Opinión
07Agosto
2005
07 |
Opinión

¿INVISIBLES?

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Agosto 07 | 2005 |
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En días pasados repasábamos la lista de personas y entidades galardonadas desde los años 50 con la Medalla de Oro de Vitoria-Gasteiz, la más alta distinción que la ciudad otorga a quienes por su labor profesional trabajan en favor de la ciudad. Este año 2005, tanto Agustín Azkarate como Joaquín Jiménez han recibido esta merecida distinción. ¡Zorionak a los dos!

Haciendo un pequeño recorrido por la historia de las personas que han recibido la Medalla de Oro de la ciudad, tendríamos que irnos hasta 1953 para encontrar a la única mujer a la que se ha concedido esta distinción: Carmen Polo de Franco, sin comentarios. No encontramos más. Somos invisibles.

 

            Es cierto. Cuando se mira hacia atrás, lo que encontramos es que la historia de las mujeres ha estado marcada por la invisibilidad más absoluta y el silencio. Durante años hemos visto con tristeza cómo las historias contadas en femenino se consideraban bagatelas sin relevancia y cómo algunas ancianas que eran verdaderos archivos vivientes dejaban morir su memoria por culpa de una tradición que condenaba todo lo relacionado con las mujeres al olvido. Hay heroínas a la vuelta de la esquina, cuyas vidas nunca conoceremos porque callan tras un "lo del mi hombre sí que era importante".

 

            Ellas comienzan a hablar entonces de migraciones, de guerras civiles, de persecuciones, de trabajos en condiciones infrahumanas, de uniformes y de alta política. Dejan sin decir, sin embargo, que ese mundo de batallas, producción y vida pública se mantiene vivo gracias al trabajo reproductivo, doméstico, de cuidado y de custodia de las costumbres que realizan las mujeres en todas las culturas, y que en las últimas décadas se acumula al que hacen día a día en el mundo laboral, asociativo, empresarial, etc.

 

            El papel femenino en la memoria pública ha sido casi nulo a lo largo de la historia, hasta que en los años sesenta algunas profesionales empezaron a buscar en el baúl de los recuerdos y a encontrar muchas sorpresas inesperadas. Este trabajo de rastreo de la historia de las mujeres no ha sido fácil. Muchas firmaron obras con el nombre de sus maridos como la escritora María Lejárraga, o con un seudónimo masculino como Fernán Caballero o Georges Sand. Otras son consideradas oficialmente sólo colaboradoras como al principio madame Curie, que trabajó al lado de su marido durante diez años y sólo después del Premio Nobel conjunto obtuvo su primer puesto de trabajo remunerado.

 

            Así se han ido descubriendo escritoras que habían sido “sombras” de sus maridos toda la vida, científicas que habían realizado descubrimientos fundamentales antes de que nombres de varón los hicieran oficiales, viajeras que recorrieron los lugares más inhóspitos sin que se les dedicara ni una página, etc. Y junto a ellas, millones de mujeres con rostro y nombre borrados que trabajaron en las fábricas durante las guerras mundiales para sostener la economía de sus países, sombras femeninas que abrieron brechas en sistemas de opresión racista y sexista, madres de artistas que se empeñaron en sacarlos adelante, abuelas que cuidaron a toda una familia en las ausencias forzosas del secuestro político...

 

            Esa memoria es, junto con la personal, la que merece la pena rescatar y conservar. Para que en los libros de historia del futuro se refleje la realidad histórica femenina y plural que hubo detrás de la vida doméstica, de la lucha por el voto y de tantas otras cosas. Y para que los niños y niñas de hoy y de mañana se sienten cada noche a escuchar a sus amonas con respeto, con ganas de aprender y con la responsabilidad de saber que se convertirán en guardianes de esos recuerdos cuando ellas ya no estén. En mi caso, tengo muy claro que en mis abuelas hay Historia con mayúsculas y que pocas cosas serían más tristes que verla desaparecer por falta de atención. No sería justo ni para ellas ni para mí, y las que me sigan no me lo perdonarían. Con razón.

 

            Cuenten un día, por curiosidad, el número de noticias dedicadas a mujeres. Analicen luego, con un poco de tiempo, en qué secciones están y cuánto espacio se les dedica. Reflexionen al final: ¿Todas somos periodistas metidas a princesas? ¿Todas víctimas de violencia de género? ¿Todas inmigrantes ilegales en pateras? ¿Todas prostitutas clandestinas? La pregunta es dónde estamos la mayoría de las mujeres y nuestro trabajo diario. Porque aunque no lo parezca, hay miles de mujeres en empresas, en universidades, en política, en deporte, etc. Estamos por todas partes, insisto, aunque no lo parezca.

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