Iritzia
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2007
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El desafío energético ruso

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Urtarrila 10 | 2007 |
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EN abril de 2005 en el debate sobre el Estado de la Nación Vladimir Putin proclamó que "el colapso de la Unión Soviética fue el mayor desastre geopolítico del siglo XX". Por consiguiente, la restauración del protagonismo mundial que tuvo en aquel mundo bipolar en base, ahora, a los vastos recursos naturales de su subsuelo es una prioridad. Es el país más extenso del mundo, linda con otros 16 estados y acoge 11 husos horarios. A pesar de la influencia estratégica global, es uno de los cinco miembros con derecho a veto en la ONU y pertenece al selecto club de los países ricos del G-8. Además, sus índices en desarrollo humano alcanzan cotas tercermundistas. En el área de la democracia y ejercicio de las libertades un estudio exhaustivo conducido por la revista The Economist le sitúa en el puesto 102, entre Kenya y Malawi. Por otro lado, la prestigiosa agenciaTransparency International que gradúa la limpieza de los gobiernos, ubica a Rusia en la posición 127, justo por encima de Ruanda. Finalmente, Rusia se eleva al cuarto puesto en la clasificación de periodistas asesinados cada año, en una lista encabezada por Irak. Probablemente, las impresiones que usted apreciara en una visita a Moscú o San Petersburgo, con sus tiendas de lujo y rutilantes vehículos, desmentirían estas realidades.
La cultura política rusa, con un sistema feudal hasta bien entrado el siglo XIX, no ha conocido períodos democráticos reseñables, por lo que los impracticados conceptos de libertad y derechos humanos están supeditados a los de orden y mano dura. La sociedad rusa favorece la idea de un dirigente fuerte, que encarne el orgullo nacional, que guíe a un pueblo resignado, resarciendo el sentimiento de humillación que les supuso la pérdida de la guerra fría y del imperio soviético.

La corrupción genera una de las sociedades más desiguales del mundo, aunque ahora se beneficien más personas que en el régimen anterior, que sólo se aprovechaba la nomenclatura y sus más próximos. Esta red clientelar es el soporte principal del Kremlin. Según un estudio reciente, la aparición de una nueva clase de plutócratas ha provocado la proliferación de sociedades de seguridad privada, que emplea a 4,5 millones de empleados que velan por la protección de las personas y bienes de la élite que sostiene al Gobierno.

El incremento del precio del petróleo y del gas ha generado un superávit presupuestario que ha reducido la supeditación tanto a los créditos del exterior como a los impuestos recolectados a sus propios ciudadanos, lo que ha conducido a una mayor seguridad y arrogancia del régimen que ha restringido los derechos civiles y libertades públicas.

La dependencia rusa en los créditos occidentales se ha tornado en una dependencia europea en el petróleo y gas ruso, pero cuando un país fía todo su crecimiento a sus recursos naturales, descuida la formación de las personas y el tejido competitivo se resiente.

Una batalla por la competitividad que se librará principalmente a los dos lados de esa larga frontera de 4.300 kilómetros, superior a la distancia entre Bilbao y Moscú, con China. Un escritor ruso del siglo XIX ya, entonces, advertía del miedo existente todavía, hoy en día, al peligro amarillo en el inhóspito oriente de Rusia. Describía, temeroso, a los chinos que se establecían en Rusia: "no beben, trabajan día y noche, no exigen mucho y son obedientes".

Con respecto a Europa, el Kremlin mantiene una lucha soterrada para restablecer la influencia en los países de su entorno, en rivalidad con la política de vecindad promovida por la UE para atraer a estas regiones. Observa con recelo la extensión del eje euroatlántico a los aledaños de su territorio. En Moscú se encendieron todas las luces de alarma cuando la revolución naranja a favor de una democracia liberal a la europea, instigada y financiada por la UE según el gobierno, se estableció a las puertas de su casa, en Ucrania. Rusia no solamente utiliza su poderío energético para reafirmar su chulesca autoridad mediante la arbitraria imposición de precios a sus vecinos, sino que ha elaborado un modelo, alternativo a la UE, autodenominado democracia soberana , una especie de soft power para ganar aliados entre las repúblicas ex soviéticas. El modelo no persigue una democracia occidentalizada, con poderes divididos y controlados, sino la búsqueda de legitimación y perdurabilidad de los usufructuarios del poder.

Rusia es el principal importador de petróleo y gas del continente, pero se niega tanto a la apertura a las inversiones europeas en su sector energético y el acceso a sus gaseoductos como a la firma de la Carta de la energía demandada por la UE. En cambio, practica una nueva versión de divide et impera . La firma bilateral, separada, del monopolio estatal, Gazprom, con sus homólogos de Alemania, Italia y Francia, ha sido un golpe bajo a Europa y a su necesaria política energética común.

La UE propone una serie de medidas para disminuir la dependencia de Rusia y afrontar con garantías uno de los retos más importantes para su seguridad en este siglo. Liberalización del sector en el seno de la UE, solidaridad interna fabricando y compartiendo más oleoductos, diversificación de las propias fuentes de energía contemplando la nuclear, acuerdos con nuevos suministradores… Lo que es indigno es el pago del precio del silencio y del sometimiento a una estructura de poder que desprecia los derechos humanos y proyecta su aparato criminal más allá de sus fronteras.

En las relaciones internacionales hay que actuar desde la conciliación de los principios con los intereses. Es decir, valores y pragmatismo. En nuestras relaciones con Rusia, en demasiadas ocasiones hemos mirado para otro lado ante las violaciones de derechos humanos, incluido el genocidio checheno. Y sin principios éticos no existe política duradera. Europa no puede abdicar de sus valores, humanistas y cívicos, que en su aplicación práctica constituyen el ejemplo más logrado de paz, prosperidad, libertad y justicia social que existe en todo el planeta. Ésta es la verdadera fuerza moral y la aportación más importante de Europa a la convivencia en un nuevo orden internacional basado en la universalidad del derecho.

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