Opinión
12Junio
2006
12 |
Opinión

El frutero estatal. Peras y manzanas

Opinión
Junio 12 | 2006 |
Opinión

Carlos Ormazabal

Opinión

El Diario Vasco


Cuando ya hace algún tiempo preguntaron a la esposa del anterior presidente del gobierno español acerca de qué le parecía el matrimonio entre homosexuales, la señora Botella, tratando de hacer un símil didáctico, contestó que era como mezclar peras con manzanas, vamos, que no se puede. Todos conocemos las diferencias entre ambas frutas. Es claro que no son iguales empezando por la propia morfología. El problema es que la señora, cuando hablaba de peras, diferentes de manzanas, ejemplarizaba algo completamente opuesto a lo que pretendía y daba la sensación de que lo único válido o permitido era precisamente la unión de manzanas con manzanas y peras con peras. En definitiva, apología de la homosexualidad.
Tratando de continuar con el lenguaje frutícola, no hay nada que se parezca más a un frutero, de los que tenemos en la cocina de casa, que el estado español. Variadas frutas, cuando es temporada, componen los fruteros. Diversidad de texturas, colores, gustos que suponen el verdadero contenido. Manzanas, plátanos, peras, etc. Cada fruta tiene sus propias características, distintas a las demás que dependen de su procedencia: climatología, suelo, tratamiento etc. De la misma forma que los pueblos que constituyen el estado español. En algún caso, incluso puede identificarse la fruta con su nación de procedencia.Y pueden consumirse solas, mezcladas (macedonia) de forma que aún puede percibirse a simple vista la composición, o en puré, donde sólo quien lo ha elaborado sabe la composición exacta y aquellos con un desarrollado sentido del gusto pueden intuirla de forma más o menos aproximada. El estado español es el frutero. El continente. Que pretende hacerse con el protagonismo de la cocina cuando su objetivo debería ser exclusivamente el de soportar al contenido. Distintas naciones lo componen. No nacionalidades ni realidades nacionales, ni comunidades históricas ni zarandajas similares. Dichas denominaciones, en mi opinión, constituyen el segundo paso, la macedonia previa al puré en el que se nos pretende convertir, desposeyéndonos de lo que somos, de nuestras raíces, costumbres, etc. De nuestros orígenes, en definitiva. La señora Botella era consciente de que no pueden mezclarse las peras y las manzanas. Tal vez sea de las pocas cosas en las que pueda coincidir con ella. Porque son diferentes, efectivamente. Pero diferentes desde su origen.

Es absolutamente necesario conocer el origen de las cosas, su evolución a lo largo del tiempo, su historia (la verdadera, no la versión unilateral contada por los vencedores que trata de convertirse en la verdad absoluta). A veces, las más, para no repetir los errores. Porque la historia, para bien o para mal, suele repetirse. Dice el señor Rajoy que Euskal Herria no ha existido nunca. Pastor, secretario general del PSE Vizcaíno, que su partido no permitirá que se intenten colar de rondón reivindicaciones nacionalistas que solo asume «una parte de la sociedad» (¿?). Jordi Sevilla, ministro de Administraciones Públicas, que los derechos en los que se basa Euskadi son «tan históricos como del 78»

O sea, para todos ellos, y gracias a la Constitución, nuestros orígenes como vascos se remontan a ¿28 años! Hasta que la misma nos rescató, deo gracias, del monte, en el que nos ubican frecuentemente, como si fuéramos seres primitivos a los que hay que enseñar que la civilización existe y cómo debemos organizarnos. Poco informados parece que están. Aunque tampoco me sorprende su desinformación, bien por desconocimiento real u omisión interesada. Los fueros vascos, les recuerdo, fueron abolidos unilateralmente, y por la fuerza, en 1839. Y el pueblo vasco es uno de los más antiguos de la historia europea. La historia de España como tal, también es relativamente reciente. Recuerdo haber estudiado los reinos de Castilla, Navarra el despotismo de los reyes, sus conquistas (bien vía matrimonios interesados o por medio de las armas) y sometimientos a otros pueblos, disputas fraternas por la corona, etc. Los Imperios, en algunos de los cuales no se ponía el sol por la extensión de las conquistas, los descubrimientos (América..) y la conversión al cristianismo de las tierras colonizadas, las descolonizaciones, tan elegantemente efectuadas que hoy es el día en que la ONU renuncia a su participación en la resolución del conflicto y se retira del Sahara Occidental, abandonando a su suerte al pueblo saharaui. Bueno, a su suerte no, a la suerte que decida Marruecos, que hace tiempo comenzó a utilizar la batidora introduciendo colonos que sin duda, caso de que algún día se celebre un referéndum, inclinarán la balanza del lado de sus intereses. La fuerza de las armas ha sido históricamente la razón de los sin-razón y, se mire como se mire, la abolición de los fueros por la fuerza suponen el origen del conflicto vasco. Es bueno y deseable saber reconocerlo. Para la solución de los problemas es necesario conocer el origen de los mismos.

Pueblos sometidos han ido recuperando su identidad. Durante los últimos años, desde la caída de la Unión Soviética, han aparecido cantidad de nuevas naciones cuya existencia desconocíamos. Hay un nuevo orden mundial impensable hace bien poco tiempo. Y, en la mayor parte de los casos, sin presencia de las armas, aunque desconozco si en los mismos el garante de la unidad estatal era el ejército, como es el caso de la Constitución del 78 que nos reconoce nuestros derechos. Hemos evolucionado, efectivamente. Lo que antes se llamaba armas para el sometimiento de los pueblos, hoy día, por la evolución tecnológica, supongo, se llaman cepillos o batidoras (para el puré que lo desnaturaliza todo). La clave de bóveda está en el concepto de soberanía. La soberanía reside en el soberano. Y en democracia, el pueblo es soberano. En una monarquía parlamentaria me cabe alguna duda. Soberano: ¿el rey o el pueblo? Aunque cierto contrasentido hay. Democracia: el gobierno del pueblo, que elige a sus representantes. Y al soberano no lo ha elegido, que yo sepa, nadie de de forma directa, sino su predecesor el generalísimo. Partidos que se tildan de demócratas también, recientemente, han nombrado al sucesor digitalmente, esto es, a dedo.

Robert Michels, en su libro Los Partidos Políticos publicado en 1911, dice que «el fundamento lógico de toda monarquía reside en una apelación a Dios. Dios es bajado del paraíso para servir como escudo del baluarte monárquico, y darle su fundamento de ley constitucional: la gracia de Dios. Por eso, el sistema monárquico, en la medida en que sigue apoyándose sobre un elemento sobrenatural, es eterno e inmutable, considerado desde el punto de vista de la ley constitucional, y no puede ser afectado por leyes humanas ni por la voluntad de los hombres. Como consecuencia de esto, es imposible la abolición legal, jurídica y legítima de la monarquía: ilusión del tonto soñador político. La monarquía sólo puede ser legalmente abolida por Dios y la voluntad de Dios es inescrutable». Yo con el término soberanía, la verdad, estoy bastante despistado.

Maragall dice que el Estatut es un «pacto entre soberanías» (pero sólo una de ellas dispone del cepillo o derecho de veto). En Euskadi se ha hablado de soberanía compartida. El pueblo es soberano. Soberano es el rey . O soberano «es cosa de hombres».

Soberanía. Ser o no ser. En mi opinión, antes de sentarse a cualquier mesa es necesario definir lo que cada cual entiende por los términos que indefectiblemente van a aparecer sobre la misma: pueblo, soberanía, derecho a decidir. Todos sabremos a qué atenernos.

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