Contrariamente a lo que se podía pensar, el alto el fuego de ETA no ha propiciado el esperado clima de distensión política. Por el contrario, ha desencadenado una avalancha de declaraciones contradictorias y de campañas furiosas por parte de los grupos políticos. La del PP ha sido la que se podía esperar. Para ellos, derrotada ETA definitivamente, se trata ahora de derrotar al Pueblo vasco.
Ni más ni menos y como sea. Cuando el Sr. Rajoy se permite negar la existencia misma de Euskal Herria, que es el nombre histórico de la Nación vasca, está cometiendo fríamente un genocidio espiritual. Un acto de terrorismo. Negar a un Pueblo sus derechos constituye una injusticia. Negarle la existencia es un crimen, de esos que perpetúan las guerras e imposibilitan la paz. Y el hacerlo precisamente cuando parece que ETA se prepara a desaparecer, y no antes, equivale de alguna forma a atribuir a la organización terrorista un carácter de escudo protector de los movimientos patrióticos vascos.
Un dislate, una insensatez y posiblemente en tiempos del frenético Aznar, algo parecido a una apología del terrorismo. Está claro que esta gente intenta bloquear todo atisbo de negociación. En la lógica de Rajoy, no se negocia con lo que no existe. A este registrador que se niega a registrar la realidad de Euskal Herria no se le ha ocurrido pensar que mientras que esa nave que es la Nación vasca seguirá navegando por el mar de la Historia, a él no le van a recordar ni sus peces. Sea como fuere, el Sr. Zapatero tendrá que asegurarse, como lo está haciendo con ETA, de que también con el PP se llega a un alto el fuego, so pena de privar de toda credibilidad a ese proceso de paz que pretende impulsar.
Dejando aparte algunas impertinencias de Alfonso Guerra que nuestro Sr. López no ha vacilado en aplaudir con fervor y olvidando las truculencias del decapitado Sr. Bono, lo que se aprecia en el PSOE son recelos ante el proceso iniciado a raíz de la tregua de ETA, de los que sorprendentemente se ha hecho eco, entre otros, un viejo y estimado amigo al que sin duda han debido alterar un tanto los miasmas del Manzanares. Recelos y miedos a que las negociaciones en curso o las futuras «legitimarían una propuesta en clave nacionalista». Y nuestro comentarista añade, «no lo vamos a aceptar», lo cual es mucho decir si la propuesta ha sido legitimada, presumiblemente por la mayoría del Pueblo vasco. Loablemente nuestro amigo expresa el deseo de que se agrupe «una amplia mayoría de vascos en torno a un proyecto común». Un sonsonete que nos resultar familiar, que tiene credibilidad en boca del lehendakari o del Sr. Imaz, pero no cuando la susurra el PSOE, que no ha vacilado en degollar el contenido del Estatuto presentado por una mayoría del 90% de los catalanes. Miedos, recelos, ganas de poner trabas y poca cosa más. Con alguna contradicción cuando se afirma que al desaparecer ETA, esperanzadoramente «el gradiente nacionalista será distinto».
No resulta evidente lo que se ha pretendido decir con eso, pero se intuye que también aquí, al estilo de Rajoy, se convierte a ETA en una especie de paraguas protector del nacionalismo vasco… Una forma de lapidar al PNV y es que más que con la tinta roja del PSOE, el artículo parece escrito con la bilis del PP. Gracias a Dios, nuestro amigo se redime cuando reclama «menos nacionalismo y más democracia». Suponemos que menos nacionalismo español y más democracia en sus Cortes. Estamos de acuerdo. En todo caso y para el gran público, todo está discurriendo en un clima de considerable confusión. El ciudadano de a pie es consciente de la importancia para el pueblo vasco del momento presente. Las opiniones de la calle ponen de relieve, más que una crítica a cómo se están llevando las cosas, una inquietud por saber lo que realmente está ocurriendo. La gente se siente como ahogada por ese torrente de declaraciones de unos y de otros, que la Prensa refleja como puede o como quiere, suprimiendo y si hace falta añadiendo.
Cuando Zapatero nos dice, que en todo esto, el PNV está destinado a jugar «un gran papel», instintivamente nos acordamos de Virgilio, adaptado a nuestros tiempos, «Temo al PSOE, sobre todo cuando viene con regalos». Qué gran papel es ese que se nos promete triunfal. ¿Es el que corresponde a la espada moral del Pueblo vasco, a un Movimiento limpio, desinteresado, dispuesto a todos los sacrificios por la Nación, o es el que se ofrece a cualquier partido sin escrúpulos, ansioso de poder a cualquier precio? Inquietud también cuando se nos asegura que el PNV ayudará al Gobierno español a conseguir que el alto el fuego de ETA sea definitivo. ¿En qué consiste esa ayuda, con qué medios se cuenta, y a costa de qué? Se insiste en que lo primero es conseguir la paz y que luego vendrá la hora de la política, identificando una vez más la paz con la desaparición de ETA, como si la suya fuera la única forma de violencia que sufre Euskadi.
Produce perplejidad cuando no escepticismo la pretensión de alcanzar, en esa mesa de partidos que no acaba de reunirse, un acuerdo sobre un texto de Estatuto con más apoyo que el recibido en su día por el de Gernika. Hoy, las exigencias de los patriotas vascos no van a ser las de hace treinta años. El modelo de nuevo Estatuto aprobado en su día por nuestro Parlamento es el que corresponde a los deseos de la mayoría de este Pueblo, que en nada se parecen a los de una minoría interesada simplemente en propinar a Euskadi el mismo garrotazo que a Cataluña. Es posible que a falta de cosa mejor, los catalanes lo aguanten. Y es posible también que los vascos no. Una situación así impone al PNV una responsabilidad aplastante, a la que tendrá que enfrentarse una vez más entre dos fuegos. Y es que hay puntos en los que la cohesión de los patriotas vascos de toda índole es absoluta, algo que no se da en la misma medida entre los partidos a los que dan su voto. Resultaría desastroso que el Pueblo vaya por un lado y los "aparatxiki" de los partidos por otro. En tiempos de Franco se solía hablar del mundo real y del de los del "búnker". Las negociaciones en todo caso van a resultar difíciles y no les faltará una buena dosis de bizantinismo madrileño. Cuesta creer que el nacionalista español Zapatero persiga los mismos objetivos que el patriota vasco Imaz. Serán objetivos de la misma naturaleza sin duda, pero enfrentados. Algo a tener muy en cuenta.
En todo este maremoto, la figura serena del lehendakari Ibarretxe sigue ahí, un referente de la Nación. Él cree en el Pueblo vasco, en sus derechos y en su victoria. Cuando pide que cualesquiera que sean las voluntades mayoritarias de la Nación nadie ponga obstáculos para que se conviertan en realidades institucionales, su visión de futuro está en perfecta armonía con la que tuvieron nuestros predecesores. En 1877, Juan de Tellitu, miembro de las Juntas Generales de Bizkaia, se manifestaba como sigue, cuando perdida la segunda guerra carlista, Madrid se disponía a dar el último hachazo a nuestro régimen foral: «Es pues llegado el caso, de que al País aforado se le reconozca el incuestionable derecho de formar entre el Pirineo y el Ebro un Estado independiente… Soy de parecer, de que el País debe permanecer tranquilo… sin convenir en nada voluntariamente, para no inutilizar a los venideros el uso de su derecho y libertad de acción, y conservando la esperanza en la Justicia de Dios, y en que el tiempo y los acontecimientos, traigan consigo lícitamente, su entera libertad e independencia». Más claro agua y profecía al canto. En 130 años nada ha cambiado bajo el sol político de Euskal Herria