Opinión
30Julio
2005
30 |
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La debilidad del poder

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Julio 30 | 2005 |
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Que las cosas no suelen ser lo que parecen es algo que comprueba cualquiera al observar el actual panorama internacional. Da la impresión de que Estados Unidos ha ganado la batalla de la mundialización después de haber vencido en la Guerra fría. Pero lo cierto es que, contra toda apariencia, dispone de un poder que no terminan de gestionar adecuadamente. La unipolaridad genera nuevas formas de violencia que apenas puede controlar y el más fuerte se agota en un combate desigual que no acaba de resolverse a su favor. Lo que está pasando en Irak o los recientes atentados del llamado terrorismo internacional surge desde una absoluta desproporción entre las grandes superpotencias y unas redes de violencia tan elementales. La capacidad de hacer daño pone en apuros al más poderoso; unos pocos actores sociales, desorganizados o descentralizados, poco visibles y apenas institucionalizados, desafían a los más poderosos, que ni siquiera consiguen localizarles. La privatización de la guerra está posibilitada por lo barato que resulta constituirse en amenaza terrorista. Las armas modernas son inoperantes frente a las técnicas elementales de la masacre.

Todo invita a considerar que el poder, profundamente desestabilizado, es hoy más misterioso y contradictorio que nunca. Y la explicación de tal inestabilidad reside en su hegemonía; el poder no se enfrenta a alguien similar, no provoca a otro poder sino que produce contestación; en otra época, al afirmarse, el poder forzaba el respeto; ahora atrae la indignación, el rencor y el odio. Ya no suscita su doble sino su contrario, que no es lo mismo.

Esta es una de las principales aporías del poder en la actual escena internacional, que habla en contra del simplismo con el que entienden el poder los neoconservadores americanos. Nunca se habían concentrado tantos recursos de poder como Estados Unidos y nunca los problemas a los que se enfrenta han sido tan difíciles de liquidar por meros procedimientos de poder. Y es que el poder no se mide por los recursos acumulados sino que consiste en la capacidad de hacer o de impedir. Desde este punto de vista hay poderosos que se muestran como especialmente impotentes. Uno puede ejercer sus capacidades destructoras y fracasar ante las dificultades de la reconstrucción, porque ahí entran en juego dinámicas sociales que no son nunca totalmente dóciles. Se puede ser militarmente superior y no ganar, o destruir sin conseguir restaurar el orden. La ocupación político-militar de un imperio terrestre se revela como algo más arriesgado y más costoso que la penetración virtual en espacios mundiales por medio de las redes, el dinero o la información. En un contexto de interdependencia, donde desaparece la compartimentalización y las soberanías se debilitan, tiende a equipararse el más poderoso con sus rivales más insignificantes. El poder no desaparece y puede seguir aumentando su poderío e incluso llevando a cabo operaciones espectaculares, pero se ejerce en un contexto infinitamente más costoso y arriesgado. Esta elevación de los costes y los riesgos no puede ser compensada por un reforzamiento de los medios.

Nada hay más seguro que un poder que tiene enfrente a su doble. Esta simetría perfecta es precisamente lo que se ha abolido a favor de una profunda asimetría. La extinción de la bipolaridad ha complicado la naturaleza de los conflictos. Antes había un juego equilibrado, aunque fuera siniestro. Ahora, los terroristas que combaten lo hacen desde categorías completamente distintas, no se enfrentan en una lucha igualitaria, no tienen la menor esperanza de obtener algún beneficio de respetar las reglas comunes. De ahí su particular crueldad y obstinación. El poderoso está rodeado por una gran cantidad de pequeños productores de violencia, que no se le enfrentan movilizando ejércitos regulares, sino que ponen en escena actores fugaces, efímeros, difícilmente identificables y poco organizados. En lugar de consagrar el choque frontal de los intereses nacionales, se alimentan del odio, el rechazo al otro y la frustración.

Desde hace tiempo la confrontación militar ya no es el juego único y exclusivo de la competición internacional. Lo inquietante de estas nuevas formas de conflictividad es que no parecen estar dirigidas, como las guerras clásicas, por el deseo de vencer sino por el de hacer daño, que no son inteligibles de acuerdo con categorías políticas sino desde claves psicológicas y culturales. La escena mundial ha tomado un giro incierto e imprevisible: el poder ya no tiene enfrente a un actor colectivo o a un interlocutor autorizado contra el que pudiera adoptar una determinada estrategia, sino a un conjunto de pequeños actores cuyos modos de reacción apenas controla. Se trata de un juego complejo lleno de pliegues y efectos perversos, en el que cada uno reinterpreta los mensajes en su propio sistema de referencias, en el que no hay ningún horizonte final de negociación y compromiso. El problema ya no son los Estados, por muy "canallas" que puedan ser, a los que siempre cabe considerar como posibles interlocutores de una negociación futura. Son conflictos que tienen como protagonistas a redes menos vulnerables que los Estados, insensibles a las presiones militares o diplomáticas, y que ya no están tutelados por las grandes potencias, ni son clasificables de acuerdo con aquella lógica bipolar.

El poder confiere, en la escena internacional desregulada, una capacidad engañosa. La ilusión unipolar trata de obtener el máximo de ventajas de un juego solitario. El soberanismo americano se cree protegido frente a toda revancha y dispensado de cualquier control. Pero en la medida en que se deja seducir por las ventajas unilaterales a corto plazo, se priva de los beneficios de un sistema en el que rigen también lógicas de interdependencia. No se puede gobernar en función únicamente de lógicas de poder. Poco a poco nos vamos dando cuenta de los fracasos a los que se condena quien está demasiado seguro de su superioridad. Paradójicamente la unilateralidad hace al poder más visible y vulnerable, que es justo lo que se pretendía evitar. Todo nuevo ejercicio de poder unilateral se condena a provocar una escalada, suscita un comportamiento de resistencia y de rechazo por parte de las poblaciones implicadas. La hegemonía es una fuente de inestabilidad. En un orden multilateral, cuando se trata de proteger aquellos bienes que implican cooperación y vigilancia, que exigen una gestión globalizante, la influencia está llamada a reemplazar progresivamente al poder.

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