Zuppi: "Es positivo que surjan dificultades en el proceso"
LA COMUNIDAD de San Egidio, fundada en Roma en 1968 a la luz del Concilio Vaticano II, tiene una extensísima trayectoria como mediadora en conflictos internacionales de todo tipo, habiendo dejado notar su presencia en países como Albania, Bosnia, Burundi, Guatemala, Kosovo o Uganda. Si bien en un principio su trabajo estaba más enfocado a una labor humanitaria con las clases más desfavorecidas, pronto dedicó gran parte de su atención a propiciar el encuentro y el diálogo, ya que «la guerra es la madre de todas las pobrezas». Matteo Zuppi es un miembro destacado de la comunidad, no en vano ha mediado en conflictos fraticidas que se han prolongado durante más de diez años, como es el caso de Mozambique.
Actualmente, existe la percepción de que el proceso de paz en Euskadi se encuentra en su momento más bajo. Dada su amplia experiencia en conflictos a nivel internacional, ¿hay realmente motivos para temer que el proceso fracase?
Es difícil de decir, siempre debemos tener miedo de que el proceso pueda fracasar porque nunca hay que minimizar los riesgos y las dificultades, más aún en una situación con una historia tan larga como la de Euskadi. Pero también es normal que haya fases diferentes y que en algunas haya más dificultades. Eso es un desafío para trabajar más de cara a encontrar las mejores soluciones. En cierta manera, es mejor que surjan dificultades, porque eso también significa que se pueden identificar los verdaderos problemas y llegar a la raíz de los mismos, permitiendo la creación de un marco útil para poder solucionarlos.
Haciendo referencia al título del seminario en el que ha tomado parte, ¿cuáles son las condiciones para que el proceso de paz sea irreversible?
En el seminario alguien dijo que en realidad nunca se va a poder regresar atrás porque, si eso ocurre, la situación será distinta a la que había antes. Irreversible significa tener garantías de que la violencia no regresa, ya que ese es el verdadero problema. Desgraciadamente, no existe una vacuna infalible, pero un proceso serio, con un diálogo verdadero, con reglas claras, con garantías y con una identificación de mecanismos claros, puede permitir una paz verdaderamente irreversible. Se llega a ese punto cuando nos damos cuenta de que hay un verdadero cambio en el proceso, pero tampoco podemos olvidar la fragilidad del mismo, hay que cuidarlo con inteligencia y confianza.
Tanto el Gobierno del PSOE como Batasuna se acusan mutuamente de ‘‘tener la pelota en su tejado’’ y exigen pasos la una de la otra. ¿Cuál es la clave para desbloquear esta situación?
Como siempre, tiene que ser el diálogo. Es normal que haya algunos bloqueos, pero creo que cabe pedir a los interlocutores que den señales de buena voluntad, de compromiso, también para ayudar al otro a resolver sus propios problemas internos. El problema no es sólo entre los interlocutores, sino que también lo sufre cada uno en su casa. Muchas veces es mucho más complicado convencer a los tuyos que a los demás, porque hay claves maximalistas, radicales o personas desconfiadas que piensan que cualquier cambio puede suponer una debilidad. Pero la única manera de desbloquear la situación es proseguir el diálogo y dar señales que permitan avanzar.
¿Qué diría a aquellos que piensan que la intermediación en el conflicto no es necesaria, al tratarse, dicen, de una cuestión interna del Estado español?
Puede ser. Si las partes así lo creen, sería lógico que pudieran hablar sin una mediación. Hay conflictos en los que es imprescindible la mediación porque las dificultades o falta de garantías son tales que es imposible que alcancen un acuerdo, pero nosotros siempre hemos pensado que los actores son los que tienen que tomar la iniciativa. Si las dos partes aceptan la posibilidad de afrontar el problema directamente, claro que sería mejor.
¿Cuál es la importancia de la discreción dentro de la negociación entre las partes en conflicto?
La discreción puede ser muy útil, ya que negociar en público sería muy peligroso y podría desembocar incluso en fracaso por lo que supondría de radicalizar las posiciones. La discreción permite entenderse sin la presión de la opinión pública. Se puede llegar a un entendimiento para encontrar soluciones si no se tienen todos los ojos encima. La discreción también puede ser un riesgo, porque los interlocutores no tienen que responder de sus acciones, y en ese sentido debe ser bien utilizada. Además, si salen a la luz pública algunas informaciones puede ser algo peligroso, ya que hay quien puede no querer el diálogo y manipular la información. Pero estoy convencido de que la discreción es un gran instrumento que, usado con cuidado, como todos los instrumentos, puede ayudar a avanzar en el diálogo.
La Iglesia vasca ha tenido tradicionalmente una especial implicación en el conflicto en Euskal Herria. ¿Puede llegar a tener un papel relevante en su resolución?
La Iglesia vasca representa una identidad tan ligada al pueblo vasco que ciertamente puede recordar a los actores la necesidad de una ética de paz. Esto une a los pueblos, porque la ética tiene que ir más allá de la condición religiosa y la Iglesia tiene que recordar la necesidad y la prioridad de la paz, de terminar con la violencia; que este proceso no obedezca solamente a un cálculo o táctica, que sea una visión ética que vaya mucho más allá de un interés personal o de un grupo.
El principal partido de la oposición se opone firmemente al proceso. ¿Habría que exigirle un esfuerzo extra en favor de un bien mayor como es la paz?
Todos los que han participado en el seminario han destacado la necesidad de que el diálogo sea incluyente. Hace falta unir las dos cosas, por un lado poner en marcha el proceso y, por el otro, que todos los actores se involucren en el mismo. En ese sentido, si durante el proceso se esclarecen algunos de los problemas que excluyen a quien se ha quedado al margen, pueden darse las condiciones que permitan su unión al mismo. Y ojalá sea así, porque tiene que ser un proceso incluyente.
Su comunidad también resalta la importancia del ‘‘componente humano’’, de la comprensión del interlocutor para lograr un entendimiento mutuo.
Es cierto que el entendimiento puede ayudar, ya que el diálogo no se ha hecho para los ordenadores, sino para las personas. Además, en el caso vasco hay tantos lazos comunes que existe un componente de cercanía, de sensibilidad, que puede ayudar. Cuidar esto es un factor prioritario en cualquier negociación. Muchas veces, descubrir la razón del otro puede suponer cambios en uno mismo, y eso, en un ambiente de diálogo entre personas, puede hacerlo más fácil. En ese papel, creo que la Iglesia también podría ayudar; como decía Pablo VI, «la Iglesia es experta en humanidad», y esa experiencia en humanidad puede ayudar en el proceso y el diálogo entre personas.