“La soberanía absoluta, que pudo concebirse hasta que advino la Edad Contemporánea, no existe ni puede realizarse en la actualidad. La soberanía absoluta de una nación es inconcebible en el mundo actual y lo será más en el futuro. La sociedad humana se ha truncado en coexistencia de soberanías”. Manuel de Irujo.
El futuro del Pueblo vasco no lo van a determinar sus peculiaridades étnicas, geográficas y lingüísticas, lo va a determinar el acierto en la selección de los objetivos que van a configurar las próximas etapas. Avanzar no es recuperar el pasado sino distanciarse de él. La historia del Pueblo vasco no es tan sólo la historia de un “yo” que se va explicitando en el tiempo, sino también la de un fenómeno evolutivo que recibe la mayor parte de su impulso, contenido y orientación de su interrelación con otros pueblos del mundo. Es decir, el Pueblo vasco sí es un Pueblo en sí y desde sí, pero también un Pueblo en el mundo condicionado por la evolución general. No existen pasados históricos de los que puedan deducirse futuros ciertos. Además, lo más importante de los Pueblos, es lo que no han sido todavía, lo que quieren ser y no tanto lo que fueron los que le precedieron. El futuro de un Pueblo no está implícito en su pasado ni se deduce de él, como no está implícita ni se deduce una compleja obra de arte de sus primeras pinceladas. Los pueblos más vitales son los que saben integrar más y mejor el esfuerzo creador y no los que se ensimisman con la ilusoria y empobrecedora pretensión de ser “fieles a sí mismos”.
La sociedad vasca tiene un fuerte sentimiento del “nosotros” y voluntad de seguir siendo, de autoproyectar y autogobernarse. Y ello pasa por apostar por un esquema dinámico y dialéctico de la identidad, y no por la pretensión de cosificar caracteres supuestamente permanentes e inmutables. Una identidad que no implica ningún tipo de “yoidad”, ni el despliegue de un ilusorio e inexistente designio metahistórico. No se trata de recuperación, ni de fidelidades del pasado, es un asunto de creación, de ir hacia delante, de evolución y de inteligencia. Una identidad que se ha estructurado en multitud de ámbitos, con historias, posibilidades y aspiraciones distintas, y no tan sólo como un continuo proporcionado por las mismas condiciones de vida a habitantes de un territorio. La patria es una abstracción del proyecto comunitario de cada pueblo y, en especial, de sus libertades individuales y colectivas que se puede convertir en fetiche peligroso cuando se disocia del proyecto de la ciudadanía, de la democracia y de las libertades, es decir cuando olvida que el único fin de la patria es la persona, la mujer y el hombre. Euskadi no es patria abstracta, es el colectivo de ciudadanos, hombres y mujeres. Son vascas y vascos concretos con nombre y apellido, con memoria histórica, símbolos, lengua y cultura, sentimiento de identidad e intereses económicos y que manejan un patrimonio colectivo común de formas mentales, imágenes, vivencias, prejuicios, mitos, símbolos, cultura, arte, lengua, hábitos, estereotipos, defectos y virtudes.
Las naciones son instrumentos para servir a los diferentes grupos en los que se estructura una comunidad, que ni ha existido siempre, ni es previsible el tiempo que interesará que siga existiendo. Pero que mientras, quiere seguir. Quiere poder seguir siendo con arreglo siempre a la voluntad mayoritaria del Pueblo Vasco, como plebiscito cotidiano.
Euskadi es nación porque así es la voluntad de la población, y porque manifiesta querer poder autogobernarse y autodirigir su proyecto comunitario. Se trata de conseguir la capacidad funcional necesaria para la realización de un proyecto ambicioso elaborado en beneficio de la sociedad vasca y encontrarnos cómodos donde estemos. No se trata de competir en radicalidad independentista, ni de renunciar a principio ideológico alguno, no se trata de blandenguería ideológica, se trata de siendo firmes en los principios, adecuarse al contexto y ser flexibles en el procedimiento. Corazón y cerebro, principios ideológicos y procedimientos no tienen porqué ser excluyentes ni en la praxis de la “gran” política del nacionalismo, ni en la “pequeña” diaria. Tiempos de pactos y convenios, tratados e interdependencias para decidir en libertad, para negociar y acordar. Para algunos Euskadi es básicamente la actualización y al reconocimiento actual constitucional de los derechos históricos del pueblo vasco. Para otros Euskadi es, mezquinamente realidad, solamente como consecuencia directa cuasi otorgada de cambios de forma y de regímenes políticos en España, bien de la mano del primer estatuto en la segunda república, bien con un segundo intento con la llegada de la democracia a España después de finiquitados cuarenta años de régimen autoritario. Para quien esto subscribe Euskadi es la suma de todo lo anterior más algo más. Y precisamente ese algo más encarna mejor esa idea de Euskadi.
Euskadi como proyecto nacional y social basado en la voluntad de la ciudadanía vasca. Suma de su pasado, de su reconocimiento actual, del régimen democrático que posibilita su visualización política y de la decisión del pueblo vasco de querer seguir siéndolo. Un seguir siéndolo adecuándose a las características históricas, socio-políticas e internacionales del 2007. Proyección ciudadana al futuro, sin amnesias del arrebatado régimen foral, conscientes de dónde venimos, dónde estamos y adónde y cómo queremos ir. Lo fundamental de Euskadi no es la identidad personalizada histórica de los vascos, aunque también, sino la voluntad de querer afrontar con éxito la solución de los problemas que atañen a vascos y vascas. Euskadi como esperanza y posibilidad de crear el cuadro de condiciones congruentes con la paz, el progreso y la libertad. Estaremos, no solamente porque acertemos en dar con las soluciones, sino porque nos anticiparemos a dársela al futuro.Veremos el día en que la sociedad vasca decidirá su futuro y se reconocerá que Euskadi participe con características propias en la UE. Seremos dueños de nuestro futuro en fraternidad con otros pueblos y estados. Se trata de articular realidades, sentimientos e intereses del modo más racional, solidario y firme; decidiendo, negociando y acordando en libertad. Acabo como he comenzado, con Manuel de Irujo: “No quiero aduanas en Hendaya, tampoco las quiero en el Ebro. Quiero seguir comerciando con el otro lado del Ebro. Pero tampoco quiero aduanas en el Bidasoa. Aspiro a tener relación con los del otro lado del Bidasoa, a encontrarme con los del otro lado del río, en la relación que me encuentro hoy con los del otro lado del Ebro, en un régimen de interdependencia”.
Posdata: ETA es la culpable de dinamitar el proceso de Paz, sobra y estorba. Su brutal interferencia violenta lleva hasta el hastío a la sociedad vasca, y en el colomo de la paranoia se erige sarcásticamente en el intérprete, valedor y defensor de Euskadi. ETA no respeta la voluntad inmensamente mayoritaria de la sociedad vasca que reclama y exige su desaparición. Su atentado va contra los vascos, indigna, aburre y genera abatimiento. ETA mancilla el nacionalismo vasco y objetivamente se ha convertido en un patético obstáculo para el futuro de Euskadi.