Iñigo Urkullu
01Urria
2010
01 |
Hitzaldia

Congreso del PDE en Roma (Iñigo Urkullu)

Iñigo Urkullu
Urria 01 | 2010 |
Hitzaldia

La contribución de Europa a la paz mundial

Todos los que estamos aquí sabemos perfectamente que la Unión Europea nació como un proyecto de paz entre estados que habían hecho la guerra entre ellos cruelmente y durante muchos años. Aquellas guerras terminaron por el sueño eficaz de unos adelantados a su tiempo. Hoy constatamos que los países que forman parte de este proyecto europeo llevan más de medio siglo en paz. No es verosímil que ningún conflicto que pueda producirse entre ellos sean incapaces de resolverlo por medios pacíficos.

Lo que la temática de este encuentro parece plantearnos es si, además de internamente, Europa puede contribuir a la paz en el exterior de ella misma.

Propongo contestar afirmativamente a esta pregunta. Me parece que Europa tiene una gran fortaleza pacificadora en el mundo contemporáneo.  Pero está capacidad está en función de que seamos capaces de avanzar en cuatro objetivos:

- 1. La coherencia con el proyecto originario de la Unión Europa.

- 2. La consideración de Europa como una región del mundo con una importante responsabilidad en su devenir.

- 3. El contraste de nuestras decisiones políticas bajo la perspectiva de su servicio a la protección y desarrollo de los bienes públicos comunes de la humanidad y

- 4. La audacia para el despliegue de ese poder civilizador que nos caracteriza como europeos.

Voy a examinar brevemente cada uno de estas condiciones.

1.-  En primer lugar, la capacidad de Europa para impedir los conflictos violentos a escala global depende de que seamos coherentes con el desarrollo de la idea originaria del proyecto de integración europea. Este proyecto no era un mero sistema para equilibrar intereses contrapuestos sino una verdadera innovación política. Deberíamos ser conscientes de que estamos ante una de las mayores innovaciones políticas de nuestra historia reciente, un verdadero laboratorio para ensayar un nueva formulación de la identidad, el poder o la ciudadanía en el contexto de la mundialización. La crisis que está detrás del fracaso constitucional o la desafección generalizada ante la posibilidad de avanzar en la integración se debe fundamentalmente a una deficiente comprensión de lo que somos y de lo que estamos haciendo. Es una falta de comprensión y de convicción (entre los ciudadanos y sus gobernantes) acerca de la originalidad, sutileza, significación y complejidad de la construcción europea. Así se explican los miedos de los ciudadanos y las escasas ambiciones de buena parte de sus dirigentes.

Como decía Julia Kristeva, Europa no sólo tiene que ser útil, sino que también ha de tener sentido. Comprender Europa es el primer paso para conferirle un sentido e imprimirle una dirección. Es posible que durante un tiempo esta clarificación se considerara ociosa, pero ahora resulta ineludible tener una idea de Europa que explique su peculiaridad y las posibilidades que contiene. Y entre esas señas distintivas está precisamente la idea y la práctica de que el diálogo es la mejor forma de resolver los conflictos. Esa convicción explica por qué Europa ha estado generalmente a favor de las vías diplomáticas, el derecho internacional o el multilateralismo en los principales conflictos de la historia reciente.

 

2.- En segundo lugar, Europa debe sentirse más concernida con el mundo en general y menos en un escenario de competición contra él. Europa no puede concebirse como algo separado del mundo. Ese entrelazamiento - la conciencia de estar vinculados con el resto del mundo- ha sido una constante histórica en Europa. Esa referencia - que en otras épocas tuvo un impulso civilizatorio, comercial y colonial - ha dado a Europa una fuerza que continuamente la sustrae de su posible ensimismamiento.

Por eso puede afirmarse que el impacto de la globalización no supone ninguna ruptura especialmente original con respecto a su historia. Frente a la concepción de una Europa como unidad autárquica claramente separada del resto del mundo y en competencia con él, el experimento europeo no tiene otra justificación que representar el embrión de una verdadera cosmopolítica. Europa, que ha tenido siempre una cultura expansiva, puede encontrar aquí un horizonte de sentido.

La Unión Europea pone de manifiesto, aunque sea de manera incipiente, que la globalización no es una amenaza para la democracia sino una oportunidad para extenderla más allá de los límites del estado-nación. Europa es una forma especialmente intensa de elaborar un sistema global, una "world polity" en miniatura. La globalización, más que como una amenaza, como desafío o catalizador, ha de ser vista como una posibilidad para definir el proyecto europeo en términos globales. No se trataría tanto de tomar partido como actor global sino de promover otro modo de organización de las relaciones entre los actores. Estamos tratando de buscar el significado de la sociedad en un mundo en el que la coherencia social, la participación democrática y la legitimidad política están siendo redefinidas.

Las prácticas de gobierno de la Unión Europea cultivan una serie de disposiciones de alcance universal: la facultad de ver la propia comunidad con una cierta distancia, la aceptación de las limitaciones, la confianza mutua, la disposición a cooperar, un sentimiento de solidaridad transnacional. Europa no es ejemplar por una superioridad de algún tipo, sino porque el espacio público europeo es un caso representativo del hecho de que la mayor parte de las decisiones políticas no pueden adoptarse sin examinar su consonancia con los intereses de los otros. En ese sentido Europa puede considerarse como paradigma de la nueva política que está exigiendo un mundo interdependiente.  Europa ofrece una experimentación moderna de la formación de un mundo verdaderamente 'multipolar'.

Es, sin duda, uno de los mensajes que la Europa política puede proponer: multipolar ella misma, puede promover ese modo de organización; proyectando al exterior su propia práctica interna puede contribuir a 'civilizar' la globalización. El proceso europeo de integración política es una respuesta inédita, tal vez un día ejemplar, a las circunstancias que condicionan actualmente el ejercicio del poder en el mundo.

 

3.-  En tercer lugar, Europa debe poner la vista en los bienes comunes de la humanidad, en la seguridad de la humanidad y con el objetivo de avanzar en la gobernanza global.

El siglo XX ha terminado con el monopolio del que disfrutaban los estados en su calidad de únicos actores internacionales. Ni los estados están ya en condiciones de garantizar los bienes públicos interiores ni la mera yuxtaposición de estados soberanos es suficiente para garantizar los bienes públicos exteriores.

Los estados y el sistema de estados soberanos tienen unas grandes dificultades a la hora de promover la estabilidad, la seguridad, la prosperidad y otros bienes específicamente colectivos. Se está modificando la idea que teníamos de los bienes públicos, vinculados hasta ahora con una soberanía estatal que se encargaría de garantizarlos. Poco a poco tomamos conciencia de que se trata de bienes que no son divisibles entre los estados, como pasa con lo que se refieren al medio ambiente, la seguridad, la estabilidad económica, bienes simbólicos (fundamentalmente los derechos humanos), que no se prestan a una gestión soberana sin provocar graves efectos perversos. Las crisis mundiales, los problemas de seguridad o los riesgos globales no afectan únicamente a las comunidades nacionales más directamente concernidas sino al conjunto de la humanidad, por las consecuencias en cadena o los efectos derivados.

Los principales problemas de nuestras sociedades son sus bienes públicos y somos conscientes de que también han de ser comunes las estrategias con las que hacerles frente. Problemas como la polución del medio ambiente, el cambio climático y la explotación de los recursos naturales, la integración financiera y los riesgos a ella asociados, la desigualdad global y la explosión demográfica, el crimen global que se manifiesta en el tráfico de drogas y armas, todas ellas son cuestiones que han irrumpido en la agenda política debido a que la mayor integración de la economía mundial las acentúa y modifica el contexto en el que tienen que ser tratados.

Los sistemas globales complejos, desde el financiero hasta el ecológico, vinculan el destino de las comunidades locales con el de comunidades distantes. La seguridad propia se diluye frente a la seguridad general: cada uno depende de todos los demás, la seguridad de cualquiera está en función directa de la seguridad de los otros, estén cerca o lejos. Nos interesa cada vez más lo que les pasa a los demás porque consideramos que ahí se contienen posibilidades y amenazas para nosotros. Tenemos ya experiencias concretas en el ámbito de la seguridad, la economía o el medio ambiente que acreditan la torpeza de perseguir únicamente lo propio y nos recomiendan aprender la inteligencia cooperativa.

Aquí se manifiesta otra de nuestras más asombrosas paradojas. Hemos adquirido el sentido de unidad del género humano más ante lo malo que en vistas a lo bueno, es decir, ante los problemas globales como la paz y la guerra, la seguridad, el medio ambiente, la contaminación, el cambio climático, los riesgos alimentarios, las crisis financieras, las migraciones o los efectos de las innovaciones técnicas y científicas. Son las consecuencias del experimento civilizatorio de la humanidad las que nos sitúan en un entramado de dependencias que nos obligan a tomar en cuenta los intereses de los otros si es que no queremos perjudicar los propios. Aunque la solución de estos problemas no deje de ser controvertida, son los conflictos mismos los que tienen una función integradora, en la medida en que ponen de manifiesto la necesidad de encontrar soluciones comunes o negociadas.

 

4.-Y, finalmente, deberíamos desarrollar el poder civilizador de Europa, algo que nos singulariza y nos hace más fuertes de lo que solemos creer cuando reducimos el poder a una cuestión de fuerza militar y económica o de tamaño de la población. De manera muy particular, Europa posee unos instrumentos excepcionales de caracter "cívico" a la hora de ejercer influencia internacional, como la política de vecindad, el comercio, el apoyo a las instituciones multilaterales y al derecho internacional o el poder de los valores europeos. Por eso puede afirmarse que Europa se ha convertido en una "superpotencia tranquila" (Moravscsik).

¿Por qué ha sido esto así? Pues porque en un mundo globalizado e interdependiente la rivalidad en términos de suma cero, la fuerza militar, la contraposición de poderes, no son lo habitual sino, entre otras muchas,  unas circunstancias posibles más bien escasas. La mayor parte de las interacciones son de suma positiva, lo que posibilita que haya varios actores emergentes que ejercen su influencia sin competir. El mayor cambio que se ha producido en estos últimos veinte años ha sido la tendencia hacia la democracia, la interdependencia y la despolarización ideológica en el mundo desarrollado, lo que ha conducido a una mayor convergencia de intereses entre los grandes poderes.

Esta tendencia hacia interacciones con suma positiva ha proporcionado enormes ventajas a Europa, especialmente por haber establecido un contexto ventajoso para el desarrollo de ese "poder civilizador" en el cual Europa disfruta de una ventaja comparativa.

Europa es en muchos aspectos la principal potencia a la hora de desarrollar ese "poder cívico" o "soft power" como instrumento de influencia internacional. Aunque Europa ejerce "poder duro", su mayor ventaja competitiva estriba en sus formas de poder civilizador, en esos instrumentos políticos basados en la influencia económica, el derecho internacional y el poder "inteligente". En este campo Europa es más efectiva que cualquier otro actor internacional. Los europeos han demostrado, contra el conservador Robert Kagan, que este poder puede ser muy influyente. Algunos de estos instrumentos los desarrolla la Europa unificada, otros sus gobiernos en cooperación y otros esos mismos gobiernos actuando separadamente.

En cualquier caso, siempre que Europa actúa en este marco, en coherencia con los principios y valores que le dieron origen, está contribuyendo a crear las condiciones para que los conflictos sean menores o, llegado el caso, puedan resolverse de manera civilizada.

La paz

 

No quisiera terminar mi intervención sin aludir a la paz en las propias entrañas de Europa.. Vengo de un región europea, el país vasco, que durante largas décadas a conocido el azote terrorista. Ustedes probablemente  lo conozcan y posiblemente conozcan que a principios de este pasado mes de septiembre la organización ETA ha decretado el cese de las acciones armadas ofensivas. La sociedad vasca ha recibido su declaración con una buena dosis de escepticismo tenemos experiencias anteriores que prendieron la esperanza de los ciudadanos  vascos en el final de la violencia en nuestra tierra y que fueran frutadas por la recaudación de la actividad terroristas.

 

El PNV elabora una inactiva para la paz que confío obtenga el  apoyo y el compromiso de los que aquí están presentes.

 

El PNV buscará la colaboración y apoyo de las instituciones  comunitarias para propiciar y consolidar un eventual escenario de paz duradero, basado en el  dialogo político, y sobre la base del mas escrupuloso  respeto a los derechos humanos.

 

Una implicación que contemple el plano institucional (declaraciones y resoluciones en favor de una convivencia  política en paz y justa. En la que las instituciones del Estado español -españolas y vascas-  sean reflejo de la voluntad de la sociedad) y el plano de la dimensión humana (con programas para la paz y la reconciliación).

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