Josu Erkoreka
31
Diciembre
2004
Opinión

El año de Aguirre

Josu Erkoreka
31
Diciembre
2004
Opinión

Josu Erkoreka

Opinión

Deia


Josu Erkoreka

Durante el año que concluye se ha cumplido el primer centenario del nacimiento de José Antonio Aguirre. Con tal motivo, diversos colectivos, asociaciones e instituciones han organizado eventos y desarrollado actividades destinadas a rememorar su figura y su trayectoria política. Aunque resulte difícil de sintetizar en pocas palabras la compleja personalidad de quien fuera el primer lehendakari vasco, no creo exagerar si afirmo que hoy Aguirre es recordado, en general, como un hombre que reunió en su persona grandes cualidades: integridad, humanismo, honestidad, inteligencia, habilidad política, optimismo, capacidad de integración y, sobre todo, lealtad a la democracia, en un momento en el que Europa estaba empezando a ser carcomida por el virus fascista.

Sin embargo, no siempre ha sido así. Hubo un tiempo en el que la prensa española, los publicistas del régimen y los intelectuales orgánicos desarrollaron contra Aguirre una brutal campaña de desprestigio, orientada a denostar su figura, presentándola ante la opinión pública como la encarnación misma de la necedad, la incompetencia y la perversión.

Entre 1937 y 1940, y aun en los años siguientes, diarios como "El Correo Español", "ABC", "El Pueblo Vasco", "La Gaceta del Norte" o "El Diario Vasco", periodistas y escritores vascos como José María Salaverría, Jacinto Miquelarena, José Goñi, Aureliano López Becerra, o Ramón Sierra, e intelectuales de impronta falangista como García Sanchiz o Eugenio Montes, contribuyeron con gran tenacidad a la construcción de un discurso en el que se presentaba a Aguirre como un personaje mediocre, perturbado, ruin y megalómano que, acuciado por su delirante ideología nacionalista vasca, se había lanzado irresponsablemente a pilotar el bufo, ridículo e imposible proyecto de la República vasca.

Para el lector actual, la recensión de los cientos de artículos, folletos y publicaciones de todo tipo que conformaron esta magna campaña de desprestigio resulta sumamente ilustrativa. Porque, entre otras cosas, le permite descubrir que nada nuevo luce bajo el sol cuando se trata de acosar al nacionalismo vasco, descalificar sus proyectos y refutar a sus líderes. Todo está inventado desde hace muchísimo tiempo. Exactamente igual que ahora, hace casi setenta años, todos los recursos de la (in)comunicación fueron activados para echar por tierra el buen nombre de una persona de intachable trayectoria personal: La mentira, la simplificación absurda, el denuesto, la ridiculización, el sarcasmo y hasta la calumnia. He aquí una pequeña muestra de los términos en los que se desarrolló esta campaña, que podría ampliarse casi ilimitadamente.

Siguiendo una -ya antigua- línea crítica que ironizaba con acritud sobre el hecho de que algunos líderes nacionalistas vascos, como Horn, Chalbaud, Sota o Monzón se proclamasen seguidores de Arana exhibiendo apellidos de origen foráneo, se puso en circulación la absurda especie de que tampoco Aguirre era vasco, sino "natural de La Rioja, de un pueblo llamado Muilla. En este pueblo -se aseguraba- su abuelo tenía el negocio de los chocolates y con él iba viviendo". Pese a su falsedad, la emisión radiofónica de este dato, por boca del general Queipo de Llano, le dio una gran difusión. La prensa vasca afín a Franco lo proclamó acríticamente a los cuatro vientos.

Por lo demás, Aguirre fue presentado como un individuo literalmente atravesado por las patologías psíquicas. El rasgo de su personalidad que más destacaba tenía que ver con un delirio de grandeza que a duras penas ocultaba su natural mediocridad. "Era Aguirre -afirmaba "El Pueblo Vasco"- uno de esos jóvenes ambiciosos, empeñados en sobresalir por la audacia, pero sin talento y sin originalidad, para alcanzar el éxito por su propio esfuerzo". Pero como su humilde origen no le permitía dar satisfacción a aquella incontenible megalomanía, se le acusó de haber cultivado obsesivamente compañías de alta alcurnia: "Hijo de familia de regular acomodo, su primer cultivo fue el de las amistades provechosas que le autorizaban a aquellas preeminencias sociales que la propia modestia de su cuna le negaban".

Como futbolista -se decía- fue un auténtico desastre. "El Pueblo Vasco" anotaba en julio de 1937 que Aguirre "tenía la cualidad preeminente de la cobardía: la de crecerse ante el débil y retroceder frente al que era tan fuerte como él. Con tales psicologías, era un virtuoso del balón cuando no encontraba enemigo, era lo que se dice "un jugador bonito", pero ineficaz, negativo, cuando para ganar era necesario arriesgar algo.

También le negaron la cualidad de buen estudiante. El periodista Ramón Sierra destacaba que cursó los estudios de Derecho "con un expediente académico gris". Y un largo artículo publicado en "El Pueblo Vasco", destacaba su "reducida formación intelectual" y su condición de jurista "sin experiencia". Con respecto al ejercicio de la profesión, García Sanchiz observaba que fue "abogado de pobres, defensor de aldeanos que no era ni mucho menos jurisconsulto a la manera de los grandes prestigios de la abogacía bilbaina". Pese a su mediocridad, pudo, sin embargo, destacar en el mundo nacionalista porque, al decir de Sierra, "Era el tuerto en la clásica tierra de los ciegos". Reunía todas las cualidades para sobresalir como líder de un movimiento político arcaizante, simple en sus planteamientos y sórdido en sus fundamentos como era el nacionalista vasco. "El Pueblo Vasco" lo resumía así: Aguirre era un "muchacho fanático, de formación deficiente [y] dominado de megalomanía". En este mismo diario, el testimonio personal de alguien no identificado avalaba punto por punto todas estas acusaciones, desde la atalaya de la experiencia: "los que habíamos convivido con él por una u otra causa, teníamos una menguada pero exacta idea de sus dotes [...] Su deficiencia mental sólo encontraba refugio en la femenil vanidad".

La sinceridad de su intenso catolicismo fue también puesta en cuarentena: "El católico Aguirre, a pesar de su fervor y de su comunión diaria, ha dado pasos hasta los dinteles de la masonería", bramaba, acusador, el "ABC" en diciembre de 1938.

La burla gratuita que combinaba en un coctail insultante la ridiculización de su figura con la descalificación genérica del nacionalismo vasco fue igualmente utilizada con gran profusión. He aquí un fragmento entresacado de los muchos de este tipo que le dedicó "El Pueblo Vasco": "¡Oh lagun, José Antonio Aguirre!, ¿nigromante o chuchumeco? Buda, Buda, iluminado de lo alto, de un microcosmos político. Encarnación plástica, -nariz aguileña, mandíbula prominente, cráneo auténticamente vasco- de varios años de paranoiquismo Arana’tar Sabiniano". Miquelarena destacó especialmente en el uso de esta técnica. "Yo no sé exactamente -escribía en "ABC" tras la conquista de Bilbao por las tropas franquistas- qué calidad mental es la de Aguirre. Por sus actos y sus palabras hay que deducir que es una calidad mental muy deficiente. [...] Yo no sé si habrá castigo más severo para Aguirre que el de mostrarle Oviedo, Toledo y Santa María de la Cabeza, para que se sienta gusano y para que ese orgullo de raza, con el que tanto se ha especulado en el bizkaitarrismo, se convierta en un sentimiento de inferioridad". Fascinado por la metáfora el periódico de Luca de Tena se sumaba al coro de improperios, retratándole como "angula de hombre y cría de monstruo".

Pero las críticas más lacerantes se hicieron efectivas a la hora de valorar la labor desarrollada por el gobierno que presidió. Gaytán de Ayala observaba en "El Correo Español", que los miembros de aquel gabinete no eran sino una "pléyade de asesinos de prisioneros, estafadores del erario público, develadores del patrimonio privado y sátrapas de la peor ralea". Por su parte, "La Gaceta del Norte", recordaba al lehendakari como "...el mentecato que es el máximo responsable [...] del robo organizado de nuestros bancos, del saqueo de las principales casas bilbaínas". "El Pueblo Vasco" acusaba al lehendakari y a sus colaboradores de "asesinos indirectos". Para "El Diario Vasco" era un gobierno "grotesco y criminal". Y Miquelarena desarrollaba esta idea en el ABC, planteando una radical disyuntiva que al lector actual se le hace muy -pero que muy- conocida: "en lo sucesivo [...] no habrá mas que una línea divisoria: La que separa a los españoles de los asesinos". Y Aguirre, por supuesto, se encontraba entre estos últimos. Era, sencillamente, un asesino. Miquelarena describía sin inquietarse el modo progresivo en el debieron ir descubriéndolo los ciudadanos de Bilbao: "Al principio pensaban en el ‘chocholo’ de Aguirre. Luego en el idiota de Aguirre. Más tarde en el tontolico de Aguirre. A última hora, Aguirre no era para estos decepcionados de la espatadantza y del irrintzi nada menos que un asesino".

Llegados a este punto, las crónicas periodísticas se desbocaban sin freno. En un artículo publicado en "El Pueblo Vasco" se decía que "el megalómano Aguirre, con su ceguera demencial, ha llevado a Vizcaya a una situación catastrófica, inmolando a la juventud con un desprecio para las vidas ajenas, verdaderamente macabro, morboso". En otro número, este diario bilbaino evocaba a Aguirre como al "reyezuelo de trágica y bufa opereta (que arrastra) con despreocupación absoluta de la sangre y del barro que ensucia la infame investidura que se atribuyera". Para no ser menos, "La Gaceta del Norte" le recordaba como "...el mentecato que es el máximo responsable de la muerte de millares de muchachos vascos, del robo organizado de nuestros bandos, del saqueo de las principales casas bilbaínas, de la ruina de centenares de pobres aldeanos, en terrible éxodo continuo, de la desaparición, por crímenes horrendos, de familias enteras de los mejores apellidos de nuestro país y (...) de la destrucción total de Amorebieta, de Guernica, de Munguía, de los puentes de Bilbao". Aguirre era un ser verdaderamente monstruoso. "Es su sueño de orgullo delirante -insistía La Gaceta- el que ha arrasado, saqueado y ensangrentado Vizcaya. Sobre los cadáveres jugaba ganando. Victorioso, sería presidente de un Estado fantasma. Vencido, dejaría detrás de él los muertos".

Pero tras los desarreglos psicológicos del megalómano Aguirre, siempre se situaba el trasfondo de la demencial doctrina del nacionalismo vasco, que era el que había generado el humus que había hecho posible aquel desastre. Ambos, pues -lehendakari y nacionalismo- eran los responsables de lo ocurrido. Lo decía bien claro Ramón Sierra en "El Diario Vasco": "Solo queremos quede bien firme ahora nuestra acusación contra el nacionalismo vasco, responsable directo de la catástrofe y de todas las desolaciones que están aniquilando la tierra vascongada. Ellos fueron los que enloquecieron con doctrinas ridículas, mezquinas y absurdas a las gentes sencillas del país".

Creo que es bueno aprovechar el centenario del nacimiento de Aguirre para recordar, también, esta cruel campaña que hace siete décadas se desató contra él. Porque es generalizada la impresión de que estamos inmersos en otra similar que, sin duda, se intensificará en los próximos meses. Al tiempo.

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