Las sociedades contemporáneas son cada vez más multiculturales. Sociedades en las cuales los grupos minoritarios reclaman un reconocimiento público y los consiguientes medios necesarios para preservar su identidad. Reclamación que a veces genera conflicto y nuevos desafíos a superar en la convivencia entre diferentes, porque una ciudadanía multicultural, y por ende una relación intercultural, debe de ser perfectamente compatible con los valores de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad.
El declinar demográfico de los países occidentales es evidente. Aunque se recuperen los índices de natalidad las tasas de nacimiento no serán suficientes para garantizar el relevo generacional. Así, las generaciones de recambio inexistentes se están supliendo con inmigrantes. Mayoritariamente esta inmigración procede del llamado Tercer Mundo. Las dificultades con el idioma, las diferentes maneras de ver la vida, sus costumbres diferenciadas y su precariedad económica les hace, desgraciadamente, ser caldo de cultivo para situarse en la marginalidad. Caminamos hacia una Europa cada vez más multiracial, multicultural y multireligiosa. Guste más o no.
Hemos de prepararnos para este mestizaje multicultural porque, si no lo hacemos, seremos los primeros en sufrir las consecuencias. Nos encontramos ante un proceso irreversible y, por ello, es preciso que nos anticipemos creando estructuras básicas que posibiliten la integración paulatina de las personas y la convivencia armoniosa y pacífica de las culturas.
Es ésta la única manera de crear una convivencia justa, pacífica y agradable entre pueblos y culturas. La tolerancia real, no la formal, tiene que ser fruto de la convicción en el valor positivo de las aportaciones de los diferentes, de los distintos, del "otro". El miedo y el rechazo, la xenofobia, es casi siempre fruto del desconocimiento y de la cerrazón. Mestizaje no significa abandonar cada una de las partes su cultura propia, sino recoger elementos de una cultura y de otra, integrar elementos de la cultura ajena y transformar "esto" en algo que asume los valores, e incluso, los defectos de las dos partes creando a partir de ahí una nueva personalidad. Mestizaje es mezcla. Interculturalidad quiere decir relación entre culturas, supone como paso previo diálogo, incluso pacto de renuncias recíprocas. Pacto entre lo que dejamos y lo que cogemos. Interculturalidad quiere decir reconocimiento de los valores profundos de las otras culturas. La sociedad intercultural sólo puede servir si integra los distintos valores profundos de las distintas culturas. Conocer otras culturas significa replantearse la propia. Quizás cambiar de esquemas y de valores, porque, ¿quién es capaz de afirmar que tiene una cultura "mejor" que la del otro?. En Londres, en Birmingham, hay una sociedad basada en la multiculturalidad, hay un mosaico de sociedades diferentes, pero no existe una sociedad londinense integrada: judíos, árabes, guineanos, jamaicanos, chinos... compran en "sus" tiendas, comen en "sus" restaurantes, hablan "su" idioma, comen "sus" comidas particulares... No existe integración, no conforman "una" sociedad: viven en compartimentos estancos, conforman un mosaico multicolor pero no una sociedad integrada.
Existen culturas diferentes, pero no interaccionan entre ellas. La multiculturalidad para devenir en interculturalidad necesita relación, comunicación, diálogo, integración, mestizaje y respeto. Incluso curiosidad mutua. En Francia, adalid de la libertad, de la fraternidad, de la acogida, del asilo y de la integración de culturas, de mujeres y de hombres venidos de otros lares, hace casi seis meses hubo una explosión de asombro e incredulidad: una explosión de rabia contenida, miles de coches calcinados, barrios periféricos de grandes urbes donde la penuria, marginación e inmigración creaban un caldo de cultivo explosivo acabaron con una leyenda que se sostenía más tiempo: la multiculturalidad no había devenido en interculturalidad integradora. Lo ocurrido concretamente en Clichy-Sous-Bois es sólo un ejemplo más del drama diario que viven cientos de barrios de riesgo diseminados por toda le geografía francesa. Guetos que brotan en todos los cinturones periféricos de las grandes ciudades, reconocibles por sus torres de 20 plantas, con cientos de minúsculos apartamentos de protección oficial donde se hacinan familias de hasta diez miembros. Arrabales creados en los 60-70, donde el Estado alojó a las olas de inmigrantes, fundamentalmente magrebíes y del África subsahariana.
La ausencia de infraestructuras educativas, la huida de empresas y comercios a todos los lugares, la articulación de algunos barrios en torno a nacionalidades o etnias, una economía sumergida dependiente de la criminalidad y una degradación social constante una especie de burbujas marginales. Burbujas que explotan en las caras de asombro de todos.
Como vasco, además de tener que recordar que a lo largo de nuestra azarosa y convulsa historia y por diferentes motivaciones hemos tenido que emigrar, me planteo nuestro papel cara a la futura sociedad muy abierta en la que los nuevos vascos también están naciendo en Senegal, Nigeria, Marruecos, Ceuta, Ecuador, Perú, Polonia o Rumania. El nacionalismo vasco, opino, deberá ser plenamente consciente de que estamos ante nuevos fenómenos y deberemos dar adecuada respuesta a este reto del futuro. Vengan de donde vengan, tengan el color de piel que tengan, dispongan de medios o no, hablen como hablen, piensen como piensen, son personas en igualdad de derechos y obligaciones. Personas, hombres y mujeres que no han decidido, como nadie lo ha hecho, en qué lugar venir a este mundo. La nación vasca, los vascos y las vascas, Euskadi, deberá ser sensible y abierta a este futuro. En primer lugar, por el más sentido ético, moral y humano y porque además tendría seria dificultades de "seguir siendo" nación vasca. Mayores han caído a lo largo de la Historia. Nuestro reto como país, como sociedad vasca, será intentar integrar de la manera más acertada posible a esos nuevos vascos. Aprendamos la lección de que crear guetos es un error que a la larga siempre estallan. Habrá que hacerles partícipes de nuestra comunidad y de nuestra cultura, de nuestra lengua y de nuestra identidad. A los vengan y a sus hijos e hijas. Pero también tendremos que aprender y tomar de ellos y ellas lo mejor que nos puedan transmitir y legar. Como lo hicimos en su día con la trikitrixa traida por lo dinamiteros del Piamonte Alpino, venidos allá por el año 1850 a construir los túneles del trazado ferroviario en Euskadi. No caigamos en el error de la Iglesia de entonces que la calificó de infernuko hauspoa porque a su buen entender teológico, la música alegre y festiva de aquellas personas venidas de "fuera" podría alterar y contaminar las sanas costumbres (conservadoras donde las hubiera) de la época. Reto, inteligencia, modestia, curiosidad, solidaridad y generosidad.
Una última, polémica incluso, reflexión: en nombre del multiculturalismo no son tolerables costumbres que atenten contra los derechos humanos de las personas, contra su integridad física o psíquica. Por encima de las costumbres y de las culturas están los derechos humanos inalienables, la integridad física y psíquica de las personas está por encima de las culturas. Hay costumbres y ritos ancestrales que no merecen ser respetados: ablación de clítoris, lapidación como castigo al adulterio (femenino), amputación de miembros a ladrones, persecución de la homosexualidad, racismo, esclavitud, tortura, pena de muerte, supremacía y prepotencia de lo masculino, violencia de género en todas sus formas. No todo tiene que ser digno de respeto. El abuso, la mentira, la ignorancia y sus derivadas, la violencia y la desigualdad, tengan el origen que tengan, no deberán tener cabida ni excusa en eso que entendemos por tolerancia.