La célebre intervención, el pasado viernes 2 de febrero, del presidente del Euzkadi Buru Batzar del PNV en el Forum Nueva Economía, que tantas ampollas ha levantado, constituye una etapa más en la revelación de un mandatario forjado a lo largo de una senda que desde la pugna tradicional entre Sabin Etxea y Madrid conduce hacia nuevos horizontes, caracterizados por la necesidad de gestionar los grandes problemas económicos y sociales del pueblo vasco en el contexto de una globalización desbocada.
¿De qué habló Imaz? En el comienzo, como era lógico, del problema de la paz, para de aquí pasar al autogobierno; luego el capítulo principal de la disertación: los grandes temas europeos, la competitividad de la empresa vasca, la innovación, el arduo destino que aguarda a quienes ignoran el peligro chino, la necesidad de estar presentes en esa gran alianza nordatlántica que comienza a fraguarse entre Europa y Estados Unidos, al igual que algunos jelkides históricos lo estuvieron en el amanecer de la Unión Europea... Como colofón de su discurso: los valores, el verdadero software y el alma inajenable de este pueblo, un par de referencias explícitas a la construcción nacional como tributo a la Casa del Padre, etc.
Josu Jon Imaz siempre se ha distinguido por la coherencia. Su discurso -llamémoslo tecnocrático y posibilista, si se quiere- no tiene fecha de caducidad. Resulta absurdo mantenerse al acecho de provocaciones semánticas como la de la "seducción de España" para saltar a la yugular a la primera ocasión, cuando existe un abundante material para la crítica -entiéndase desde la óptica de un jeltzale de los de antes- en sus intervenciones públicas de los últimos años.
La intención conciliadora de Josu Jon Imaz ha estado ahí desde los comienzos de su cargo, como el leit-motiv en una ópera de Wagner. Lo que sucede es que nadie se lee los documentos oficiales, ni siquiera en el partido.
Desde algunos sectores del nacionalismo vasco arrecia la crítica. En el bando españolista, al que se ha empeñado en cortejar, persisten posturas no menos nibelúngicas, sobre todo desconfianza y desdén en cantidades industriales. ¿Quién será ese Josu Jon Imaz?, se preguntan los analistas de la Fundación para la Libertad. Con toda seguridad un falsario, un simple testaferro que, por imperativos coyunturales, quiere mantener el legado sabiniano con la llama baja ante una nueva fluctuación del péndulo patriótico.
Josu Jon Imaz tiene efectivamente dotes de seductor. De otro modo ahora no estaría donde se le ve. Se ha dado cuenta de que las cosas cambian. En términos de praxis política, su cometido es doble: en primer lugar, impulsar su perestroika, un horizonte de apertura y cesión gradual de parcelas de poder a otras fuerzas políticas que no sean nacionalistas, tras haber puesto a prueba su idoneidad para el propósito que se persigue. Segundo: atender, más que a la construcción nacional, a la construcción de su propio liderazgo, basado en la substancia que no en la imagen, ofertando un discurso firme y una experiencia asombrosa en temas de economía y tecnología, asi como la capacidad de atraer la confianza de otros, una vez se hayan dignado dejar de dar la espalda tercamente.
De él ha de pensar la opinión pública que se trata de un hombre correcto, limpio, capacitado, merecedor de confianza y propenso al diálogo... pero con brazo de hierro bajo una manga de Armani. O.K., sabemos que jamás lo utilizará, porque ya no estamos en el medievo, época de guerreros, sino en el siglo XXI, la edad dorada de los comerciales y los mediadores de conflictos. Triunfa el paradigma de la masculinidad contenida y sensible. Pero el brazo de hierro sigue ahí, dentro del traje bien planchado, y a los niños -porque niños son, en el fondo, los electores, independientemente de su color- les hace ilusión palparlo y sentir su fuerza.