El debate sobre el presente y el futuro de la sanidad es uno de los ejes de la escena política, sindical y social que está adquiriendo un especial protagonismo en los últimos tiempos en Euskadi, pero también en España y en Europa. En dicho debate, el conjunto de ciudadanos, profesionales, grupos económicos, líderes de opinión, investigadores, industria y políticos que componen la sociedad tienen diferentes jerarquías de valores e intereses que, evidentemente, condicionan sus respectivas posturas. Aquí entran en juego, entre otros factores, las tecnologías emergentes, el desarrollo de la industria farmacéutica, las nuevas modalidades de tratamientos, mucho más costosos que los anteriores, y las reivindicaciones de profesionales y ciudadanos. Lo curioso del caso es que esos intereses distintos -que no guardan necesariamente un paralelismo con las necesidades de salud de la población- siempre se justifican desde una pretendida defensa de la mejora del sistema sanitario y de la calidad asistencial.
Por tanto, todo el mundo coincide en que la salud es absolutamente fundamental pero, a partir de ahí, escasea el consenso en cuanto a los modos de conseguirla. Por eso, quisiera apuntar humildemente cuáles son los criterios y valores en los que, a mi juicio, debería discurrir el debate sobre qué modelo de sanidad queremos para Euskadi sin poner en riesgo su supervivencia. Y vaya por delante, más con la intención de suscitar la reflexión que de sentar cátedra.
En primer lugar, la atención sanitaria pública debe priorizar el interés general por encima del individual, haciendo especial énfasis en la ética de lo social. En ese sentido, el Gobierno vasco ha dado pasos significativos para que nadie, en razón de su condición u origen, reciba atención sanitaria distinta a la que precise en función de sus necesidades y para contar con unas prestaciones amplias provistas con notables niveles de calidad. Gracias a ello, se puede afirmar bien alto que la Sanidad pública vasca es hoy mejor de lo que ha sido nunca, como demuestran todos los indicadores objetivos, tanto los relativos a la gestión como, sobre todo, los correspondientes al estado de salud de la población. Nos hemos olvidado ya de la habitual presencia de camas en los pasillos en la década de los ochenta, de las descontroladas listas de espera, de la OPE fraudulenta o de las dos congelaciones salariales de la década de los noventa. Por tanto, si Osakidetza ya no es lo que era es porque ahora es mejor que antes. Y ante el hastío que están generando las voces catastrofistas que dicen que todo está mal, que Osakidetza ya no es lo que era, hay que recordar que los nostálgicos de épocas anteriores nunca reconocieron la bondad de Osakidetza que ensalzan ahora. De hecho, siempre han dicho bien que se privatizaba bien que se deterioraba su calidad asistencial.
En cualquier caso, hoy en día los datos no parecen servir, porque nos movemos en un mundo de sensaciones resumidas en eslóganes fáciles que encuentran un adecuado caldo de cultivo en la situación de conflicto laboral y político, especialmente tensa en los últimos tiempos.
Sin duda, vivimos un aumento notable de la actividad y presión asistenciales debido al incremento tanto cuantitativo como cualitativo de la demanda que ha sido posible atender gracias a la aplicación de nuevas medidas de gestión y de la aportación de las y los profesionales. Estos, a su vez, reclaman que su aportación sea reconocida a través de diferentes mecanismos. Y aquí es donde se enmarca la situación actual de descontento. De acuerdo, en Osakidetza posiblemente se trabaje con una especial eficiencia en relación a otros servicios sanitarios de nuestro entorno y en la medida que lo permiten las reglas de juego de las administraciones públicas, pero eso no justifica las declaraciones catastrofistas de nuestros adversarios políticos ni las de los representantes sindicales del sector. Porque tenemos muy buenos resultados en todos los ámbitos, contamos con un Plan de Inversiones que va a suponer, entre otras cosas, la habilitación de más de 100.000 m2 adicionales de instalaciones y equipamientos y la gestión está controlada. De hecho, en el ámbito de la innovación en la gestión, tanto Osakidetza como el Departamento de Sanidad gozan de reconocimiento estatal e internacional por la búsqueda constante de la excelencia y su saber hacer en la adecuación organizativa.
Ahora, de lo que se trata es de alcanzar un pacto en materia de recursos humanos. Un pacto en el que deberíamos ser capaces de alcanzar un equilibrio que asegure la sostenibilidad del sistema, contando con el incremento de actividad prevista, las presiones de los diferentes agentes involucrados en el sistema (ciudadanos, trabajadores, grupos políticos ) y ante la necesidad de cumplir la competencia de prestar servicios sanitarios.
Para ello, las directrices económicas del Gobierno vasco ya establecen entre las prioridades de gasto el impulso de la provisión pública de los servicios básicos de carácter universal, es decir, la asistencia sanitaria o las actuaciones en materia de inversión, en particular en sanidad.
Sin duda, este es un indicador claro del apoyo decidido que el Gobierno vasco nos da para seguir haciendo frente a los retos que, a lo largo de este artículo, he ido sometiendo a la consideración pública. Mi petición ahora es que en este proceso participemos todos y todas de una manera tan sosegada como profunda y que le demos una oportunidad a la negociación.
En mi opinión, se está haciendo ya urgente trabajar para alcanzar un gran pacto político y social que, respetando la diversidad, configure un modelo básico que todos debamos cumplir, razonablemente dimensionado en función de las necesidades y posibilidades y que imposibilite que las veleidades que se puedan dar acabemos pagándolas entre todos. Desde el punto de vista de la prevención, estamos convencidos de que establecer claramente las reglas de juego, los límites razonables y los mecanismos de desarrollo basados en la evidencia científica sería francamente saludable para el país, para la ciudadanía, para el sistema, para los profesionales y para la industria.