Reconozco que soy un pésimo jugador de mus y sólo gano muy de vez en cuando, mejor dicho, rara vez, aunque casi siempre los perdedores a los que me enfrento pertenecen al mismo grupo social: el de los políticos -al margen de las ideologías que profesen-. La razón resulta bien sencilla: casi todos ellos, salvo excepciones, tanto en la acción pública como en otros ámbitos de la vida privada buscan la satisfacción y el poder de manera inmediata; no piensan en el largo plazo. Por eso, durante el juego, basta con dejarte perder con buenas cartas en los primeros envites para, más adelante, ganarles el órdago definitivo. Pues el concejal, alcalde o la parlamentaria, como he dicho, por esa inherente ambición insaciable que le acompaña en su quehacer cotidiano, acaba perdiendo la baza. Se cree imbatible. Y al final paga la ronda o la comida.
No tengo el gusto de haber jugado nunca al mus contra Imaz, lo cual haría con sumo gusto, a sabiendas de que perdería contra él si nos apostásemos una cena. Paciente, sereno y con la mirada puesta en el horizonte europeo y las ideas claras, el líder del PNV es "un ser de lejanías", que diría Heideeger, cuya sabiduría y altura moral va más allá de lo superficial y se introduce en la fronda vasca y estatal sin complejos, pero de modo prudente, como Fabiano, aquel general romano que derrotaba a sus adversarios ganando las batallas paso a paso, sin enfrentamientos definitivos. Quiere decirse que Josu Jon calcula su estrategia política a largo plazo, seguro, y con el objetivo bien definido, a pesar de que sus rivales internos y externos, quizá por falta de intuición, talento y sensatez, lo critiquen con diatribas injustas o alegatos anacrónicos.
Lo demostró con el educado e inteligente artículo que escribió el pasado día 10 de agosto en El País : con acierto mayúsculo le insinuaba a Zapatero que ha perdido una oportunidad irrepetible para finalizar la inacabada Transición en la Comunidad Foral. Dilucidó con exactitud cómo ETA interfirió con la ruptura de la tregua para que Uxue Barkos, la política navarra mejor valorada, no consiguiera la Alcaldía. Aunque yo añadiría también que por falta de valentía del PSN. Por último, le recordó a Ferraz que no respetar la voluntad de los navarros (incluidos los militantes socialistas de Navarra) al entregar el Gobierno a UPN mostraba una falta de visión política impropia de un presidente de gobierno.
Pero lo que más me llamó la atención del brillante artículo de Imaz radica en el valor que le concede a la ética, que no deja de ser la reflexión de los principios morales, elemento básico de la política de altura o "arte de las posibilidades", siempre que se apoye en lo que Jünger Habermas llamó la racionalidad comunicativa, o lo que es lo mismo: mediante unas reglas de juego democráticas, competir dialécticamente con el contrario utilizando el mejor argumento para convencerle y vencerle. Y no en función de las encuestas, que hoy te dicen que puedes ganar pero al mes siguiente no.
Estoy de acuerdo con el presidente del PNV. El PSOE ha cometido el error más grave de la legislatura con la cuestión navarra, por cuanto la Dirección Federal de Madrid ha antepuesto la ética de la responsabilidad o de las consecuencias frente a la ética de la convicción sin ningún tipo de miramiento o equilibrio entre las creencias y los medios. Y frente a este dilema que planteó el sociólogo Max Weber, según el cual un político que carece de ética de la convicción es un oportunista y un manipulador, abocado al fracaso, un representante sin una ética de la responsabilidad o las consecuencias, difícilmente culminará felizmente su proyecto de gobierno. En definitiva, Imaz ha sabido interpretar el dilema entre ambas formas de combinar la ética que planteaba el intelectual alemán, frente a Ferraz, que ha adolecido de perspectiva histórica y ha caído en la trampa del PP, cuyos dirigentes taponarán los pocos respiraderos que le quedan al PSOE, incluso reconociendo que ZP ha alcanzado logros sociales dignos de reconocimiento. Sin embargo, con ello no basta: para dirigir un país se requiere dignidad y no dejar a los socialistas navarros, por ejemplo, en manos de unos políticos inverecundos.
No se puede gobernar por medio de la política de las emociones, sobre todo si el hecho que la suscita, en este caso la satanización del vasquismo navarro, está aireado por medios de comunicación afines a la derecha y extrema derecha, cuya razón final estriba en derribar al presidente del Gobierno español. Sus analistas sabrán.
Con modestia le sugiero a Josu Jon Imaz dos cuestiones: que consiga liderar el proyecto del PNV por medio de la estrategia fabiana y dejando de lado los esencialismos anacrónicos, lo cual no significa renunciar a ser nacionalista, a pensar en euskera o como vasco, pero con una visión global. Y, en segundo lugar, no perder de vista a los menores de 35 años, es decir, a los jóvenes pos materialistas, los mejores preparados intelectualmente, los que aceptan la diversidad sexual, la diversidad cultural, el mestizaje... estos pueden sentirse más vascos que nadie, pero sin necesidad de auto flagelarse de lo que pudo ser, aunque sin imponer y sin impedir. En fin, el tiempo corre a favor de Josu Jon Imaz, si, por ejemplo, aprende la lección de NaBai.