Opinión
14Diciembre
2005
14 |
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Quo vadis Europa? (I)

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Diciembre 14 | 2005 |
Opinión

Jose Antonio Diez Alday

Opinión

Diario de Noticias de Álava


el Consejo Europeo de Exteriores necesitó algo menos de tres horas para rechazar la propuesta presupuestaria que su colega Jack Straw pretendía que se aprobara. En medio de un escenario europeo complejo y turbulento, la propuesta británica ha tenido la virtud insólita de concitar la unidad de criterios entre los otros 24 países miembros a la hora para rechazar unos presupuestos con calificativos como inaceptables, injustos, insolidarios y antieuropeos.
En efecto, la propuesta presupuestaria es el paradigma del egoísmo antieuropeo. Pero no lo son exclusivamente como consecuencia de la actitud británica (jamás ha mostrado una inclinación europeísta) frente a una ideología unificadora y defensora de la cohesión social y solidaridad económica para toda la UE, porque el resto de países miembros han actuado, actúan y actuarán con similares objetivos, agobiados como están por la erosión presupuestaria que ocasiona un sistema económico capitalista que se expande con criterios neoliberales.
 
La ecuación es tan sencilla como demoledora. El presupuesto de la UE se alimenta con la aportación de sus miembros y éstos viven la presión de un mayor gasto social por el envejecimiento de la población y por una reducción electoralista de la fiscalidad que favorecen las políticas empresariales de las multinacionales y amenazan con la deslocalización empresarial, al tiempo que se concede a la ciudadanía pudiente una mayor capacidad adquisitiva dentro de una sociedad consumista.
 
No importa que el gasto social no garantice los servicios públicos en materia educativa, sanitaria o pensiones, como servicios públicos, si buena parte de la ciudadanía (la pudiente con empleo, productiva y votante en las elecciones) puede financiarse esos mismos servicios, pero con carácter privado, aunque la bolsa de individuos empobrecidos y sin cobertura social siga aumentando.
 
Dicho en otras palabras, los gobiernos de los países miembros de la UE no piensan y actúan en clave europeísta y universal (entendida bajo los criterios que la han hecho posible), sino que amparan un sistema económico (neoliberal) incompatible con los principios humanistas y humanitarios de la cohesión social y la solidaridad económica.
 
A partir de esta situación, políticos y medios de comunicación se rasgan las vestiduras para hablar abiertamente de crisis europea. Una crisis que se suma, en este año a punto de finalizar, a la provocada por el NO francés y holandés al Tratado Constitutivo Europeo.
 
Historia de una crisis permanente
Pero tampoco es cosa de dramatizar ahora, como si la trayectoria europeísta hubiera sido un camino de rosas en décadas precedentes o como si ambas crisis de 2005 fueran algo novedoso. Después de todo, la crisis europea no es nueva ni reciente. Se instala incluso antes de que comenzara su andadura la actual Unión Europea.
 
Mejor dicho, Europa es una crisis en sí misma. Busca su propia identidad y goza de creatividad ideológica, pero carece de la fuerza o convicción necesarias para mantenerlas. Ha vivido en una permanente crisis desde que nace como continente (aunque no lo sea en un sentido geográfico estricto) y bajo la denominación de Europa, nombre que corresponde a una de las hijas del Agenor rey de Tiro, raptada de tierras fenicias por Zeus disfrazado de toro para llevarla a la isla de Creta, donde tiene su cuna la civilización europea, según la mitología griega recogida en la obra Idilio , del poeta siciliano Mosco.
 
Ahora y antes, el problema de la sociedad europea está en la debilidad de sus convicciones o en la facilidad con que es atrapada y sometida por el oropel de la riqueza ficticia. Como decía en octubre de 1908 el periodista y filósofo francés George Sorel (1847-1922): "Europa es, por excelencia, la tierra de cataclismos bélicos. En este sentido los pacifistas o son tan estúpidos que ignoran las leyes más elementales, o por el contrario, tan maliciosos que viven demagógicamente de sus embustes".
 
Cuatro años más tarde (1912) exclamaba: "Europa, ese cementerio poblado por hombres que cantan antes de matarse. Franceses y alemanes cantarán muy pronto". Cantaron y murieron por defender el poder económico de las grandes potencias. Los vencedores humillaron a los derrotados con el Tratado de Versalles y los llamados "felices años veinte" se revelaron como falsos y como caldo de cultivo para el segundo enfrentamiento bélico.
 
Hoy, puede añadirse que Europa es una gran paradoja: quienes ayer (1968) siguieron con pasión revolucionaria las proclamas de Herbert Marcuse contra el consumo, lideran en la actualidad la globalización neoliberal, que es por definición incompatible con los cimientos de solidaridad que iluminaron el nacimiento de la Unión Europea.
 
No se trata de descalificar la globalización en sí misma, un término acuñado en 1990 por el japonés Kenichi Ohmae. De hecho, la globalización ha existido desde que el hombre descubrió el intercambio de productos y el comercio, siendo beneficiosa para la Humanidad. El peligro, la erosión social, llega cuando la globalización está acompañada por el neoliberalismo porque somete a los gobiernos bajo los caprichos de las multinacionales y seduce a una parte de la sociedad con las prebendas del hedonismo y la riqueza fácil aunque sea en detrimento de los más débiles o pobres.
 
Si George Sorel viviera ahora quizás exclamara que "Europa es capaz de aplaudir con admiración lo que mañana rechaza con desprecio". Así ocurrió con el proyecto paneuropeísta de Coudenlove-Kalergi (1924), o con la propuesta de Unión Europa de Arístide Briand y Gustav Streseman (1929) o con la resolución que el Parlamento Europeo sacó adelante gracias a la persistencia de Altiero Spinelli (1985). Cualquiera de estas iniciativas fue recibida con gran entusiasmo y rechazada poco después por la realidad política, enmascarada en el llamado pragmatismo.
 
Esperanzadoras ideologías, realidades desilusionantes
Y así está ocurriendo ahora porque la historia europea es una sucesión de esperanzadoras ideologías que se materializan en realidades desilusionantes, como el proyecto europeísta que hoy agoniza. Un proyecto que nace el 9 de mayo de 1950 en París con la declaración de Robert Schuman, cuando hace suyo un grito desgarrador: No más guerras, para proponer la creación de una Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA) y evitar nuevos enfrentamientos bélicos como los protagonizados por Francia y Alemania desde 1870 (guerra franco-prusiana por la soberanía de Alsacia y Lorena).
 
Pero todo ello ha quedado abandonado en el olvido. La crisis europea no es el desacuerdo presupuestario o las negativas francesa y holandesa al Tratado Constitutivo. Es un problema de identidad individual y europea con un proyecto que exige generosidad y altura de miras. Unas condiciones que se diluyen como el azucarillo lo hace en un vaso de agua.

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