EL desencaje de "lo" vasco viene de lejos, trasciende del actual marco jurídico-político. Las ansias de paz, la búsqueda de la superación del conflicto político entre los vascos y los estados español y francés y la negociación como instrumento para ello pinta canas y desborda a las actuales siglas políticas que todavía no conocían luz. La proclama de la necesidad de un encaje amable y consentido, libre y pactado de Euskadi tiene ya más de dos siglos con sus generaciones correspondientes. Partidarios y enemigos tanto de la unidad férrea de España y Francia como de la diversidad de sus naciones y pueblos nacieron, vivieron, opinaron y optaron en política hace más de doscientos años. Uno de aquellos muchos fue José Antonio Muñagorri y Otaegi, escribano, pacificador y fuerista. Su vida, sus tomas de posturas y su muerte, sus definiciones políticas -negociación, paz y fueros- y sus proyectos de país así lo confirman. Hace ya doscientos doce años nació Muñagorri, un 2 de abril de 1794 en Berástegi. Pronto se convirtió en arrendatario de ferrerías, bosques y minas de aquella zona. Vientos de fronda corrían en Gipuzkoa el año 1794. Los sucesos de 1789 en Francia tuvieron una repercusión innegable en nuestro País. La monarquía española, Godoy, guerra, la Paz de Basilea de 1775, las dos francesadas, la Napoleónica de 1808 y la de los Hijos de San Luis de 1823. En este ambiente creció Muñagorri. Las divisiones en Euskal Herria se acentuaron con la Constitución de Cádiz, en los pueblos se formaron bandos de "Blancos" y "Negros" y profundos antagonismos se iban larvando gérmenes de las futuras guerras carlistas. La muerte de Fernando VII el 26 de Septiembre de 1833 abrió la caja de los truenos. La Ley Sálica en Euskal Herria tuvo su particular matiz: la defensa de los fueros vascos la lideraron los carlistas.
Muñagorri se dio cuenta de las rencillas que reinaban en el campo carlista y de lo imposible de la victoria sobre el ejército de la Reina, mientras, en paralelo, tomaba cuerpo la idea de conseguir la paz mediante la negociación. Muñagorri tanteó ante los jefes de la Junta Carlista mientras mantenía contactos con amigos liberales, recibió la negativa de los carlistas pero una favorable acogida de la Junta Foral de fueristas vascos con sede en Bayona. En noviembre de 1837 Muñagorri visita una vez más al Presidente Bardají en Madrid para insistir en su plan, que es aprobado y para el cual se le concede una ayuda económica. Al cabo de fatigosas gestiones en ambos campos y convencido de que sería muy difícil contar con la colaboración de algún jefe militar carlista que acaudillase su plan, se aprestó a afrontarlo personalmente y el 18 de abril de 1.838 lanzó su proclama: Paz y Fueros. Muñagorri no disponía para su empeño sino un limitado número de partidarios reclutados entre operarios de ferrerías, carboneros, leñadores y arrieros agrupados para crear un movimiento a favor de la paz. Su objetivo era atraer a su causa a los soldados que combatían en los dos ejércitos rivales. El mando carlista reaccionó inmediatamente y Muñagorri tuvo que escapar, se refugió en Euskadi Norte y para reclutar nuevos partidarios recurrió a las llamadas "Muñagorriren Kantak", coplas que contenían su programa político y en las que cantaba el anhelo de paz generalizado. Los acontecimientos se precipitaron por las negociaciones entre Maroto y Espartero que firmaron, abrazo incluido, el Convenio de Bergara el 31 de agosto de 1839, fecha en la que pretextando confirmar los Fueros los sometieron a la unidad constitucional. La traición se evidenció cuando Espartero dictó la orden en la que: "Quedan suprimidos los Fueros" provocando la sublevación de O´Donnell. Muñagorri fue víctima de la intentona: un "txapel-gorri" a las órdenes de Espartero, Ramón Elorrio, se presentó con cinco soldados en la ferrería Zumarrista donde trabajaba Muñagorri y lo asesinó. El pacificador malogrado, vasco patriota y fuerista convencido contaba 47 años, dejó viuda a Joakina Labaien. Y a tres hijos sin padre Luisa, Claudio y Ramona.
El problema político vasco, el desencaje de "lo" vasco en España existe, y qué decir en Francia, al menos, desde entonces. Aunque también podríamos retrotraernos históricamente a los tiempos de la batalla de Amaiur, de la Reina nabarra -de la Nabarra continental y la peninsular- Joanna D´Albret y los hermanos nabarros también de San Francisco Javier, y su no sintonía política en cuanto a lo "Vasco-Navarro" y Castilla con otro Santo, Ignacio de Loyola. Lo cierto es que hoy todavía, la voluntad de la ciudadanía de Euskadi, por encima de administraciones y estados, sigue escribiendo en la historia su voluntad de seguir siendo sujeto activo de su presente y de un futuro libremente decidido, acordado y pactado. Hoy como ayer, el derecho de los vascos a decidir, la afirmación de Euskadi como nación política y la consideración de que su ser ha de expresarse mediante un encaje amable y pactado, en palabras del Lehendakari, sigue siendo un reto colectivo pendiente. Es el reto de los viejos desencajes. Hoy la cuestión vasca ha llegado al Parlamento de Europa, a ese Parlamento europeo tan denostado y ninguneado hasta hace poco por algunos, lo nuestro es ya una cuestión de ámbito europeo y transciende a nuestro ombligo, el proceso hacia la paz y la normalización no puede tener posibilidad de marcha atrás. Detrás de Irlanda el tiempo apremia. La Paz y la Normalización son un imperativo, una obligación, una exigencia, es una prioridad. Es algo que nos atañe a todos y a todas. Lo repito, es un reto, es el reto de nuestro viejo desencaje. Somos Europa, y ahí queremos tener un lugar al sol, así nos lo afirmaron hace tiempo los Agirre, Irujo, Landaburu, Lasarte, Galíndez y un largo etc. Somos Europa y apostamos por ella, apostamos por ser la pieza vasca en un amplio y diverso puzzle, apostamos por nuestro euskera en el conjunto del caleidoscopio lingüístico del viejo continente. Queremos ser nación vasca en una Europa diversa. Apostamos por la paz, la normalización, la reconcialización, el autogobierno, la burujabetza, la soberanía -obligatoriamente compartida en el ámbito de una Europa respetuosa con sus componentes, independiente de su tamaño. Son ya muchos los que nos enseñaron el camino a seguir, Muñagorri tan sólo fue uno de ellos, un eslabón en una larga cadena que continúa alargándose con el mismo proceso de la historia. Hoy noviembre de 2006, el eslabón de esa historia exige más que nunca que ETA pase a ser historia. Rotundamente. Por vergüenza torera.
Una última reflexión, si la izquierda abertzale en sus diferentes versiones o siglas, reconoce y está de acuerdo, como así lo parece, con el contenido de la propuesta aprobada por el Parlamento de Europa, y suponiendo que sus dirigentes hayan leído lo aprobado, no se explica su silencio cómplice y sus declaraciones ambiguas en cuanto a la Kale Borroka, el robo de armas o los listados encontrados en la Herriko Taberna de Zarautz. En esta Euskadi nuestra debemos de caber absolutamente todos. Nadie es dueño de decidir lo contrario. Quien únicamente sobra es el discípulo del cruel totalitarismo y del estéril fanatismo. Democracia y libertad. Palabra, razones y urnas. Hoy la fuerza de la razón. Porque la razón de la fuerza hoy no tiene lugar. Me atengo y apelo a la misma historia nuestra. Muñagorri así lo intuyó hace doscientos años. Muñagorri lo sabía. Por cierto en esta historia el PP es necesario, igual que son necesarios el PSOE-PSE, HB-IU, EA, EAJ-PNV, UPN, CDN, PSF, UMP y la UDC. Quien piense que alguno sobra se equivoca. Todos somos necesarios. Muñagorri lo intentó y cayó en el intento. Suerte esta vez y altura de miras a todos y todas, por todos los Muñagorris habidos y por haber!