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22Maiatza
2007
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Historias de la nación

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Maiatza 22 | 2007 |
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¿podránencontrarse soluciones que vuelvan viable la convivencia de distintas naciones o pueblos con sus culturas y lenguas diferentes en el seno de un mismo estado? ¿Nada tiene que enseñarnos a este respecto el caso de Suiza? En la Confederación Helvética viven en paz gentes de lenguas y culturas muy diferentes, de origen germánico, francés, italiano o romanche. Miguel León Portilla, antropólogo e historiador mexicano.
El problema de las minorías a ser respetadas en sus derechos es un contencioso que transciende el paso de tiempos y continentes. Es el enfrentamiento entre la razón de la fuerza y la fuerza de la razón. Fuerza y razón frente a frente. El devenir de la historia ha marcado en cada época su particular impronta en la relación entre el pequeño y el grande, el centro y la periferia y entre los yuxtapuestos ámbitos de decisión.

La evolución del concepto de estado y de nación va en paralelo a la historia de las diferentes concepciones de la unidad política. Así, en la época de las antiguas monarquías, era el Rey el mismo Estado. Era el poder político unitario frente al policentrismo de los feudalismos. Por ello, aparece no pocas veces el estado o el monarca como instrumento liberador de los feudalismos, y la unidad política que dimana de este estado condición de liberación. Y si este estado aparece, además, como surgido del pueblo por sufragio universal, y como poder liberador al servicio de los grandes ideales patrióticos y universalistas, se comprende que el estado-nación así surgido haya representado en su día el ideal para amplios sectores de la época. Y son precisamente estos sectores progresistas los que acaban a su vez instalándose a posteriori en ese mismo poder de la nación-estado, acentuando el concepto del estado y dando lugar al nacionalismo estatal. Ya no estará el estado al servicio de la nación, del pueblo, de los ideales. Al contrario, éste ya no aparece como instrumento liberador del feudalismo, sino como un nuevo feudalismo.

Si el estado-nación aparecía en principio como antítesis liberadora frente al estado-feudal, se comprende que, cuando se transforma ese mismo estado-nación en feudalismo, se pueda percibir por parte de muchos que la desaparición del propio estado es la condición de la futura liberación de las naciones pequeñas subsumidas en ese estado-nación. Así, algunas de las posteriores doctrinas emergentes de las naciones pequeñas que analizan el estado-nación bajo el impacto de la decepción, concluyen definiendo a ese estado-nación precisamente como el obstáculo para su propio desarrollo y supervivencia como nación diferenciada. La definición de nación ha conocido múltiples respuestas desde que en 1882 Renan pronunciase su célebre conferencia en la Sorbona. A quien tuviera interés le recomiendo un reciente libro de Anthony D. Smith, Nacionalismo , que incluye un amplio catálogo de esas variantes, así como el libro de Stéphane Dion La Política de la claridad , conjunto de conferencias en que se examina la relación entre Quebec y Canadá.

El estado moderno, fruto de este estado-nacionalista, es, incluso en los países democráticos, un poder omnipresente y absoluto de organización. El único y posible freno a ese poder absoluto se puede encontrar en unos poderes paralelos amparados en los derechos a la libertad individual, sindical, de reunión, expresión, política, sufragio, etc. Los unos son poderes ideológicos, otros sociales o económicos, pero poderes al fin y al cabo, que nacen dentro de la sociedad y que contestan al único modo de organización por el momento existente jurídicamente, el del mismo estado. Por ello, por la característica de ese estado-nación, toda conquista del poder incluso por fuerzas político-ideológicas de la oposición, es la confirmación del mismo sistema, puesto que nada limita este mismo poder, ninguna libertad social concreta puede contraponerse a este poder, y su conquista sirve simplemente para situar nuevos hombres en el mismo sistema.

Uno de los problemas del estado moderno es su identificación con este concepto de estado-nación. El nacionalismo estatal centralizador, el estado-nación nacionalista, ha generado en los pueblos y naciones más pequeñas una reacción liberadora que, a la inversa del centralismo, va hacia el policentrismo. El estado-nación ya no engloba necesariamente el sentimiento patriótico del conjunto y de las partes de ese estado, y surge así sentimiento de nación, nacionalismo de pueblos, patrias chicas y naciones pequeñas que se encuentran precisamente dentro del mismo estado-nación.

El estado con su inevitable instinto absorbente, siempre ha tratado de confundir estado con nación. Pero no se puede mezclar un ente natural con otro jurídico, vida y atributos de un pueblo con organización política. La nación es humanizadora precisamente de esa abstracción estatal, resguardo integrador de la diversidad, no es un absoluto preexistente, sí es cambio continuo, concepto dialéctico y movimiento interactivo compartido, es cultura, lengua y literatura, tradiciones y peculiaridades, memoria histórica y proyección integradora de futuro… y fundamentalmente voluntad de su ciudadanía. El intento de suprimir los hechos diferenciales nacionales se ha hecho por medio de una homogenización forzosa, imponiendo lengua, religión u organización jurídico-política determinada.

Este método ha tenido en el pasado ciertos éxitos, puesto venía a la par de una búsqueda del desarrollo económico y organizativo de la sociedad. Así, en la época del nacionalismo idealista es indudable que los valores democráticos, los valores de libertad y de la ciudadanía llevaron a muchos países a iniciar un desarrollo económico-cultural-administrativo que permitió compensar los inconvenientes del centralismo con las ventajas, en el ámbito individual, de este mismo centralismo. Este desarrollo cultural y de la justicia, o de la libertad se hace desde el "centro", sin reconocer los derechos propios de los pueblos y naciones para concretar su propio desarrollo cultural, económico y su propio desarrollo de libertad y de la justicia.

La Europa que a trancas y barrancas se va configurando tiene como pilar fundamental el estado, pero hoy en día continúan existiendo desencajes y problemas enquistados entre estados y naciones. Hay naciones que, a veces, por la misma fuerza de las armas o por auténticos caprichos de la historia, no han encontrado en su devenir un satisfactorio encaje pactado, cómodo y amable en el ámbito jurídico-político y cultural, dentro del estado, o estados, en el que están ubicadas. Hablo de Euskadi. Las armas de la historia crearon Francia y España, testigos de desaciertos en cuanto al (des)encaje institucional a ambos lados de los Pirineos de lo diferencial del hecho nacional vasco.

Ojalá que hayan periclitado para siempre los tiempos de las imposiciones forzosas, hoy debe ser tiempo de reconducción, de salidas negociadas, de torcer la historia. Ojalá también que las próximas generaciones practiquen el respeto mutuo y puedan declinar conceptos como interdependencias recíprocamente asumidas, soberanías y ámbitos de decisión libremente compartidos, encajes amables entre naciones y estados, superadores por la realidad de los hechos a las actuales patrias y fronteras. Ojalá el transcurrir de este año nos aliente al optimismo en la política como arte de lo posible, y en el pacto como agente superador de lo complicado. Ojalá también que vascos y vascas seamos testigos de un futuro mejor, más solidario y normalizado. Ojalá que los vientos en Euskadi soplen en esa necesaria y esperanzadora dirección.

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