Las selecciones de fútbol de Euskadi y Catalunya se enfrentarán el próximo día 29 en San Mamés y el presidente de la Federación Vasca de Fútbol, Iñaki Dobaran, ha anunciado que el combinado vasco estrenará no sólo equipación sino, además, denominación. No será, como hasta ahora, Euskadi, sino Euskal Herria. El propio presidente Dobaran ha explicado la razón de este cambio: "Euskal Herria define mejor el origen y la composición de los jugadores que conforman la selección". ¿Por qué define mejor el origen Euskal Herria que Euskadi, según el señor presidente? ¿Se le ha aparecido San Michel de Garikoitz para decirle qué es lo que define mejor el origen de un futbolista? ¿Qué deberían hacer los irlandeses con sus denominaciones? Euzkadi, la patria de los vascos, también define el origen. Tanto de un labortano ("Gu gira Euskadiko…"), como de un navarro de Estella.
La principales organizaciones vascas se llaman Euzko Alderdi Jeltzalea, Euzko Langileen Alkartasuna… (y no Euskal Herriko A.J. o Euskal Herriko L.A.). Cuando algunos (en medio de la más absoluta ignorancia, eso sí) canta el himno de las milicias del PNV, el Euzko Gudariak , no dicen "Euskal Herriko gudariak".
La decisión reúne todos los ingredientes para engrosar la lista de los grandes desatinos. Se cambia de un día para otro el nombre de la selección de una nación; se hace a espalda de una historia de setenta años; se equipara el cambio de algo tan estructural como es el propio nombre de la selección nacional al cambio de una cuestión tan coyuntural como el diseño de la camiseta; se informa de ello en una rueda de prensa con la misma relevancia que el anuncio de la hora del partido; se aduce que el cambio viene sugerido por los jugadores convocados, no por la federación convocante; y, por si todo ello fuera poco, este cúmulo de desatinos lo hace suyo la propia federación que se denomina Euskadiko Futbol Federazioa.
Conviene no equivocarse. No estamos ante un debate político. Cierto que podría serlo. Pero la cuestión es previa, es prepolítica. Aquí no se dirime si la comunidad histórica, cultural y lingüística -con mayor o menor vocación política- se llama Euskalerria, Euskal Herria, País Vasco, Vasconia, Euskadi o Euzkadi. Ese es un debate tan legítimo como cualquier otro, que puede y debe tener sus propios cauces y foros. Pero, en todo caso, no es la Federación Vasca de Fútbol el foro más adecuado y, menos aún, mientras se denomine a sí misma Euskadiko Futbol Federazioa.
Evidentemente las denominaciones oficiales no son inamovibles y pueden cambiar con el tiempo, pero el cambio de una iniciativa con más de setenta años de historia requiere más respeto y consenso, y menos imprevisión y precipitación. Ahora que se habla tanto de memoria histórica, el recuerdo de la selección de Euzkadi que jugó en París su primer partid el 27 de abril de 1937 y el de todas que le siguieron en tiempo de guerra, exilio, transición y restauración democrática, merece una mayor consideración. Su primer responsable fue, nada menos, que Manu de la Sota y Aburto Txanka que, en aquellos momentos, pertenecía a Jagi-jagi (sabinianos e independentistas).
Una memoria que se ha mantenido constante e incólume hasta ahora y que viene avalada tanto por la inmensa mayoría de la afición que la selección viene reuniendo habitualmente en San Mamés desde aquel Bai Euskarari del 16 de agosto de 1979, como por los textos oficiales al respeto. Desde la propuesta del Nuevo Estatuto Político aprobado por la mayoría absoluta del Parlamento Vasco el 30 de diciembre de 2004, hasta el estudio Las naciones sin Estado ante las federaciones deportivas internacionales (Juantxo Landaberea y Borja Osés. Bilbao, 2004), publicado por Euskal Kirol Federazioaren Batasuna.
No faltará quien opine que determinadas denominaciones históricas bien pueden requerir ciertas actualizaciones, pero no es menos cierto que, en no pocas ocasiones, es precisamente la denominación histórica la que mantiene el empaque, la solera y el cordón umbilical con sus orígenes. Probablemente no se entendería que el Deportivo Alavés pasara a ser Profesional Alavés para justificar la plena dedicación de sus jugadores; más de uno pondría el grito en el cielo si, al amparo de la realidad lingüística de Navarra, el presidente Miguel Sanz propusiera traducir al castellano el nombre de Osasuna; los socios republicanos de la Real Sociedad podrían sin duda solicitar el cambio de nombre de la entidad donostiarra y, por qué no, probablemente el equipo más representativo de la cantera vasca bien podría llamarse Bilboko Klub Atletikoa. Sin embargo, detrás de cada nombre hay una historia que merece respeto, una historia de la que precisamente emana el sentido de pertenencia que se quiere mantener y del que no se quiere renegar.
Finalmente, justificar el cambio de denominación del equipo convocante por la solicitud personal de algunos de los convocados es, sin duda, el mejor ejemplo de coyunturalismo. Aunque, bien visto, también permite suponer que para la próxima ocasión podría cambiar de nuevo con la misma facilidad, lo que cual no sabemos si debe ser motivo de alegría o mayor preocupación. Así las cosas, asistimos lisa y llanamente a un ejercicio de irresponsabilidad federativa, a una evidente incapacidad en la gestión, a una insoportable dejación de autoridad. En términos objetivos, habría sobrados motivos para pedir la dimisión inmediata del señor Dobaran.
Lo acontecido no hubiera podido producirse en la empresa privada y, tampoco, en una entidad pública que se precie. No quiero pensar lo que le hubiese pasado al buruzagi federativo si se le hubiese ocurrido cambiar el nombre de Eire (como selección nacional) por el de las Tierras Irlandesas, porque -al incluir al futbolistas de Derry o de Belfast- define mejor el origen de los jugadores. ¡Vaya complejos!