Opinión
Diario de Noticias de Álava
Bolsa Bolsa Juegos Juegos Mujer Mujer Directorio Directorio Alava Virtual Alava Virtual Foros Foros Diario de Noticias de ÁlavaLunes, 10 de octubre de 2005Canales Comunidad Foros Directorio Hemeroteca
OPINIÓN SOCIEDAD POLÍTICA VECINOS ECONOMÍA DEPORTES MIRARTE
El periódico de todos los alaveses - Arabar guztion egunkaria
Tribuna Abierta
Piensa mal (y la nación catalana)
por josé ignacio lacasta zabalza
un refrán castellano, de más alcance social que sus apariencias, reza: piensa mal y acertarás. Se presenta como el colmo de la sabiduría popular y no es otra cosa que una máxima cateta –y poco práctica– que aconseja calibrar siempre las intenciones del prójimo y, además, suponer de entrada que son aviesas, retorcidas o simplemente malas. Américo Castro y José Bergamín, en diferentes tonos y medidas, arremetieron críticamente contra la moraleja reaccionaria de ese tipo de refranes y el daño mental que causan.
Es curioso, pero el mundo moderno de los grandes negocios exige un alto grado de mutua confianza (y no en vano Trust en inglés se titula un interesante análisis al respecto del sociólogo F. Fukuyama). En las transacciones mercantiles, la burguesía europea –que no ha sido una clase precisamente tonta para sus intereses– exigió en sus códigos que, para todo tipo de acuerdos, la buena fe se presume. Porque, de lo contrario, no hay manera de concordar absolutamente nada. A lo que hay que añadir: que lo mismo sucede en la política y en la vida misma. Cuando se recurre a la desconfianza por sistema, ya no hay nada que hacer entre dos partidos políticos ni entre dos personas que se han querido. Son dos modos de ver las cosas bastante antagónicos que tienen su traslación a la política, como puede contemplarse estos días a propósito de las discusiones –bastante salidas de madre– sobre el Estatuto catalán. Independientemente de lo que salga al final, de sus ajustes y desajustes constitucionales, parece que las pasiones –que no son razones– se han dado encuentro en un punto: en el de la definición de Catalunya como nación. El Consell Consultiu de esa comunidad autónoma ha dictaminado, con ponderado juicio, que ese término no tiene nada del otro jueves –como ya lo dijera en su día el actual presidente del Consejo de Estado– cuando la Constitución habla con toda claridad de nacionalidades. Y cuando por su parte el Diccionario de la Lengua de la Real Academia asegura en su voz nacionalidad, que ésta es: "Condición y carácter peculiar de los pueblos e individuos de una nación". Visto desapasionadamente este asunto salido de sus casillas se deduce que hay muchas ganas de rizar el rizo por diferentes motivos. Pero también hay quien posee sus razones y prevención contra el uso de nación referido a Catalunya.
Nicolás López-Calera, autor de diversos libros y trabajos sobre los nacionalismos, y persona de indudable valía intelectual, ha publicado estos días en el diario granadino Ideal (26.9.05) un meditado artículo titulado El derecho a ser un Estado. En él pide sensatamente a los nacionalistas españoles "un razonable realismo político" con respecto a los otros nacionalismos históricos y al catalán en particular. Realismo que, a tenor de lo que se lee y escucha recientemente (desde Rajoy a Chávez, pasando por Simancas o Rodríguez Ibarra) buena falta les hace. Parece que hayan caído de repente en la cuenta de un viejísimo asunto: que los nacionalistas defienden el nacionalismo y que los partidos de izquierda catalanes han hecho siempre suyos los derechos nacionales de Catalunya. Pero López-Calera expresa una inquietud –de la que participa– bastante común en la sociedad española. En sus textuales palabras: "Lo que amenaza, según muchos, es que esa reivindicación terminológica sea un argumento para reclamar más autogobierno y para hacer menos traumática su constitución como Estado independiente". Incluso el léxico de López-Calera está lleno de expresiones como "se teme" o "amenaza", porque su desvelo principal –como el de muchas personas– lo constituyen los temores y desconfianzas a lo que puedan hacer la población catalana y sus fuerzas políticas. Pero, ¿miedo a qué? se pregunta uno. No hace falta poseer el optimismo antropológico del presidente del Gobierno español para saber que, efectivamente, hay sectores independentistas en la sociedad catalana (y en la de Euskal Herria, dicho sea de paso). Pero también que ni el PSC ni ICV ni una gran parte de la comunidad civil de Catalunya, ni CIU (más allá de sus maniobras políticas y regates en corto), están por la labor de crear un Estado independiente. Habría que inquirirse en realidad: ¿tenemos miedo de la libertad de expresión? ¿no pueden expresarse opiniones independentistas porque sientan mal a quienes creen a pies juntillas –y ya se ve que no son pocos– en su España uniforme donde solamente cabe la nación española? O dicho de manera más cruda: ¿cuáles son las intenciones de las fuerzas políticas de Catalunya? Porque quien piense en Maragall como una especie de segundo Macià que promulgue el Estat catalá, no se apoya en nada concreto y se equivoca de medio a medio y en todos los sentidos. Son independentistas quienes expresan tales ideas con toda claridad (Esquerra Republicana) y no lo son quienes dicen no serlo. Estas personas y fuerzas independentistas, que tienen todo su derecho a proclamarlo, son las mismas que desean un Estado para Catalunya. Así de sencillo, porque afirmar lo contrario viene a dar en convertirse en aldeanos socios del piensa mal y acertarás.
Sociedad del piensa mal de la que son accionistas principales Mariano Rajoy y los suyos. Pero en la que también tienen participación algunos socialistas como Bono y los ya citados anteriormente, incapaces de entender ¡a estas alturas! en qué consisten las pretensiones nacionales catalanas. No le queda poco trabajo a Rodríguez Zapatero para que comprendan el pluralismo político y cultural (recogido, por cierto, en la Constitución que tanto invocan en vano) los agitados socialistas partidarios de una España uniforme. En cuanto a Rajoy y compañía, no es broma, cada vez recuerdan más con sus argumentos a los esgrimidos por José Antonio Primo de Rivera contra el Estatuto de Autonomía de Catalunya durante la República española (ver si no sus Obras escogidas de 1959, pp. 287 y 899). Decía el líder faccioso que él no tenía inconvenientes hacia la autonomía de León, pero sí los formulaba para la de Catalunya. La causa joseantoniana no puede ser más peregrina. En León no había separatismo y en Catalunya sí. Cada competencia que se daba a la autonomía catalana era un dolor para José Antonio, un –decía– "separatismo que nadie refrena". Así que Mariano Rajoy se encuentra exactamente, con respecto a la autonomía catalana, en el mismo lugar que José Antonio Primo de Rivera en los años treinta y se hace las mismas preguntas que el propio José Antonio: "¿Qué quedará –se interrogaba sobre el Estatuto catalán el fundador de la Falange– de lo que fue la bella arquitectura de España?" Ahí están y no se mueven; sólo falta ya que se nos aparezca Acebes en una rueda de prensa con el pelo engominado, camisa azul y corbata negra