hace ya casi 30 años, una parte mayoritaria de los vascos, la ubicada en la CAPV, apostó en unas circunstancias históricas marcadas por la transición de la dictadura franquista a la democracia, por el Estatuto de Autonomía de Gernika entendido como un pacto político doble, pacto interno entre ciudadanos vascos por un lado y pacto político en la articulación de la relación entre Euskadi y el Estado español. Un Estatuto que requirió en tiempos políticamente oscuros, duros e inciertos compromiso y coraje democrático en la causa de la libertad, de la democracia y del autogobierno de Euskadi.
El PNV apostó por él. El Estatuto representó la voluntad para retornar a un autogobierno abortado durante 40 años por el franquismo, fue el punto de encuentro que reunió a la pluralidad política vasca en su empeño común de organizar nuestra convivencia democrática y procurar nuestro bienestar. La recuperación de las instituciones de autogobierno, es decir, la capacidad para desarrollar políticas sectoriales autónomas en materias de extraordinaria importancia para el bienestar de los ciudadanos vascos fue clave, y así debe ser reconocido en todo su valor. Se necesitaban imperiosamente instrumentos básicos que permitieran apuntalar una muy maltrecha situación en todos los órdenes. El Estatuto significó un gran paso como instrumento para apuntalar una economía a la deriva, arbitrar medidas a favor de la cultura vasca, y del euskera en particular, y emprender la tarea de cohesionar y construir entre todos sociedad vasca y autogobierno.
El papel desempeñado, entre otras fuerzas políticas democráticas, por el PNV fue clave, estratégicamente impecable y desde el punto de vista histórico oportuno y acertado. Un papel, con una consecuencias a día de hoy, que son precisamente el espejo del fracaso político de los rupturistas de la izquierda radical y de ETA. De todas maneras no es cuestión de abundar en lo que realmente ha supuesto el Estatuto de avance histórico para la sociedad vasca en su conjunto y de sus inequívocas y potenciales virtualidades sin recordar su unilateral incumplimiento en sus competencias y el exasperante mercadeo político al que se le ha sometido. Defender, hoy como ayer, desde el PNV el autogobierno para Euskadi y su reconocimiento nacional desde la condición de ser sujeto y protagonista de su propia historia acordando, negociando y pactando, es apostar como siempre, democrática e inteligentemente por el futuro. El hacerlo rechazando la violencia es reivindicar solemnemente la transcendencia y el valor de la política, es confiar en la potencialidad de la sociedad vasca, es evocar la inteligencia humana y proclamar la condición ética del ser humano por encima de cualquier otra consideración.
Estos últimos 30 años muchas cosas han cambiado. Vivimos en un mundo de identidades compartidas, de pertenencias múltiples, de dependencias dispersas y de soberanías complejas con perfiles más o memos borrosos o difuminados. Ante esto desde el PNV debemos acertar de nuevo y seguir conectando con la nueva sociedad civil con códigos y referentes exportables y transmitibles a las nuevas generaciones de vascos.
Proclamamos que Euskadi es una nación y con voluntad de futuro, y por ello hoy también como hace 105 años, y como hace 30, la necesidad de un PNV moderno, progresista e inteligente representante de un nacionalismo vasco democrático, tolerante y solidario que nos mantenga como nación con voluntad de perdurar. Necesidad de un PNV firme y sin complejos ante nadie, orgulloso de su pasado democrático, centrado políticamente, líder y vertebrador de la sociedad vasca, un PNV en definitiva, consciente, responsable y representante de un nacionalismo del siglo XXI igualitario, ciudadano, pactista, de bienestar, amable, moderno y con proyección de futuro.