Iñigo Urkullu
19Ekaina
2011
19 |
Iritzia

Jorge Semprún se despedide de ustedes

Iñigo Urkullu
Ekaina 19 | 2011 |
Iritzia

Fue un inteligente ardid de editor que la autobiografía de Jorge Semprún la escribiera Federico Sánchez. La novela “Autobiografía de Federico Sánchez” (1977) nos ofrece un interesante recorrido por el franquismo y el antifranquismo, escrito en pleno período de transición  a la democracia. Semprún escribió este libro, como “exorcismo” o “ajuste de cuentas con su alter ego” en palabras de Vázquez Montalbán.  Un cuarto de siglo después, Jorge Semprún publica la novela “Federico Sánchez se despide de ustedes” (1993), un libro centrado en su experiencia como Ministro de Cultura en el Gobierno de Felipe González entre los años 1988 y 1991, un texto que nos permite participar en un recorrido por la transición política tras el franquismo.

Jorge Semprún se ha despedido, ha fallecido, y nos deja el relato de una vida reflejada en toda una obra literaria. Deja escrita la vida de un intelectual comprometido. Semprún vivió el exilio en Francia trasla Guerracivil, fue un activo militante comunista que luchó contra la ocupación alemana en Francia. En 1943 fue detenido y deportado al campo de concentración nazi de Büchenwald, donde durante año y medio conoció la muerte muy de cerca, hasta su liberación. Estos tiempos y vivencias los refleja en dos de sus libros: “El largo viaje” (1963), una auténtica biografía de la resistencia y “La escritura y la vida” (1994),  angustiosa memoria vivida del horror.

En 1945 Jorge Semprún adopta el sobrenombre de Federico Sánchez y lucha contra el franquismo como militante clandestino del Partido Comunista. El partido y la militancia capitalizan su vida durante un cuarto de siglo, milita desde el exilio y en las condiciones más adversas hasta 1964. Este año la duda se impone a la ortodoxia y es expulsado/abandona el partido, lo hace desde un planteamiento radicalmente crítico. El “propio Sánchez” afirma en el libro que “Carrillo me hizo expulsar en 1964 del Partido Comunista por crimen de revisionismo”.  

Federico Sánchez  “escribió  y firmó” los dos libros citados, su autobiografía y su despedida. Dos novelas en las que destaca el “doble juego” entre el personaje y el autor, un ejercicio de autoficción con una estructura literaria rigurosa e innovadora. Son dos novelas que contribuyen además a dar a conocer, y comprender mejor una parte de la conciencia intelectual y política de un período que abarca medio siglo crucial de nuestra historia.

Toda su obra literaria es un fiel reflejo de su personalidad comprometida con la defensa de unos ideales, con la asunción de la renuncia y el sacrificio personal, con la lucha por un ideal. Ese ideal es el “antitotalitarismo”, el compromiso con la lucha frontal contra el franquismo, el nazismo, el estalinismo y, en general, la barbarie contemporánea que representan la guerra y la falta de democracia.

El ministro Jorge Semprún.

El libro “Federico Sánchez se despide de ustedes” se enmarca en este “relato de vida” de Jorge Semprún. Es una obra literaria de calidad y altura que refleja un interesante período de la vida política, intelectual y cultural dela España–del Estado español- de finales de los 80. El mes de julio de 1988  Jorge Semprún es nombrado Ministro de Cultura del Gobierno español. Vivimos el momento álgido del socialismo gobernante,  la cumbre a la que se elevó Felipe González como secretario general del PSOE y presidente del “Gobierno del cambio”. Una cumbre desde la que, en coincidencia con la renuncia de Semprún en marzo de 1991, el socialismo comenzó  a deslizarse y declinar, lentamente al principio, para precipitarse después, hacia su derrota.

En estos momentos históricos, extraordinariamente complicados para el socialismo, resulta interesante releer la experiencia y revisar la visión que nos ofrece Jorge Semprún de aquel tiempo, de los acontecimientos de hace dos décadas. Una visión comprometida y crítica a la vez, “comprometidamente crítica”, en la que podemos encontrar muchas claves que explican las dificultades que hoy enfrenta el socialismo, como partido, como Gobierno y como movimiento político transformador de la sociedad.

Para comenzar, es interesante conocer las razones profundas por las que un escritor, un intelectual alejado de la política, acepta la responsabilidad de dirigir un Ministerio. Jorge Semprún afirma que no lo hace por “afán de honores y de notoriedad, que son el aspecto más superficial del poder”, sino que acepta el reto del “poder entendido como posibilidad de intervenir en el curso de las cosas, de modificar la realidad”. El intelectual se compromete con la política y lo hace con todas las consecuencias, consciente de que “hoy en día está bien visto hablar mal del poder político y de quienes son sus representantes, ocasionales o profesionales, pero hay mucha hipocresía, o mucho moralismo abstracto y hermético por parte de un intelectual cuando practica este desdén ostentoso de la política”.

Los acontecimientos que se producen durante los tres años de Semprún en el Gobierno de Felipe González adquieren/tienen una dimensión histórica muy especial. El año 1988 se cierra con la huelga general del 14 de diciembre, el 14-D que abre una sima entre el Partido Socialista y su tradición sindical. En 1989 tienen lugar las Elecciones Generales con la tercera victoria consecutiva del PSOE;  el mes de noviembre cae el “muro de Berlín”, un acontecimiento de gran impacto en la cosmovisión dela izquierda. En1990 Sadam Husseim invade Kuwait, dando inicio al proceso que culminará con “la guerra del golfo”. El mes de noviembre de este mismo año el PSOE celebra su XXXII Congreso, muy condicionado por las luchas intestinas entre “guerristas” y “renovadores”, entre el “aparato” y el gobierno, con el “caso Juan Guerra” planeando y enturbiando todas las relaciones. El mes de enero de 1991 se produce la dimisión de Alfonso Guerra como vicepresidente del Gobierno y el mes de julio de ese mismo año “se despide” Jorge Semprún del Ministerio de Cultura.

La pugna socialista.

Es un tiempo políticamente interesante, un tiempo convulso y de ruptura, a un lado los “guerristas” y al otro los “renovadores”. Jorge Semprún se posiciona con absoluta claridad, convirtiendo buena parte de su libro en una acerada crítica al sector encabezado por el vicepresidente del Gobierno, el “dueño” del aparato del partido, a quien ve obsesionado en una “guerrilla permanente”, una “batalla sorda” contínua en su lucha por el poder. Desde el arranque, desde el primer Consejo de Ministro al que asiste Semprún,  ya se percibe la “pugna” del autor con Alfonso Guerra, a quien describe “sentado en su butaca habitual, la que le estaba reservada. Nadie hubiera pensado en utilizarla, ni siquiera en su ausencia”. Semprún no se anda con rodeos: “la idea que Guerra quería dar de sí mismo en las innumerables entrevistas que concedía, siempre me ha parecido insoportable. Llena de suficiencia, de megalomanía, de intelectualismo kitsch, de donjuanismo andaluz de la más vulgar especie”. Y más: “Alfonso Guerra hacía el papel de un “hombre de Estado” estudioso y severo. Confundía el Consejo de Ministros con alguna de las compañías de teatro universitario que había dirigido en su  loca juventud”. Tampoco escatima “elogios”  a la hora de valorar sus capacidades en la dirección del Gobierno: “Alfonso Guerra presidía el Consejo. Y fue un desastre. No dominaba los dossiers, intervenía a trancas y barrancas, era incapaz de conducir la discusión y de hacerla progresar”.

Del bando “guerrista” recuerda sobre todo a Matilde Fernández y “Txiki” Benegas, pero “se ocupa” especialmente de Enrique Múgica, a quien había conocido  en 1953, en la casa de Gabriel Celaya en San  Sebastián. Dice de Múgica que “se había convertido en 1988 en un vividor, había terminando por fundirse en el molde del aparato “guerrista”, en el que un discurso populista de izquierdas permitía adornar y ocultar una práctica autoritaria y clientelar”.

Entre los “renovadores” tampoco se anda con rodeos. Primero, Felipe González, a quien describe como “excepcional en todos los casos imaginables: lo es como hombre de Estado y de poder, pero también como tribuno popular”.  Y además, “Carlos Solchaga era la más fuerte personalidad política del Gobierno. La claridad de sus intervenciones, su dominio de los problemas, la cultura que despuntaban sus palabras, a veces de un modo irónico”.  Y frente a Solchaga, Fernández Ordóñez, Solana o Almunia,  “la confusión creada por la verbosidad habitual de Alfonso Guerra y su cohorte de teóricos en vías de obsolescencia”.

En noviembre de 1990 se celebró el XXXII Congreso del PSOE, la oportunidad perdida para la integración, porque “los renovadores fueron derrotados estrepitosamente; lo lógico en un partido organizado según las normas del centralismo democrático, como lo estaba el PSOE de Alfonso Guerra y Txiki Benegas”. La valoración de Jorge Semprún es clara: “el guerrismo es la cultura del aparato, en que se osifican, se entumecen y enmudecen las tradiciones, los rituales y los gestos arcaicos”. Este fue el resultado del Congreso, y el antecedente que conduce a la doble salida del Gobierno, primero de Alfonso Guerra en enero de 1991 y a continuación de Jorge Semprún el mes de julio de ese mismo año. Fue la constatación de una ruptura cuyo resultado final se produciría en 1996, con  la derrota del PSOE enla EleccionesGeneralesy la caída del Gobierno de Felipe González.

De la cultura y de su ministerio

Federico Sánchez se dedica a la política, pero también a la cultura desde la atalaya de su Ministerio. Entre visitas y encuentros internacionales, en muchas ocasiones con el Museo del Prado como escenario, hay dos logros del ministro Semprún que es justo remarcar. En 1989 fallece Salvador Dalí y Jorge Semprún acuerda el “reparto del legado Dalí entre el Ministerio de Cultura yla Generalitatde Catalunya”. Lo hace con convicción y con la declarada oposición de su ínclito, y centralista, vicepresidente. Por otro lado, puso en marcha el acuerdo para la llegada a España de la colección privada del barón Heinrich Thyssen y su ubicación definitiva en el palacio de Villahermosa de Madrid, rehabilitado al efecto por Rafael Moneo en un “logro arquitectónico indiscutible”.

Semprún realiza en el libro un repaso completo de su gestión al frente del Ministerio de Cultura, en un ejercicio de gran transparencia y sinceridad. Considero justo, como despedida, dejar constancia de sus objetivos y su aportación, en palabras del propio Federico Sánchez: “Había puesto en marcha una serie de reformas (cinematografía, autonomía de los museos, relaciones con las comunidades autónomas, mecenazgo, etc.), cuyo denominador común era utilizar todos los resortes del Estado para desestatalizar las empresas culturales, para devolver la iniciativa y los recursos a la sociedad civil, rompiendo la rigidez de los corporativismos burocráticos”. Y como colofón, su obsesión: “además, había puesto el cascabel político a Alfonso Guerra, había denunciado la cultura arrogante y arcaica de aparato que él encarnaba mejor que nadie”.

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