Unai Grajales
09Octubre
2005
09 |
Opinión

Volantazos

Unai Grajales
Octubre 09 | 2005 |
Opinión

Cualquier proyecto político necesita, si se me permite el símil, de volante, acelerador, freno y retrovisores si uno no quiere ir a piñón fijo y empotrarse contra la primera curva que aparece en la carretera ni que le embistan el resto de coches con los que necesariamente hay que compartir la calzada. También, como en cualquier ámbito de esta vida, antes de girar la llave de contacto es importante saber de dónde se sale y adónde se pretende llegar.

En política como en automovilismo, dar bandazos es una práctica enormemente cuestionable. Cuando se trata de un coche, recurrir a giros bruscos del volante nos puede permitir esquivar algún bache, aprovechar al máximo el peralte o derrapar durante unos metros siendo conscientes de que estamos jugando con la integridad del vehículo, nuestra propia vida y las del público que se agolpa en las curvas. Cuando de lo que se trata es de un partido político, los bandazos se pueden utilizar para arañar votos mediante el puro oportunismo, para jugar al despiste con el adversario o sencillamente por falta de una línea ideológica clara, pero lo que entonces se pone en juego es la confianza del electorado y la propia estabilidad institucional.

 

El estilo de conducción que la ejecutiva del Partido Socialista alavés ha venido aplicando en los últimos meses deja de ser el del puro volantazo para convertirse directamente en una serie de vueltas de campana muy aparatosas, muy sonoras, pero que sólo sirven para revelar una profunda desorientación. Visto lo visto, hoy más que nunca resulta difícil adivinar en qué sentido circula el PSOE, dónde tiene la derecha y dónde la izquierda, cuál es su destino y si los frenos funcionan.

 

Sólo tenemos que analizar el recorrido de los últimos meses. El Partido Socialista ha reiterado durante todo el verano la posibilidad de presentar una moción de censura contra los que ellos mismos situaron en una no merecida “pole position” y posteriormente se ha negado a favorecer las presentadas por el tripartito contra Ramón Rabanera y Alfonso Alonso. No sólo eso. Además, el volumen de su casete les ha impedido escuchar todos los llamamientos al diálogo que se les han hecho durante todo un mes incluso por escrito. Los que pretendíamos conocer cuales eran sus condiciones para favorecer un cambio de gobierno abierto, integrador y de progreso en Vitoria y Álava nos hemos tenido que conformar con ver su coche pasar a toda velocidad y con la música a tope. Otro ejemplo es el decidido acelerón socialista a la fusión de las cajas vascas y la posterior marcha atrás alegando una “contaminación política” que sólo ha fomentado el PP de Álava. Y ahí está también la propuesta de un acuerdo entre PP, PSOE y PNV para salvar la situación de desgobierno en las instituciones alavesas cuando ni siguiera son capaces de lograr el entendimiento en el seno del propio Partido Socialista.

 

Resulta muy difícil conducir cuando se vive en una incongruencia permanente y en el coche nos acompañan otras cuatro personas empeñadas en orientar el volante cada una en una dirección diferente. Es entonces cuando lo más recomendable es parar el vehículo, tomar aire y realizar una serie de ejercicios fundamentales.

 

En primer lugar hay que analizar desde el realismo las posibilidades del automóvil. Los socialistas alaveses viven instalados en la equivocada idea de que representan a un tercio de la ciudadanía cuando los números dicen claramente otra cosa tanto en las Juntas Generales como en el Ayuntamiento.

 

En segundo lugar hay que tener muy clara la posición en el vehículo. El Partido Socialista evidenció a comienzos de legislatura que su ubicación natural era la de copiloto del PP en las instituciones, apoyando la labor del conductor desde la investidura. De repente, hace amagos de abandonar el bólido en marcha pero ha bastado un acelerón del PP para que rechace semejante idea. Ahí están los ejemplos de la fusión de las cajas y las mociones de censura.

 

Por último y aunque parezca una perogrullada, hay que lograr que el coche ande, hay que moverse, lo que resulta muy difícil si el principio político fundamentales el del puro inmovilismo. No sólo inmovilismo como partido, sino voluntad de “que nada se mueva en Álava” de ahora a los comicios del 2007. Esto se traduce en un apoyo tibio a los gobiernos del PP para que no hagan absolutamente nada. Se traduce en una labor de oposición que denuncia la ingobernabilidad tanto en el Ayuntamiento como en la Diputación sin aportar las soluciones necesarias para resolver esta situación.

 

Al final, la cuestión es que hay quienes pretenden ir de Fernando Alonso por la vida pero, al no soltar el freno de mano por  pánico al cambio de rasante, no pasan de Sor Citroën.

 

En el fondo, esta estrategia, tan concomitante con la del perro del hortelano, no puede tener otra consecuencia que la de la pérdida de oportunidades y una parálisis añadida a la que ya sufren Álava y Vitoria. Y tan preocupante es quedarse quieto como no saber a dónde se va.

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