Declaración del EBB en el 60 aniversario de los Tratados de Roma
24
Marzo
2017
Declaración

Declaración del EBB en el 60 aniversario de los Tratados de Roma

Declaración del EBB en el 60 aniversario de los Tratados de Roma
24
Marzo
2017
Declaración

Declaración


EAJ-PNV ha visto siempre en Europa una vía para resolver el encaje del territorio vasco como sujeto político en el concierto de las naciones. En 1916, en un periodo de eclosión de los Estados Nación, ya reivindicamos un espacio para Euskadi en la Europa de la posguerra. Desde la década de los 30 apostamos por el federalismo como vía para lograrlo. En este contexto, en 1933 se organizó el segundo Aberri Eguna bajo el lema ‘Euzkadi, Europa’. Tras la Segunda Guerra Mundial, en 1947, como fundadores de los Nuevos Equipos Internacionales, y un año después, en el Congreso de La Haya, propusimos y apoyamos que solo la transformación radical de los conceptos de soberanía y Estado nos aseguraba la paz, el bienestar y una posibilidad real de que la Nación Vasca participe en la construcción europea en pie de igualdad con el resto de Naciones del Continente. Ese es el verdadero significado para EAJ-PNV del lema ‘unidos en la diversidad’

El Tratado de Roma, cuyo sexagésimo aniversario celebramos hoy, fue uno de los hitos sustantivos en la buena dirección. La idea de Europa Unida concebida previamente para evitar otra guerra entre europeos tomaba cuerpo con un decisivo paso que requirió un fuerte liderazgo y proporcionó estabilidad, desarrollo y bienestar. Hubo que superar muchos dogmas para poner en marcha una gestión mancomunada de recursos económicos estratégicos y para proponer la misma idea del mercado común. El formidable éxito de esta iniciativa en términos de paz, estabilidad, prosperidad, democracia, justicia y solidaridad convirtió en europeístas a muchos ciudadanos.

Lamentablemente, ni el liderazgo, ni los principios, ni la convicción de los Padres del proyecto europeo están hoy presentes en la Unión. La creación del euro, el último gran logro del proyecto europeo, careció del arrojo fundacional que animó el Tratado de Roma. Una moneda única, sin gobernanza económica y supervisión financiera, sin la creación de una verdadera soberanía europea, reveló rápidamente sus pies de barro. Los Estados miembros negaron a las instituciones comunitarias las herramientas propias que requería esta nueva situación. Las políticas de austeridad, la deshumanización o la ruptura del principio de solidaridad componen la factura que estamos pagando por esa resistencia a ceder parte de la propia soberanía para construir nuestra casa común. El populismo y el neonacionalismo que amenazan hoy la Unión son lógicos herederos del comportamiento conservador de muchos capitales, especialistas en atribuirse los éxitos y en europeizar los fracasos.

En todo este proceso, el resto del mundo también ha ido cambiando. Los países emergentes y en desarrollo de los que se extraía renta y riqueza quieren vivir como nosotros y despiertan nuevos agentes y retos globales que ninguno de los Estados miembros en solitario, y menos Euskadi, pueden enfrentar. Nos encontramos ante un cambio global que se manifiesta en fenómenos como la crisis financiera o los problemas de violencia y desigualdad que dan lugar a movimientos de población inmensos, sin apenas referencias en la historia de la humanidad. Se derrumban paradigmas tradicionales alrededor del crecimiento económico y nos enfrentamos a retos inexcusables como el cambio climático. Frente a esta situación, la necesidad de una mayor integración política europea se antoja absolutamente indispensable. Solo un proyecto europeo verdaderamente federal tiene alguna oportunidad de ofrecer respuestas coherentes, realizables y eficaces, de cambiar el signo de los tiempos y de poner en el centro principal de sus políticas a las personas: su bienestar, su libertad, su futuro.

Por eso, hemos reivindicado siempre una Europa unida y fuerte, teniendo en mente desde hace años la Unión a dos velocidades como etapa intermedia para poder relanzar el proyecto europeo. Pero advertimos que esa cooperación solo será eficaz si asume que su estación término es la Europa Federal. La fórmula ‘Estado-Nación’ que funcionó en el siglo XX está ya caduca y no sirve para crear la soberanía compartida que necesitamos en el XXI, y eso deben asumirlo los Estados miembros. Mientras esto no sea así, Europa continuará seriamente limitada, y el resto de naciones que aún no hemos alcanzado la consideración de Estado legítimamente seguiremos aspirando a conseguirlo. La superación de las fronteras físicas y mentales que aún subsisten y también de los esquemas estatalistas es la clave para el renacimiento del proyecto europeo. Las naciones, como Euskadi, que ven en Europa su ámbito de reconocimiento y libertad deben ser avanzadilla en la construcción de una nueva forma de entender la identidad y la soberanía de quienes somos y nos sentimos naciones.

Solo desde esta actitud realmente federalista y con una verdadera gobernanza multinivel será posible integrar en Europa todas las realidades nacionales que en ella conviven, construir unas instituciones europeas sólidas y aplicar con eficacia el principio de subsidiariedad. Porque es urgente completar la Unión Económica, Financiera, Energética y Fiscal con un presupuesto propio de la UE y una red de infraestructuras que eliminen la fragmentación y añadan valor europeo a las inversiones de cada Estado. Esas son condiciones necesarias para un crecimiento que debe centrarse en los principios de la economía circular e integrar una agenda social que mitigue las desigualdades entre Estados y entre ciudadanos, garantizando unos mínimos estándares sociales a todos los europeos.

Solo compartiendo de verdad soberanía podremos construir una política común exterior y de defensa, creando un ejército europeo que juegue un papel en los conflictos que perturban la escena internacional. Solo así avanzaremos hacia una inteligencia europea en la que todas las organizaciones que trabajan en el ámbito de la seguridad cooperen unidas para prevenir y combatir la amenaza del terrorismo internacional.

En este panorama, el principio político en que se basa nuestra peculiar forma de autogobierno, una relación bilateral que obliga a compartir, a entender y reconocer al otro y finalmente a acordar, es una buena base de partida para seguir construyendo Euskadi. Por ello, insistimos en una refundación del concepto ‘Estado’ que facilite la suma voluntaria de personas y sociedades que debe ser Europa. Los resultados de esa forma experimental de reinventar la soberanía, en la que llevamos trabajando décadas, han dado origen a lo que hoy somos: una realidad nacional con un particular sistema de federalismo fiscal y capacidad real para intervenir en la realidad en los ámbitos en los que dimensión, conocimiento y proximidad nos hacen más útiles. Una singularidad reconocible en Europa, con identidad y prestigio.

Profundizar en esta estrategia, modernizarla, mejorarla, nos mantendrá en el territorio de innovación política, liderazgo y humanismo que nos demanda la sociedad vasca, que suma en Europa, que fue la base del éxito de los ‘Padres Fundadores’ y que hoy necesita, más que nunca, el proyecto europeo.

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