Opinión
12Enero
2005
12 |
Opinión

El Plan

Opinión
Enero 12 | 2005 |
Opinión

Javier Sábada

Opinión

Deia


La aprobación por parte del Parlamento vasco del llamado Plan Ibarretxe ha caído sobre esta orilla madrileña con más fuerza que un maremoto. De ahí que las reacciones hayan sido de defensa, toque de corneta y alerta generalizada. Ha habido cierre de filas y llamada a reservistas de todo tipo. Los últimos en llegar han sido los obispos. Dando al César lo que el César les ha pedido, han escrito que estamos ante un proyecto inmoral e inaceptable. No sabía yo que el gobierno estimara tanto el concepto de moralidad de los obispos. Porque si éstos tienen la misma sensibilidad para hablar del plan en cuestión que para hablar de los homosexuales, el gobierno en pleno tendría que haber abrazado con entusiasmo tan peligroso plan. Pero bueno es lo que sirve para el convento y todos contentos con que la Iglesia también se sume a la cerrada defensa de la Constitución contra un proyecto que no sólo desgarraría sino que abriría en canal la nación más antigua, se nos dice, de Europa.

Llama la atención que los primeros de la fila a la hora de contraatacar la propuesta de los partidos políticos vascos mayoritarios hayan sido periodistas, políticos con afán de defender su casa y otros aficionados que han encontrado ocasión para sacar a relucir todos los males del nacionalismo; o, mejor, de un determinado nacionalismo. Es verdad que en algunos casos hemos encontrado discusiones, más o menos académicas, sobre el estatuto jurídico del proyecto; pero han sido pocas voces, con tonos más de alarma que de estudio serio y guiados por la corriente general. Incluso ha habido quien ha creído meter un gol a la propuesta refiriéndose a las contradicciones, desacuerdos o supuestos incumplimientos de promesas del lenhendakari. Puede ser. Pero de ahí poco se saca y se deja de lado la esencia del problema. En otros casos se han cometido un par de falacias (es decir, argumentaciones inválidas, y no falsedades, como muchos suelen creer) de bulto. Por ejemplo, la encendida acusación de que todo el plan se basa en un concepto ya superado de nación. Que ese concepto está superado no lo dudo. Desde Durkheim a Weber, pasando por Musil, lo denunciaron. E hicieron bien puesto que se trata de una idea, como mínimo, confusa. Sólo que, inmediatamente y sin vergüenza alguna, sostienen que la nación española es el soporte inamovible sobre el que debe basarse el orden jurídico del Estado español. Si eliminan una nación, que eliminen todas y así saldrá ganando la lógica. Y, por otro lado, se insiste en que el debatido (o, mejor, debatible, porque por lo general se le rechaza y santas pascuas) plan divide a la sociedad vasca. A lo cual se le podría responder de tres formas. En primer lugar, que ya está dividida, como lo ponen de manifiesto en todas las elecciones los votantes vascos. En segundo lugar, que el Estatuto, al que se le conceden ahora virtudes casi milagrosas, divide igualmente puesto que más de la mitad de los vascos están en desacuerdo con él. Y, finalmente, que una división bien llevada no es mal ninguno. Precisamente los que tanto hablan de pluralismo tendrían que aceptar que si éste puede existir dentro del Estado español, de la misma forma (a no ser que se les considerara inferiores) podría existir una comunidad vasca con individuos que opinaran de manera diversa respecto al modo de ordenar su convivencia.

 

¿En dónde reside el núcleo del problema? ¿En dónde está el punto sobre el que habría que discutir en vez de referirse a modo de palo amenazante al artículo 155 de la Constitución o al Título VIII? Pienso que sobre lo que tendrían que centrarse todos los que, lejos de fantasmas ya superados de nación o de estado, pongan los ojos en una Europa viva y democrática es sobre lo siguiente. Es probable que la Reforma del Estatuto, tal y como la presenta el Plan Ibarretxe, entre en conflicto con la Constitución española. Pero entonces la raíz del problema, tal y como sucedió, al menos en Quebec, es qué hacer cuando una parte considerable de individuos está en desacuerdo con la Constitución en curso. Dicho de otra manera, qué hacer cuando la democracia, que es lo que importa, choca con un texto legal. Aplicado a nuestro caso, una parte importante, si no mayoritaria, de vascos no está de acuerdo con la Constitución española. O, si se quiere expresar con más fuerza, desea la libre determinación para, según los resultados, tener con el resto de España una relación distinta a la que actualmente tienen; incluida la pura y simple independencia, al menos en términos teóricos, dado que la idea de independencia en un mundo globalizado hay que tomarla con muchas restricciones. Otro tanto ocurriría con el concepto, inaugurado por Bonino, de soberanía. La soberanía individual está en su punto, la de los estados, a no ser que se síga- les divinizando, es algo que deberíamos ir retirando de la circulación.

 

Pero si esto es así, estamos ante un problema político. Un problema político como hay tantos en este mundo. Más aún, y aunque suene a perogrullada, la política consiste en resolver problemas políticos. Y uno más es el de la organización y reorganización de los estados. Si el filósofo Hegel afirmó que hubo un tiempo sin estado, otro con estados y tal vez lleguemos a una época en la que hayan desaparecido, podemos añadir, haciéndonos eco de tales palabras, que sólo se agarran a la esencia de una nación, como el perro a un hueso, los que todavía, con la imaginación en siglos pasados, creen que algún dios o demiurgo ha creado, con su dedo, lo que han de ser los estados. Es éste el nacionalismo retrógrado, el que es incapaz de reconocer que son los ciudadanos los que, democráticamente, deben decidir cómo desean vivir. Ante esto ni lloros ni rasgarse las vestiduras sino simple racionalidad.

 

Pero queda una última cuestión. ¿Cuál es la actitud de los que viven en Euskal Herria? Porque uno tiene la impresión de que en vez de hablar de la democrática decisión de los individuos vascos, los partidos, en trincheras, se encierran en sus respectivos aparatos. Los partidos en el poder deberían no ya explicar el plan sino desarrollar, da vergüenza repetirlo una vez más, todo un conjunto de prácticas de cultura ciudadana. De eso poco se ve por ninguna parte. Por cierto, ¿cómo se casa el proyectado plan con el sí a una pseudoconstitución que, entre otros defectos, le ahoga? Y si nos volvemos a la universidad o a los que, por su situación social, deberían debatir, dar argumentos a favor o en contra de lo que está en juego, lo que aparece es un verdadero páramo. Nadie arriesga nada y todos a la espera de lo que ocurra. Respecto a la Izquierda Abertzale, habría que decir algo semejante. Existe una oportunidad excelente. La cuestión no es sólo luchar por los derechos que uno cree tener. La cuestión, además, está en pensarlos e ir tejiendo toda una serie de conceptos y de prácticas que conduzcan a una meta concreta. Mi escepticismo en este punto es grande. Tengo la sensación de que seguirá la guerra de codazos entre unos y otros. Por aquí, desde luego, ven las cosas, como ya indiqué, de otra forma. Piensan que una unión profunda nacionalista avanza como una ola. Y que está dirigida con una fuerza irresistible. Tanto es así que se oyen comentarios -es rigurosamente cierto- de este tipo: «Acabaremos echando en falta a Arzalluz».

COMPARTE