Opinión
12Abril
2006
12 |
Opinión

Tan sencilla y complicada a la vez

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Abril 12 | 2006 |
Opinión

En el continuo vaciamiento de muchas palabras y conceptos, en el continuo vaciamiento de muchos logros trabajosa y aun sangrantemente conseguidos quizás uno de los más adulterados sea el término de derechos humanos, término burlescamente utilizados por todos, incluido por sus enemigos más o menos declarados. Los derechos humanos son conquistas del ser humano arrancadas sufridamente a la historia como la única garantía de la persona frente a la marginación y el totalitarismo del color que sea, único instrumento frente al poder ejercido por minorías insultantemente privilegiadas.
Los derechos humanos ofrecen, despojados de las adulteraciones e intereses con que se las maneja, una actitud contestataria y una posibilidad de cambio hacia una sociedad mejor. Es cierto que hablar de derechos humanos, cuando en tantas partes son violentados e ignorados puede ser una cómoda evasión intelectual y obvio también que teorizarlos puede ser una burla para millones de hombres y mujeres que padecen en propia carne su ausencia más flagrante, si ello no va acompañado de una actitud militante por su consecución. Ante el monopolio de la riqueza, es decir ante el poder de la concentración del dinero, de los medios y fuentes de producción es indispensable que los poderes públicos pongan esmerado empeño para que al desarrollo económico le corresponda igual progreso social porque los derechos humanos, el derecho a la vida consiste también en satisfacer solidariamente todas aquellas necesidades del hombre y de la mujer en la sociedad actual. Los derechos humanos son también derechos económicos, tener derecho a la vida es tener también derecho y acceso real a todas esas cosas con las que la vida se hace, todas esas cosas que hacen de la vida una verdadera vida digna y justa, porque ciertamente los derechos humanos, el derecho a la vida abre paso inevitablemente a una serie de derechos para la vida misma.

Un sistema económico y social que no sea eficaz, técnicamente hablando, a la hora de conseguir para todos y todas un nivel de vida adaptado a las exigencias de la conciencia moderna, viola ciertamente los derechos humanos más fundamentales como son los derechos para la vida digna. El derecho a la vida es más serio que el simple derecho de nacer, es necesariamente derecho a una existencia solidaria, fraterna y digna. Habrá que reconocer y, más tarde o más temprano abordar en consecuencia, el establecimiento y la observancia de normas que reconozcan y promuevan no sólo los derechos políticos del individuo, que también, sino también sus derechos económicos y sociales de conformidad con la Carta Social Europea de 1.961 y el Pacto Internacional sobre Derechos Económicos y Sociales de 1.966. Y quien ratifique sinceramente el pacto sobre derechos económicos y sociales de todos los ciudadanos y ciudadanas, incluidos emigrantes con y sin papeles, deberá reconocer su responsabilidad en procurar mejores condiciones de vida para la ciudadanía en general, es decir el derecho de cada ciudadano y ciudadana al trabajo digno, el derecho a la salud y el derecho a una educación justa, compensadora y compensatoria. La larga historia de la humanidad, la historia del ser humano, aquí y allá, está sembrada de víctimas caídas por la causa de los derechos humanos y por el derecho a una vida digna, mártires que han hecho fructificar ese derecho aquí y allá. Pueblos enteros han conquistado, conquistan y seguirán conquistando su condición de comunidades humanas solidarias, libres y en paz.

Uno emocionadamente recuerda y sigue creyendo en aquellas verdades llanas y contundentes como puños escuchadas a hurtadillas, con pantalón corta todavía, a la hora de cenar en la mesa de la cocina de su casa a sus mayores, algunos de ellos no presentes ya en esta tierra: “...ez da jaio, eta ez da jaioko ere, amaren semerik, beste batek baino eskubide gehiago dituenik...” . Algo así como que “...no ha nacido ni nacerá hijo de madre que tenga más derechos que otro...” En casa eran tiempos de penuria y consternación con el aita en paro por haber reñido fuertemente con el patrón. Nunca supe la razón. Yo por mi parte al aita y al ama, al ama y al aita, les creía a pies juntillas cuando completamente embelesado y bloqueado infantilmente les escuchaba mirándoles disimuladamente de abajo hacia arriba, con la cuchara de sopa quieta les creía con la fe del carbonero, porque les quería y porque los dos asentían y lo decían completamente en serio, sinceros, solemnes, creyendo que nadie les escuchaba, con la seguridad de quien no se siente oído, ni por sus más tiernos infantes. Una frase ciertamente, tan sencilla y tan complicada a la vez, tan vieja y primitiva como tan de actualidad y de presente, tan cambiante como provocadoramente permanente. Tan militante y tan comprometida, tan, lo repito, sencilla y complicada a la vez.

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