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2008
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El ascenso del nacionalismo

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Azaroa 05 | 2008 |
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Deia


Al siglo XIX, con su precedente en la Revolución Francesa, se le conoce como la centuria del despertar de los nacionalismos, con sus naturales efectos en la creación de nuevos estados que tuvieron su extensión a lo largo del siglo XX. El nacionalismo se ha revelado como una de las ideas más transformadoras de la sociedad, como concepto y sentimiento para la preservación de identidades. Sin embargo, no podemos obviar sus dimensiones trágicas, reflejadas en sus desviaciones totalitarias y en los intentos de liquidación de las minorías nacionales que coexisten en los estados multinacionales.
No es una idea postergada en el desván de la historia, como muchos progresistas apologistas de la lucha de clases se aventuraron a pronosticar. En el siglo XXI el nacionalismo será una idea-fuerza que marcará el devenir del nuevo siglo y, como ya estamos comprobando, se expresará, asumiendo la complejidad que entrañan los procesos históricos y la pluralidad de nuestras sociedades, en la creación de nuevos sujetos políticos.

Al margen de otras consideraciones de carácter económico y geoestratégico, la declaración de independencia de Osetia del Sur y Abjasia, hasta ahora solamente reconocidas por Rusia y Nicaragua, ilustran del quebrantamiento de la convivencia entre diferentes nacionalidades cuando alguna de éstas trata de sojuzgar a sus vecinas.

La complejidad histórica de la situación en la región no se entiende sin el protagonismo de los georgianos Stalin, máximo líder de la URSS desde la mitad de los años 20 hasta 1953, y Beria, su jefe de KGB, nacido en Abjasia. Al comienzo de la revolución rusa, 1917, los bolcheviques otorgaron a Abjasia el status de república soviética. En 1931 Stalin convirtió Abjasia en región autónoma de Georgia. A partir de entonces el dúo georgiano, además de la expulsión de abjasos de los puestos oficiales, prohibición de la lengua y cierre de escuelas, promovió el asentamiento de georgianos en Abjasia, inclinando la balanza étnica a favor de los nuevos colonos. Esta política finalizó con la muerte de Stalin y ejecución de Beria en 1953, retornándose a un gobierno de mayoría abjasa. En 1992, desplomada la URSS, con una resentida Rusia y júbilo independentista georgiano, se produjeron hostilidades mutuas que provocaron la invasión georgiana con un resultado devastador con miles de muertos y 250.000 georgianos -casi 45% de la población-, expulsados en un ejercicio brutal de limpieza étnica promovido por Rusia.

En relación a Osetia, asimismo, Stalin, aprovechando que estaba dividida en dos por una cadena montañosa, oficializó la anexión de la parte sur a Georgia, con la oposición de la mayoría osetia. Como en Abjasia, en los primeros años 90, se produjeron hostigamientos mutuos y los osetios pidieron ayuda a los rusos. No obstante, a diferencia de Abjasia, hasta hace mes y medio, un tercio de georgianos, de los 70.000 ciudadanos de Osetia, han permanecido en la provincia.

Desde la segunda mitad de los años 90, Rusia, infringiendo el derecho internacional, distribuye pasaportes rusos de forma masiva entre la población de ambas entidades para justificar legalmente una intervención rusa, invocando la defensa legítima de sus ciudadanos.

Se pueden extraer varias conclusiones: un país soberano tiene la obligación de esforzarse para el logro de una coexistencia pacífica con sus vecinos. Más si cabe, si al lado tenemos un oso nacionalmente humillado e irritado, pero envalentonado por su poder energético, provocador y preparado a extender la zarpa contra el fastidioso vecino. El inmaduro Sakashvilli ha caído en la trampa y ha satisfecho, en parte, las ansiedades rusas. El pequeño siempre tiene menos margen de maniobra para el error.

El uso de la violencia contra una díscola minoría nacional genera el desafecto definitivo hacia la mayoría de esa población, el despertar del sentimiento de solidaridad nacional de los agredidos y concluye con la separación de personas y territorios. Así como Serbia perdió Kosovo, Georgia deberá, dolorosamente, aparcar Osetia y Abjasia y dedicarse a su reconstrucción nacional y económica.

Tanto Abjasia como Osetia se sienten necesitados de Rusia ante la oposición georgiana, pero si ésta cesase, la primera desconfiaría de Rusia y sería celosa de su independencia, mientras que los apenas 50.000 osetios se unirían a sus hermanos del norte formando parte de la Federación rusa.

La inercia histórica con que algunos halcones, tanto del Kremlin como de la Casa Blanca, interpretan estos acontecimientos a luz de la guerra fría que totalizó parte de las relaciones internacionales del siglo XX es incorrecta. Ahora, el mundo es diferente. No se enfrentan dos tipos de sociedad. El modelo ruso de oligarquía capitalista no es atractivo para nadie. El peso demográfico de Rusia disminuye drásticamente y sus frágiles estructuras económicas están sustentadas únicamente en las fuentes de hidrocarburos. Aquí reside su fuerza, pero actualmente hay otros países emergentes con más capacidad de influencia que Rusia en el ajedrez mundial. Éstos son China, India, Brasil...

El reconocimiento unilateral de la independencia de Abjasia y Osetia por parte de Rusia, infringiendo, de nuevo, las bases del derecho internacional, estimulará a las minorías integradas en la Federación Rusa, como Tatarstan, islas Kuriles, Chechenia, Crimea... que le reclamarán sus derechos en virtud de los mismos principios por los que Rusia ha reconocido a Abjasia y Osetia.

En el último libro y, best-selleren EE.UU., de Fareed Zakaria The post-american world director del semanario Newsweek y un referente del análisis político, sostiene que el ascenso del nacionalismo es consecuencia de la afirmación de las identidades. Escribe: "La nación-estado es una invención relativamente nueva. Más antiguos son los grupos religiosos, étnicos y lingüísticos que conviven dentro de los estados-nación y cuyos vínculos se refuerzan a medida que se profundiza en la interdependencia económica. En parte importante de este mundo estas identidades nucleares, más profundas que el estado-nación, son los rasgos definitorios de vida. En una era democrática de mercados abiertos necesitan cada vez menos del gobierno central y ganan más poder permaneciendo juntos como grupo".

Es necesario, por lo tanto, que el derecho internacional se adapte al resurgimiento tanto de los nacionalismos de los Estados ya constituidos como de la emergencia de estas nuevas realidades nacionales que vulneran principios de soberanías absolutas y férreas integridades territoriales. Es fundamental que defina la condición de sujetos políticos para que el derecho a decidir se ejercite de manera pacífica y democrática, y no envuelta en el caos, represión y la violencia como en los casos analizados, para lograr un nuevo orden social de convivencia entre naciones.

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