Iritzia
10Urtarrila
2007
10 |
Iritzia

Murallas abiertas

Iritzia
Urtarrila 10 | 2007 |
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Los nacionalismos defensivos de los pueblos y naciones sin estado, reflexionar acerca de las causas que dieron lugar a su nacimiento y sobre el cambio de las circunstancias que los originaron, me lleva a estimar que hay que incidir respecto a los retos que el futuro nos depara y sobre la adecuación y reflexión que necesariamente los partidos nacionalistas deberán de prever para responder a dichos retos. Así, nacionalismo vasco y proyecto de futuro debe de ser un binomio en constante dialéctica, pues cada vez puede resultar menos fácil a muchos nuevos ciudadanos, de aquí y allá, identificarse con la voluntad de autogobierno de los vascos. En cambio sí puede haber personas de diferentes perfiles, procedencias y ascendencias que podrían identificarse con un proyecto abierto de futuro y acabar haciendo suyo también «lo» vasco, su lengua, su cultura y sus instituciones. Así el nacionalismo vasco ha de tener también una fuerte componente social en la consecución de una nación, Euskadi, con personalidad sólida y de calidad, pensada en las personas y proyectada al conjunto de la ciudadanía. Los nacionalismos nacieron para defender los intereses de los ciudadanos de unas zonas geográficas con una historia, cultura y lengua propias que les configuraban como realidades nacionales diferenciadas, y que no veían cómo esos intereses se canalizaban y adquirían reconocimiento en el Estado donde pertenecían. El nacionalismo defensivo de los pueblos pequeños y naciones sin estado surgió como apuesta dinámica de progreso, voluntad de aproximar la política a los ciudadanos y apuesta de cambio, renovación y regeneración en cuanto a las formas de entender la política. El nacionalismo defensivo surgió como demanda de mayores cotas de libertad y cuestionó los intocables tabúes de los ámbitos de decisión.
Por un nacionalismo vasco que lidere social y nacionalmente a la sociedad vasca. Pero no todo sigue igual. El ciudadano, la sociedad, la estructura demográfica, social, económica y cultural han cambiado. Hoy las mutaciones en la composición del cuerpo electoral son enormes, y lo serán aún más en el futuro. No nos podemos aferrar a códigos y valores de otro tiempo, no se trata de cambiar por cambiar ni abandonarlo todo al compás de la coyuntura. Se trata de conservando lo sustancial, sutil y útil de las ideologías, sintonizar con el nuevo pulso ciudadano, canalizar los nuevos intereses de la calle y establecer mecanismos y vocabularios más acorde con los tiempos. Las circunstancias y el entorno están cambiando, los flujos de migraciones, la cultura y la sociedad global afectan al explicar qué significa hoy ser nacionalista como un algo asumible y comprensible por ciudadanos de procedencias diversas, pero también por oriundos que puedan considerar que la cuestión nacional, o bien está ya resuelta satisfactoriamente, o bien, se trata de un tema no prioritario en su escala de valores. Ante esto a los nacionalistas no nos es suficiente sólo la razón de los sentimientos ni de la historia, sino que debemos conectar con la nueva sociedad civil y con los herederos de una nueva trayectoria incorporando a personas nacidas de las diferentes migraciones. Porque de ellos dependerá también el futuro de la lengua y de la cultura vasca, el futuro de unos códigos, de unos referentes y de unos valores considerados como «propios». El nacionalismo como forma de aproximar la política a los ciudadanos, como afirmación de una personalidad colectiva para abrirse con seguridad al mundo y como defensa de lo propio sigue y debe de seguir siendo válido. Ese es el reto. Y por ello es un grave error estratégico dejarnos arrebatar conceptos claves como, sociedad civil, transparencia en la gestión, democracia política, progreso social y lucha contra la corrupción, cambio y renovación, tolerancia cero ante la violencia de género y solidaridad con el débil y el tercer mundo, beligerancia ante la miseria y primacía de la persona, con o sin papeles, y nuevas políticas de juventud, vivienda, educación, sanidad, etc. Son valores éticos de futuro y pilares para un nacionalista, expresión de preocupación preferente, prioritaria y básica de todo lo que atañe a la ciudadanía. Se trata de construir y progresar juntos. Nacionalismo es la suma integrada de razones históricas, emociones, sentimientos y voluntades, pero también, pragmatismo, firmeza, flexibilidad y realismo, compromiso y eficacia para solucionar los problemas y necesidades cotidianas de la ciudadanía.

Por un nacionalismo vasco solidario con los demás pueblos. Ya lo afirmaba José Antonio Agirre primer Lehendakari en plena clandestinidad: «Las libertades del Pueblo Vasco no son incompatibles con la libertad de los demás, los vascos ansiamos y esperamos confiadamente que se cumpla de manera eficaz y organizada aquel deseo de continuar al lado de los pueblos peninsulares la lucha en todos los órdenes manteniendo nuestra estrecha unión con Cataluña y Galicia y llegando mediante pacto a la articulación de nuestra acción con la representación de la democracia española en la forma más cordial y esperanzadora para las reivindicaciones de todos».

Por un nacionalismo vasco moderno y de los ciudadanos. Me permito, soy consciente del salto, parafrasear a Ana Belén y Víctor Manuel, que definen, a su parecer, lo que (no) es la patria... «Cuando hablen de la Patria, no me hablen del honor, ni del valor, no me cuenten batalla ganadas, ni jueguen con el sable, ni tachen de traidor al que la lleva dentro, pegada al corazón, y no anda por la calle con ella en procesión. No olviden que es mejor sentirla a nuestro lado que ser su salvador. Por repetir su nombre no te armas de razón. Aquí cabemos todos o no cabe ni Dios». Y hablando de cómo y con quién construir un solar en el que quepamos todos y todas, y de cómo y con quién seguir construyendo una Euskadi que se proyecta autogobernada pero profundamente solidaria al futuro... «Alcemos una muralla juntando todas las manos, los negros sus manos negras, los blancos sus manos blancas». Se necesitan todas las manos, la de los negros con sus manos negras y la de los blancos con sus manos blancas, una muralla que vaya precisamente desde la playa hasta el monte, desde el monte hasta la playa como cantaba Imanol en su Lau Haizetara. Palomas blancas y negras, laureles verdes, claveles y rosas rojas coronando armónicamente, ellos y ellas, la muralla abierta de una nación que busca con renovado tesón su sitio compartido en un nuevo concierto que será diferente. Es Xabier Lete quien así reza: «Gu ere zerbait bagera eta gauden tokitik, hemendik bertan saia gaitezen ikusten: amets eroak bazterturikan, sasi zikiñak behingoz erreta, bide on bat aukeratzen». Pienso que el Pueblo Vasco existe y que tiene identidad propia en el conjunto de los Pueblos de Europa y que sí tiene derecho a decidir su futuro, y por eso precisamente hablo de un espacio de decisión vasco, pero también, precisamente por eso, necesitamos de la negociación y del pacto con el «otro». Creo en lo positivo de las sinergias transversales, concreciones no temidas ellas de pluralidades existentes. Y apuesto por acertar y construir Euskadi, expresión de nación política vasca autogobernada, soberana y de ciudadanos, patria de murallas abiertas sin imposiciones ni prohibiciones. Una Euskadi sin ETA, en paz y normalizada, una sociedad reencontrada y sin, nunca jamás, más víctimas ni presos. Una Euskadi, semejante a la que en Izotz-Ondoko Eguzki glosaba el poeta X. Lizardi, una Euskadi dueña de su futuro y en la que el duro y frío cristal de hielo que la cubría totalmente comenzaba a brillar, y a fundirse, a causa del radiante sol esperanzador que comenzaba inexorable a adueñarse y calentar el paisaje vasco hasta entonces blanco y helado. Ojalá.

Posdata: ETA es la culpable de dinamitar el proceso de paz, sobra y estorba. Su brutal interferencia violenta hasta el hastío a la sociedad vasca, y en el colmo de la paranoia se erige sarcásticamente en el intérprete, valedor y defensor de Euskadi. ETA no respeta la voluntad inmensamente mayoritaria de la sociedad vasca que reclama y exige su desaparición. Su atentado va en contra de los vascos, indigna, aburre y genera abatimiento. ETA mancilla el nacionalismo vasco y objetivamente se ha convertido en un patético obstáculo para el futuro de Euskadi.

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