Opinión
04Abril
2006
04 |
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Atado y bien atado

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Abril 04 | 2006 |
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Un nefasto 18 de julio de 1936 una facción del ejército español traicionando su juramento militar al orden republicano legalmente establecido se sublevó e intentó dar un golpe de estado. El resultado fue una sangrienta guerra civil que duró tres años, que asoló la piel de toro, que fusiló, asesinó y torturó, que arrasó todo tipo de conquistas y progresos habidos durante la República, que acabó con la libertad y la democracia, y que truncó de raíz las ilusiones de muchos vascos, catalanes y gallegos esperanzados en sus respectivos estatutos de autonomía y de su futuro autogobernado. La II República legalmente constituida fue derrotada por los facciosos, vencida por la derecha golpista con la colaboración de la iglesia española y ello con la ayuda de los fascistas italianos y los nazis alemanes. Luego casi cuarenta años de dictadura, plomo, policía y sacristía.
Muerto el dictador un 20 de noviembre de 1975 el miedo al ejército fue la causa principal del abandono de la idea de ruptura política con la dictadura y de su sustitución por una reforma pactada. Así la llamada “Transición” se convirtió en coartada y contexto de la autotransformación del franquismo, de sus protagonistas y de sus beneficiarios. Gracias a la así obligada transición, la casi totalidad de la estructura de poder de la dictadura adquirió una nueva legitimidad: la de compartir la paternidad y/o maternidad de la democracia que se iluminaba en el horizonte ibérico. A partir de ahí se canceló en gran parte la resistencia intelectual al franquismo. Una transición política que no tuvo otro remedio que conceder a todos, franquistas y antifranquistas, el mismo estatus de autores del cambio, y que funcionó como el mecanismo más apropiado para la confirmación de la estructura social del franquismo: grupos económicos, grandes familias, cúspides del estamento profesional, cuadros superiores de la Administración, estamento judicial y policial, mandarinato académico etc. Durante cuarenta años, la España victoriosa de la guerra civil, la España surgida después de derrocada y vencida la II República durmió un sueño de plomo bajo los efectos de tres poderosos somníferos: policía, censura e Iglesia; pero el paso a la democracia vigilada de 1.975 no consiguió terminar del todo con esta realidad comatosa. El sepultamiento de la memoria política durante la transición se tradujo en un primer momento en la banalización de la dictadura y, finalmente, en una naturalización histórica del franquismo. Y así resulta que el régimen del general Franco fue un período más en la historia de España, un sistema ciertamente autoritario pero “necesario” para poner fin al caos de la II República, algo así como un “mal inevitable”. Así, la generalización cada vez más extendida de parecidas tesis es lo que justifica que casi treinta y un años después de la muerte del dictador su nombre, los de sus principales generales facciosos, y el del propio fundador de la Falange, figuren todavía en numerosas plazas y calles de España, amén de pórticos de iglesias, catedrales y conventos varios y con cierta relevancia además en una Navarra en la que los sublevados asesinaron sin piedad a republicanos, comunistas, socialistas y nacionalistas vascos en plena retaguardia. Una vergüenza.
 
Este 75 aniversario de la proclamación de la II República es un momento para recordar emocionadamente a todos aquellos y aquellas que defendieron la legalidad republicana, recordar a los que murieron luchando por la libertad y la democracia, recordar la memoria de los que sufrieron en sus carnes las consecuencias de su compromiso con la causa del progreso, de la justicia social, de la cultura y de la inteligencia. Un recuerdo a los que habiendo perdido la guerra jamás alquilaron su dignidad ni se realquilaron al mejor postor. Un recuerdo por aquellos gudaris que lo dieron todo por Euskadi y la libertad. Y una exigencia inapelable cara a la historia, ahora que se habla, y con razón, tanto de víctimas: urge recuperar la memoria histórica de aquel período hitórico labrado por muchos hombres y mujeres y abortado a sangre y fuego por la fuerza de las armas golpistas y sepultado en parte por la “necesaria prudencia” de un período concreto político que amagaba abrirse al futuro. Está bien, es necesario mirar al futuro, no es bueno el carro de los agravios y de los odios ancestrales, pero la verdad es la verdad. Y a cada uno lo suyo: hubo leales y también hubo traidores.
 
Por suerte, aquello de “atado y bien atado” pasará a la historia como un simple “desideratum” de un sanguinario dictador felizmente fallecido y que no tiene visos reales de que vaya a cumplirse. Porque sí se puede matar a las personas, pero no a las ideas, y hoy, simplemente y a título de mero ejemplo, y en lo que respecta a Euskadi, los vascos y vascas somos más nación que entonces y tenemos no sólo intactas sino real e impetuosamente renovadas nuestras ilusiones fraternas de conocer una Euskadi-Nación en paz, en libertad, en progreso solidario, en democracia, autogobernada, dueña de su presente y de su futuro, y presente en los foros internacionales en igualdad de consideración con otros pueblos, naciones y estados. Nunca mejor dicho es cierto aquello de “Izan zirelako, gara”. En nuestras manos queda lo otro :”Eta garelako eta nahi dugulako, izango dira”.

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