críticas me hubieran hundido a los veinte años. En este sentido, supongo que todo se debe al hecho de que no haya sido educada en el odio. También ha sido importante que no nos hubiéramos marchado del País Vasco. En todo caso, ocurrió hace mucho tiempo. Tan sólo tenía ocho años. Por todo ello, hoy es el día que no me siento diferente a nadie, que no me siento extraña por ser víctima. Tengo muy claro que mi vida no puede girar en torno al victimismo. He intentado que nunca gire en torno a la compasión. Tengo mi vida, mi trabajo, mi marido, dos hijos, mi familia… A mí no me tiene que compadecer nadie. En el fondo, me da pena la gente que vive anclada en su pasado.
Elkarri: sin embargo, algunas de estas víctimas os acusan de corromper la memoria de los muertos.
Verónica Portell: no puedo permitir este tipo de críticas. Ahora bien, puedo entender al Presidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, Francisco José Alcaraz, así como a otras muchas víctimas más que piensan distinto a mí. Cada uno gestiona su sufrimiento y su experiencia personal del mejor modo que puede y cree, aunque otra cosa es pretender que todas las víctimas caminemos por la misma senda. Ni tan siquiera yo misma soy portavoz de mi familia, ya que no todos pensamos igual. Soy sólo Verónica Portell y me represento a mí misma. El sentimiento de víctima es siempre individual.
Elkarri: has comentado la necesidad de superar la victimización, de sentirte parte de la sociedad, útil para participar en su desarrollo, lo cual no implica ni desmemoria ni olvido. Antes Elkarri y ahora Lokarri reivindica esta misma idea.
Verónica Portell: que yo sea hija de José María Portell es parte de mi biografía. No obstante, no puedo paralizar mi vida. Lamento que haya víctimas del terrorismo que desprendan sólo odio cuando puede que hayan pasado muchos años desde que asesinaran a su familiar. Me duele comprobar que no han podido superar el trance, cruel e inhumano, para seguir construyendo su propia vida desde otros sentimientos. Por eso, efectivamente, creo que habría que ayudar a todas estas personas para que no sólo encontraran sentido a sus vidas en torno a ese hecho concreto, tan cruel, tan injusto y tan inhumano.
Elkarri: ¿y cómo has asistido a toda la polémica suscitada en el seno de la Asociación de Víctimas del Terrorismo sobre la politización de su actividad? Cada vez son más las víctimas que hacen público otro sentir.
Verónica Portell: no estoy en ninguna asociación de víctimas ni milito en ningún partido político. Esto no significa que no sea una persona política porque lo soy. Me interesa mi entorno. No me evado. Procuro estar informada. De hecho, entiendo que algunas personas que militan en distintas organizaciones lo hacen porque creen que no tienen voz. Ocurre lo mismo con la AVT. Sin embargo, desde lo que conozco, no creo que toda la base de la AVT opine lo mismo que su presidencia. De hecho, me da hasta rabia el manejo que de la Asociación de Víctimas del Terrorismo se hace desde su presidencia. No creo que todas ls víctimas tengamos la misma opinión que el Señor Alcaraz.
Elkarri: ¿se hace un uso partidista de las víctimas?
Verónica Portell: me temo que por todos los lados y de todas las víctimas. En este sentido, en mi caso particular, tenía miedo de que alguien intentara apoderarse del espíritu de mi libro, por lo que tenía muy claro que tenía que conseguir que nadie me manipulara. Ni el PSOE ni el PNV que, así, pudieran ser los que más tentación pudiesen tener. En el caso del PP o Batasuna, entiendo que no tendrían esta tentación. Mi ideología política no cabe sólo en un partido por lo que, desde mi ambigüedad política, debía hacer frente a esta posibilidad de apropiación. Que no deba mi voto a nadie me hace muy libre. Simplemente, quería seguir así.
Elkarri: ¿qué papel han de jugar las víctimas en el proceso de paz que puede abrirse en un futuro próximo?
Verónica Portell: las víctimas no podemos actuar como agentes políticos. El sentimiento de dolor es tan particular que es imposible contentar a todos. Ahora bien, reconozco que el tiempo ha suavizado mucho mi dolor. Hablo de un tiempo muy del pasado. No tengo sentimientos de venganza ni de rencor. Entiendo que el familiar de un asesinado hace tres años se rebele ante la posibilidad de que un preso de ETA salga de la cárcel. En mi caso, ni tan siquiera sé quién mató a mi padre, ni si está en la cárcel, ni si ha estado nunca. Nunca me he obcecado imaginando la cara del asesino de mi padre. Si hubiera sido así, tal vez me hubiera negado el derecho a ser feliz. Por todo ello, considero que en un proceso de paz hay que escuchar a las víctimas aunque a veces, ni tan siquiera llegue a incluirme dentro de este colectivo. Sea como sea, no podemos decidir ni condicionar un proceso. Somos demasiados, cada uno con una visión y un dolor propio e intransferible. Sólo quiero vivir en paz, en Getxo, con mi familia, con mis hijos. Incluso, por la paz, estoy dispuesta a cerrar los ojos, a mirar a otro lado. No obstante, soy consciente de que puede que algunas personas no entiendan mi postura.
Elkarri: ¿eres optimista con el momento actual?
Verónica Portell: sí. Considero que esta tregua es definitivamente la tregua de la antesala a la paz. El camino a la paz va a ser largo, duro y complicado. Va a ser muy difícil. Habrán de superarse muchas inercias del pasado. La misma declaración de alto el fuego permanente supone en sí un paso muy importante. Pero todavía será necesario dar muchos pasos más en esa dirección. En la última entrevista concedida por ETA a Gara se puede percibir la mala noticia de que ETA quiere liderar el proceso de paz. Pero, sin embargo, al mismo tiempo, parece sincero el compromiso con el alto el fuego. En todo caso, entiendo que nos encontramos en la antesala de la paz porque la sociedad está muy cansada. Mi optimismo no responde a la convicción de que ETA se haya vuelto buena. Soy optimista porque confío en la sociedad y la sociedad no soporta más violencia. Considero que el asesinato de Miguel Ángel Blanco supuso una rebelión en la conciencia de las personas y a partir de ahí nada fue igual. Todas las muertes que ETA ocasionó después de Miguel Ángel Blanco significaron también su propia muerte.
Elkarri: por otro lado, el portavoz de Batasuna Arnaldo Otegi reconoció como un error no haber sido sensibles al sufrimiento de las víctimas ocasionadas por ETA. ¿Cómo lo ves?
Verónica Portell: personalmente, no necesito que me pidan perdón. Todas las personas estamos obligadas a saldar las cuentas con nuestra propia conciencia. Por otro lado, si estoy esperando a que ETA pida perdón, me estoy negando la posibilidad de ser feliz. También dudo de que sea más feliz el hipotético día en que pidan perdón. Ahora bien, en el caso de Otegi, admito que sus palabras me sorprendieron. Este discurso es distinto al que tenía en el pasado, si bien no estoy segura de hasta qué punto es algo medido y responde a una estrategia de ahora digo esto para exigir otras cuestiones a cambio. En todo caso, quiero creer que nos encontramos a las puertas de la paz y que no dejaremos que esta nueva oportunidad se nos vaya por la borda. Por lo que a mí respecta, el otro día mismo me hice colaboradora de Lokarri. Anteriormente, simpatizaba con Elkarri. Elkarri desarrolló una gran labor social a la hora de defender el diálogo y la paz en momentos en los que apenas había esperanza. Pero es ahora cuando he dado el paso y he decidido colaborar con esta nueva aventura de Lokarri.