Opinión
11Marzo
2006
11 |
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Conmemoración más virtual que real

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Marzo 11 | 2006 |
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Malentxo Arruabarrena

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Diario de Noticias de Álava


El 8 de marzo llegó y pasó un año más. Por un día, muchos políticos y políticas se visten de morado, hablan, hacen campaña, prometen, recuerdan y discuten -aunque algunos como el equipo de gobierno del Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz ni siquiera eso- para volver el día 9 a su existencia normal. Como yo estoy un poco cansada de que por la celebración del Día Internacional de la Mujer nos enfrasquemos en politiqueos baratos, voy a dedicar este artículo no a lamentarme, sino a hablar bien de las mujeres, a dar ejemplos de las que lo consiguieron para que las que estamos en camino tengamos espejos agradables en los que mirarnos. Porque parte del problema de la educación femenina es que, hasta hace muy poco, no se nos permitía mirar hacia atrás ni hacia los lados para ver lo que estaban logrando otras mujeres como nosotras.
Una mujer dialoga, no declara la guerra y enseña al hombre a escuchar. Una mujer cuida de todo lo que vive en su entorno, y enseña al hombre a preocuparse por todo lo que le rodea. Una mujer nunca tira la toalla y, junto al hombre, busca soluciones. Una mujer crea para los demás y muestra cómo vivir pensando en el todo y no pendiente de las partes. Una mujer busca el beneficio del conjunto antes que el beneficio propio. Una mujer sabe ver más allá y ayuda al hombre a entender detrás de las palabras. Una mujer sabe que la sensibilidad está en la naturaleza del hombre y le empuja a explorarla y expresarla. Una mujer no tiene miedo y anima al hombre a descubrir juntos la verdadera dimensión del Amor. Una mujer asume la responsabilidad de guiar. Así surgirá entre ambos sexos una relación diferente porque lo nuevo no está en buscar fórmulas distintas, sino en encontrar el camino correcto y en atreverse a dar los pasos en él.
 
Pero no hay que olvidar que la igualdad (la liberación) ya está en marcha y no tiene vuelta atrás. Hace un año el Parlamento Vasco aprobó la Ley para la igualdad de mujeres y hombres y, aunque todavía quede la mayor parte del camino por recorrer, ya surgen atisbos de lo que será un mundo en el que las mujeres ocupen el lugar que les corresponde. Son muchos los siglos de historia escritos por manos masculinas. La educación, basada hasta no hace mucho en valores masculinos, ha marcado y sigue marcando la relación entre hombres y mujeres. No es sencillo romper esa huella, que es profunda en ambos sexos, e iniciar un nuevo tipo de relación basado en algo que vaya más allá de la ansiada igualdad. Esas son etapas intermedias, que son útiles hasta que se alcanza una dimensión mayor y una comprensión más profunda.
 
La nueva mujer no busca la igualdad porque en ningún momento necesita compararse con el hombre. La mujer que empieza a dar pasos en esa dirección, que comienza a liberarse de cadenas tanto las impuestas desde el exterior como las que cada una se impone a sí misma por propia voluntad, que se atreve a romper dentro de sí con siglos de educación machista y cruza la frontera, empieza a hacer descubrimientos y, como consecuencia, a necesitar cambios en su entorno. La labor es larga y compleja porque se trata de desarmar un sistema de valores muy arraigado, el único conocido hasta ahora, y para ello todo esfuerzo es poco. En todos los lugares del mundo surgen mujeres que aportan algo nuevo a su entorno. Unas son caras conocidas; otras, la mayoría, son figuras anónimas que realizan labor de hormigas: arañar las paredes de un mundo masculino para que lo femenino vaya entrando cada vez un  poco más.
 
No hace mucho escuchaba a una periodista que decía: “La mujer es la que primero reacciona. Yo diría que las respuestas sociales que hay en el mundo van de la mano de la mujer”. Esta respuesta de las mujeres no es un fenómeno aislado aunque sí desconocido ya que no llama la atención de los medios de comunicación. Por eso, todo este movimiento que ya lleva un tiempo desarrollándose y dando sus frutos ha pasado desapercibido. Ejemplo de ello es la trascendencia de las protestas antiglobalización. La mayoría comenzamos a oír hablar de este fenómeno a partir de las multitudinarias protestas que tuvieron lugar en Seattle en 1999. Sin embargo, no era algo nuevo. Llevaba mucho tiempo gestándose de la mano de las mujeres.
 
“En Seattle vimos las protestas de los jóvenes occidentales -recuerda la periodista-, pero la primera respuesta a la globalización la dieron las mujeres del tercer mundo. Fue lo mismo que llevaron las mujeres africanas a Pekín en 1995 cuando denunciaron las políticas del Fondo Monetario Internacional y acusaron a esas políticas de ser las causantes de guerras que se están presentando como conflictos étnicos, pero que realmente esconden intereses económicos”. La periodista lo explica así: “Las mujeres del tercer mundo, al enfrentarse a escenarios muy conflictivos, de hambre, de guerra, se dan cuenta de que su situación no es producto sólo de la discriminación de la mujer, sino de la discriminación del más débil. Es en ese momento cuando las mujeres se hacen cargo de los problemas de su sociedad y dan respuestas sociales. Cuando defienden la justicia, no defienden sólo la justicia por la igualdad de las mujeres, ni denuncian sólo las desigualdades de las que es objeto la mujer, es decir, asume la responsabilidad del mundo en el que vive”.
 
Yo creo que ése es un paso muy importante al que se va a tener que incorporar la mujer occidental: asumir no sólo las desigualdades de la que es objeto, sino empezar a liderar los procesos de cambio. No puede haber sólo mujeres de diseño que quedan como un florero de un partido, sino que las mujeres ya están empezando (han empezado) a hacer oír su propia voz y a tomar el liderazgo para aportar soluciones nuevas.
 
Cuando el ser humano deje de ser una mercancía, cuando la cultura de paz remplace a la permanente preparación para la guerra, cuando la violencia económica y sus consecuencias sociales sean remplazadas por un desarrollo equilibrado que represente la expresión de los pueblos en su diversidad, cuando los equilibrios sociales y medioambientales ocupen el centro de la reflexión política y la educación en valores se practique en todas las escuelas y estratos sociales, cuando el conocimiento no sea más un vector de desigualdad sino de enriquecimiento productivo, cultural y social, cuando la dimensión ética y estética se incorporen al pensamiento cotidiano, estas conmemoraciones que revisten actualmente un carácter más virtual que real ya no serán necesarias.

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